Hijos que duelen
Los hijos siempre duelen. Se les quiere tanto que duelen. Duele su enfermedad, sus riesgos, sus equivocaciones, su desconcierto ante la vida. Duelen sus desamores y sus miedos. A veces quisiéramos sufrir por ellos, intercambiar su dolor por el nuestro, porque nos dolería menos. Pero eso no es posible. Y, sin embargo, pocas veces el dolor ha tenido un sentido tan alto: es el precio del amor.
[–>[–>[–>Hay dolores que atraviesan más hondo. Cuando un hijo se hace daño o intenta quitarse la vida. Cuando el miedo a que vuelva a pasar se instala en la casa. Cuando una enfermedad grave nos obliga a aprender a vivir con ella. Cuando sufre humillación o abuso. Cuando lo vemos discriminado por tener otras capacidades, o por perder alguna. Cuando cierra la puerta y sentimos el pestillo desde dentro. Cuando miramos sus ojos y no los reconocemos. Cuando se nos escapa entre los dedos.
[–> [–>[–>Son los dolores sin nombre, los que rompen el aire y dejan sin voz. Y, aun así, incluso en ellos, hay una verdad que sostiene: ese dolor existe porque hay amor. Y donde hay amor, hay posibilidad de acompañar.
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En la intervención socioeducativa avanzada, los procesos tienen como protagonista total a la persona. Cada joven, cada niño, cada familia es actor principal, guionista y público de su propia historia. El papel del profesional no es sustituir, sino acompañar. El socioeducador sostiene, no suplanta. Camina al lado, no delante. Y en ese camino, el gran aliado es casi siempre la familia. Porque si hay familia, hay suelo. Y cuando hay suelo, hay posibilidad de vuelo.
[–>[–>[–>La gran pregunta que siempre nos hacemos es: ¿hay una familia detrás? Una familia que necesita recursos, escucha, orientación, pero que es, en última instancia, la que cambia todo. El acompañamiento no consiste en desposeerla de su función, sino en devolverle la esperanza de que puede.
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Pero hay niños y niñas que no tienen ese suelo. No lo perdieron: nunca lo tuvieron. Nacieron lejos, o crecieron sin alguien que pronunciara su nombre con ternura. A ellos también los sentimos nuestros. Porque si la familia es el primer refugio, la comunidad debe ser la última. Y ahí estamos nosotros: como pueblo que no delega su humanidad. A esos niños, aunque no compartan nuestra sangre ni nuestra historia, los acompañamos con amor y con exigencia. Porque atender no es solo cuidar: es creer en su capacidad de volar. Esa es nuestra apuesta más profunda: creer en los otros, incluso cuando duele.
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[–>Hoy, desde Asturias, empezamos a movernos. A innovar, a crear alternativas, a probar. Nuestra Consejera de Servicios Sociales y Bienestar nos invitó a diseñar un programa para familias en crisis: un recurso intermedio para evitar, en algunos casos, la ruptura familiar y la institucionalización del menor. No hubo demanda previa ni cálculo político: fue una decisión nacida del compromiso. Y eso, en sí mismo, es esperanzador. Porque probar, incluso con riesgo, es siempre mejor que no intentarlo.
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En Haití, tras el terremoto, aprendí algo que no he olvidado. En las comunidades de montaña, cuando no había alimento suficiente, comían primero los niños. Y si no quedaba más, los adultos pasaban hambre sin quejarse. Porque su hambre, si los hijos no la tenían, dolía menos. Ese instinto es universal: el dolor propio se atenúa cuando el hijo está a salvo. Lo vi allí, y lo veo aquí, en Asturias. En cada familia que lucha, en cada madre que no se rinde, en cada profesional que acompaña. Los niños y niñas son prioridad en nuestro imaginario colectivo, aunque no sean todos de la misma casa.
[–>[–>[–>Y para quienes no tienen casa, ni familia, ni suelo, nosotros debemos serlo. Una familia amplia, que cuida con amor y con rigor. No con torpe y malsano buenismo, ni con la dureza del castigo, sino con la responsabilidad de quien ama de verdad. Porque eso es ser familia: cuidar incluso cuando duele. Y aceptar que el amor –como los hijos– también duele, pero siempre vale la pena. Porque una sociedad se mide por el modo en que cuida a los hijos que más le duelen.
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