Un perro lobo checoslovaco
Salí a caminar, esta vez por los vericuetos del Parque del Oeste, en Oviedo, y como me gusta aventurarme por senderos nuevos, pasé al lado de un chalet desconocido de donde salió de pronto el hocico de un perro ladrador con la intención de comerme un brazo. Reaccioné apartándome y llamándolo hijoputa. Su dueña, al quite en el jardín, salió a decirme que dejara los insultos para los políticos, que aquel era un perro lobo checoslovaco y me presentó a su madre, a la madre del perro, que parecía maja.
[–>[–>[–>Puedo garantizar que no soy racista; para mí los perros, como los cocodrilos, los chinches, una amapola o el bacilo del cólera, son criaturas de Dios, o polvo de estrellas, capaces de emoción y con alma. Los perros (y las perras) fueron importantes en mi fantasía, esencia de mi vida: Pluto, Milú el de Tintín, Pongo y Perdita y sus ciento un dálmatas; Orfeo, el de Unamuno; los perros de Cervantes, aquellos del coloquio, Cipión y Berganza; en Resistencia, Argentina, traté con Fernando, el perro al que cantó Alberto Cortez; algo aporté por transferencia y por escrito al Rufo de bronce, de nuestra calle Doctor Casal, y disfruté la fragancia de Puppy, guardián de la primavera en el Guggenheim, Bilbao.
[–> [–>[–>Defiendo la vida, ya digo, en cualquiera de sus formas, desde las proteobacterias hasta cualquier concejal de cultura. Y aprovecho esta tribuna para disculparme públicamente con la madre del perro lobo checoslovaco que, a fin de cuentas, me ladró en cumplimiento de su instinto, su genética y su obligación. Me precipité, tenía que haberlo llamado hijo de perra.
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