China y Japón, una crisis que se cocina a fuego lento
Está la convivencia sinojaponesa enturbiada por nacionalismos exacerbados, heridas históricas sin cauterizar, pleitos territoriales y la desconfianza secular. En ese terreno erógeno que exige ‘finezza’ ha provocado Sanae Takaichi, la primera ministra japonesa, un seísmo con consecuencias imprevisibles y sin final a la vista. Su compromiso de defender Taiwán de un ataque chino la sitúa frente a un dilema shakesperiano: unas disculpas que arruinarían su imagen de lideresa dura o seguir a la greña con su principal socio comercial. Margaret Thatcher, su reconocida inspiración, apostaría por lo segundo; el sentido común aconseja lo primero.
[–>[–>[–>Suman ya China y Japón tres semanas fragorosas desde aquellas declaraciones del 7 de noviembre en el Parlamento. Pekín ha desempolvado el libreto contra los que la ofenden. Los castigos van de lo fino a lo grueso. Ha cancelado el estreno de películas y una docena larga de conciertos en sus principales ciudades. Ha vetado de nuevo las importaciones de pescado y marisco japonés que había reanudado solo meses atrás tras prohibirlo por el vertido de agua contaminada de Fukushima al océano. Desaconsejó el turismo y en apenas tres días fueron devueltos más de medio millón de viajes. Suponen los chinos una cuarta parte de los turistas que recibe Japón y un tercio del gasto así que la noticia generó las inmediatas caídas bursátiles de aerolíneas, centros comerciales e incluso cremas hidratantes. Solo ese boicot causará pérdidas anuales de 14 mil millones de dólares. “El daño económico será sustancial” , concluía esta semana el Instituto de Investigación Nomura.
[–> [–>[–>Un vistazo a crisis previas legitima la inquietud japonesa. Los principales fabricantes de automóviles o cámaras fotográficas sufrieron el derrumbe de ventas y el acoso burocrático con inspecciones de seguridad o investigaciones de corrupción. Y China dispone aún de las tierras raras, el as de bastos que arrodilló en su reciente guerra comercial a Estados Unidos, la primera potencia económica. A pesar de sus esfuerzos por diversificar sus compras aún recibe de China el 60 % de esos minerales que necesita su industria tecnológica.
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Ha adelantado la prensa nacional china que cortará los contactos económicos, diplomáticos y militares si Tokio no repara el ultraje. Por ahora ha cancelado cumbres trilaterales con Corea del Sur y desatendido la petición de que Takaichi y el primer ministro chino, Li Qiang, se vieran en el reciente G-20. Sólo recibió en Pekín a un diplomático a cargo de asuntos asiáticos que fue ventilado con frialdad funcionarial y despedido en la puerta sin el protocolario acompañamiento hasta el vehículo oficial. “Una reunión no satisfactoria”, desdeñó Pekín. Se esfuerza Tokio en calmar las aguas con matizaciones sobre lo que dijo Takaichi y se topa con la rudeza china: s0lo servirán la retirada de las declaraciones y las disculpas.
[–>[–>[–>Las líneas rojas
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El contexto explica la ira china. El presidente Xi Jinping le había recordado a Takaichi las líneas rojas y subrayado la de Taiwán en la cumbre de la APEC en Corea del Sur. La cita concluyó con el compromiso de mantener unas relaciones bilaterales cordiales y una de las escasas sonrisas del dirigente chino. Fue el mejor desenlace de una reunión que Pekín sólo había confirmado horas antes por la acrisolada postura antichina y el militarismo desacomplejado de Takaichi. Un día después, se citó con un dirigente taiwanés; una semana después, manifestó su compromiso militar con Taiwán. A la ofensa nacional sumó la personal: no se puede atentar más y mejor contra China.
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Takaichi afirmó el 7 de septiembre que un ataque a la isla supondría una “situación de amenaza a la supervivencia nacional”. Es la gatera legal que permite la intervención de sus Fuerzas Armadas en una Constitución que, tras las últimas reformas, ha limado su ejemplar pacifismo original. Acababa así con la ambigüedad estratégica, un instrumento estadounidense que ha frenado las pulsiones bélicas en el estrecho de Formosa.
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[–>Una improvisación
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Se ha sabido después que en aquella comparecencia parlamentaria no tenía Takaichi preparada la respuesta. Que improvisó y erró. No es una equivocación menor. Cualquier dirigente japonés debería saber que China lo tolera todo menos que manoseen un asunto que entiende incondicionalmente propio. Takaichi acabó con la tradición de inteligentes y cuidadosas visiones sobre el asunto con su respuesta directa, recordaba días atrás Kazuhiko Togo, profesor de la Universidad de Shizuoka. “El antiguo primer ministro, Shinzo Abe, que fue su mentor, nunca lo hubiera hecho. Es necesario que alguien se lo diga”, afirmaba a la agencia Bloomberg. Takaichi ha estado siempre cercana a Taiwán, una excolonia japonesa. Como legisladora la visitó en numerosas ocasiones, la última en abril, y afirmó que los problemas de Taiwán son los de Japón.
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El desafío, en cualquier caso, le ha premiado en su país. Su apoyo popular rozó el 70 % una semana después, según la encuesta de la agencia de noticias Kyodo, seis puntos por encima del momento de su elección. Son porcentajes extraños en un país que cambia de primer ministro como de cepillo de dientes. Casi la mitad de los japoneses apoyaba su decisión de auxiliar a Taipei. Subida a esa ola, la dirigente ha doblado la apuesta. Recientemente anunciaba el despliegue de misiles antiaéreos de medio alcance en Yonagani, la isla septentrional situada a apenas un centenar de kilómetros de Taiwán. Su presidente, Lai Ching-te, respondió levantando las restricciones al marisco japonés y fotografiándose comiendo sushi para vencer las reticencias a la radioactividad.
[–>[–>[–>Frenar a la ultraderecha
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A Takaichi la antecedieron Shigeru Ishiba y Fumio Kishida, perfiles tibios. Con ella buscó el Partido Democrático Liberal, la formación hegemónica en Japón, una dirigente fuerte que frenara la sangría de votos hacia la extrema derecha. Esa fama ata ahora sus manos porque las disculpas que le exige Pekín arruinarían su carrera política apenas semanas después de jurar el cargo.
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No es un escenario inédito. China y Japón acumulan pleitos históricos, pero el resentimiento se centra en las barbaridades cometidas por el imperialismo nipón en el siglo pasado. Las versiones desdramatizadas en los libros de texto escolares o las declaraciones comprensivas de sus líderes ya han provocado la indignación ciudadana en China, boicoteos comerciales y rupturas diplomáticas. Japón ha ofrecido disculpas por su pasado y pagado indemnizaciones pero China y Corea del Sur, sus principales víctimas, tienen sólidas razones para desconfiar del discurso oficial.
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Takaichi las ha justificado. Antes de ocupar el cargo era asidua al templo sintoísta de Yasukuni, símbolo del imperialismo japonés, donde se honra la memoria de varios criminales de guerra. Décadas atrás, como joven legisladora, discutió con el primer ministro, Tomiichi Murayama, por su célebre declaración homónima, un modélico y incondicional reconocimiento de culpa que sentó los estándares para los gobiernos siguientes. Las visitas a Yasukuni equivaldrían, aproximadamente, a que el actual primer ministro alemán visitara las tumbas de Goebbels o Himmler y hubiera desacreditado la contrición por el nazismo. El pasado está aún más presente este año, 80 aniversario de la victoria contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. El reciente desfile militar en Pekín para conmemorarlo recuperó la tensión. Tokio desaconsejó a los gobiernos su asistencia por el previsible aroma antijaponés y China la animó de nuevo a afrontar sus tropelías con valentía.
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Los nacionalismos agravan el cuadro. Es esclarecedor que muchos japoneses aplaudan la ruina de las relaciones con Pekín. El aluvión de turistas chinos, algunos ciertamente asilvestrados y poco respetuosos con la armonía social japonesa, ha acentuado el rencor. El Gobierno chino, por su parte, ha calentado la caldera en ocasiones para fomentar la cohesión y la ha enfriado cuando alcanzaba el punto de ebullición. Cinco islotes deshabitados generaron en 2012 la peor crisis de las últimas décadas. La iniciativa japonesa de nacionalizar las Senkaku o Diaoyu, reclamadas por ambos países, estimuló las manifestaciones en varias ciudades chinas. Los ataques a cualquier signo nipón aconsejaron el cierre de sus negocios, fábricas y colegios. La turbamulta se arremolinaba frente a la embajada en Pekín para gritar consignas insultantes y lanzar tomates e inmundicias. Solo entonces los pequineses recibieron sms pidiendo moderación. No se ha desatado la furia popular estos días pero Tokio ha pedido a sus nacionales en China que extremen la precaución y eviten las muchedumbres.
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El papel de Trump
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Es un cuadro propicio para que el presidente estadounidense, Donald Trump, fortalezca su candidatura al Nobel de la Paz. El presidente disfruta de la tradicional sintonía con Tokio y la ha recuperado con Pekín tras la paz comercial. Xi le telefoneó por sorpresa días atrás para recordarle que el regreso de Taiwán forma parte del orden pactado tras la Segunda Guerra Mundial. “China y Estados Unidos lucharon hombro con hombro contra el fascismo y el militarismo. Ahora debemos trabajar juntos para salvaguardar los logros de aquella victoria”, le dijo. Horas después llamó Trump a Takaichi para, según la prensa estadounidense, pedirle que rebajara el tono hacia Pekín. Es verosímil que China exija en las conversaciones venideras a Estados Unidos, padrino de Tokio, que atenúe el brío de Takaichi. También lo es que Trump, negociador astuto, aproveche su sobrevenida fortaleza para arrancarle contraprestaciones comerciales a China.
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Abe también enfureció a China tan pronto fue elegido con su visita a Yasukuni. Su estrategia con China, explicó en sus memorias, fue fortalecer su posición interna para que su vecino asumiera que tendría que lidiar con él. Durante su mandato, inusualmente largo en la casuística japonesa, fomentó la amistad y la cooperación bilateral, y Xi reconoció en un respetuoso comunicado sus esfuerzos y contribuciones tras su asesinato. En esa senda está Takaichi pero es dudoso que China perdone su afrenta. Contra su apoyo popular actual confabulan la inflación, la deuda y, sobre todo, la asfixia económica china. Tras los enfrentamientos por aquellas islas no hubo reuniones presidenciales en casi tres años. Estamos aún lejos de aquella virulencia pero los expertos pronostican un largo invierno en sus relaciones.
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Reconocía esta semana Takaichi que sólo duerme cuatro horas diarias y quizá unas disculpas, su única salida de un charco al que nadie la empujó, mejoren su sueño. En estos tiempos no se puede vivir sin China y mucho menos contra China.
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