O la felicidad en tiempos de ChatGPT
¿Llamarías felicidad a esto? Tras leer las primeras reseñas de ‘Pluribus’, la nueva serie para Apple TV del creador de ‘Breaking Bad’, en todas ellas se comenzaba diciendo que la trama se ambientaba en un mundo donde la humanidad había conseguido la felicidad. Cuando empecé a verla, descubrí que esto no era lo que me habían contado. Quizá no la estaba entendiendo… o quizá nadie me la había explicado bien. A lo mejor querían evitar los spoilers. Pero, de todas maneras, lo que yo percibía es que ese nuevo mundo que plantea la serie no es feliz. ¿Puede considerarse felicidad la pérdida de la individualidad? Los efectos de ese virus alienígena que afecta a prácticamente todo el planeta parecen más bien las suplantaciones de personas de ‘La invasión de los ultracuerpos’, o la asimilación de los Borg para formar parte de la mente colmena en Star Trek. La resistencia es fútil, como dirían ellos.
[–>[–>[–>Vince Gilligan vuelve a escribir un capítulo con letras de oro en la historia de la televisión contemporánea. Tras el éxito de ‘Breaking Bad’ y su precuela, ‘Better Call Saul’, el showrunner cambia totalmente de registro para pasarse al campo de la ciencia ficción. No es un género totalmente nuevo para él, ya que su trabajo en ‘Expediente X’ lo puso en el mapa de los mejores guionistas televisivos. Gilligan se había puesto el listón muy alto con sus anteriores trabajos, pero, a falta de que acabe la temporada, ya es una de las series del momento. Además, se está convirtiendo en uno de esos títulos de ciencia ficción que permiten a Apple mantenerse en el candelero. Algo de lo que dan buena muestra ‘Separación’, ‘Fundación’, ‘Silo’ o ‘Para toda la Humanidad’. Con la emisión semanal logra que la serie permanezca en la conversación semana a semana. Es el mismo motivo por el que Netflix ha alterado su modelo estrenando este fin de semana, repartida entre tres tandas, la temporada final de ‘Stranger Things’.
[–> [–>[–>Rhea Seehorn, la actriz a la que descubrimos en ‘Better Call Saul’, es la columna vertebral de la serie. Su personaje es Carol Sturka, una escritora que ha llegado a la cima con una saga de best sellers que ha generado legiones de fans… pero que ella detesta. Podrían ser perfectamente los que inspiraron ‘Outlander’, o como los que escribía Paul Sheldon en ‘Misery’ antes de caer en manos de una fan desquiciada en la novela de Stephen King. Carol no está satisfecha con su trabajo, como si hubiera vendido su arte, y ello le genera problemas con el alcohol y otras sustancias.
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Cuando, a modo de virus, la supuesta felicidad comienza a expandirse por el mundo, ella es una de las pocas personas inmunes. Y claro, su estado de ánimo es incompatible con ese status de felicidad uniforme, artificial y radiante en el que parece haberse instalado la humanidad. Ella no quiere eso: solo quiere que la dejen con sus inseguridades y sus angustias. Lo anómalo en ese mundo es sentirse mal, por lo que se ha convertido en una irregularidad que debe ser corregida. Tampoco quiere ser la salvadora del mundo, pero parece que las otras personas inmunes como ella tampoco están por la labor de revertir la situación.
[–>[–>[–>Aunque por muy servil y dócil que se haya vuelto el mundo hacia ella —como si la humanidad se hubiera convertido en un ChatGPT universal dispuesto a servirla—, lo cierto es que el único propósito de esas atenciones es corregir “el defecto”. No hay puntos de vista diferentes: únicamente respuestas monolíticas pasadas por el filtro del algoritmo. Solo existe una visión única del mundo, la misma que, por otro lado, consigue alejar a algunos de los grandes males de la humanidad, como la pobreza o el odio.
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Toda la humanidad unida de la mano hacia una felicidad universal, sí… pero una felicidad que no se elige, que es una imposición. Del mismo modo que tampoco existe la opción de seguir un camino distinto. Carol está atrapada en la tiranía del algoritmo, convirtiendo la serie en una gran metáfora sobre cómo las redes sociales obligan a sus usuarios a estar permanentemente exponiendo su felicidad.
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[–>No es casualidad que en toda la cartelería e imágenes promocionales de la serie predomine el amarillo. Es un color asociado a la alegría, la luz y la energía; pero también es una señal de advertencia, de toxicidad y de peligro. Aquí simboliza esa felicidad impostada y artificial.
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La premisa de Pluribus conecta con dos series recientes que abordaban desde distintos ángulos la idea de una humanidad invadida por formas alternativas de control. Las dos fueron canceladas con solo una temporada. Braindead, sátira política creada por Robert y Michelle King (‘The Good Wife’), planteaba una invasión alienígena mediante unos insectos diminutos que se alojaban en el cerebro y se alimentaban de la crispación, convirtiendo a la población en caricaturas de sus convicciones. Incomprendida en su día, fue toda una metáfora del primer mandato de Donald Trump, pero inexplicablemente permanece inédita en España. La otra serie es Mrs. Davis, creada por Damon Lindelof (‘Lost’, ‘The Leftovers’), donde una inteligencia artificial dominaba el mundo con una promesa de felicidad muy parecida a la que nos trae Pluribus. Su ambición satírica se le fue de las manos y el resultado fue demasiado histriónico. Ambas fallaron pese a venir apadrinadas por grandes creadores televisivos. Parece que Gilligan tendrá éxito donde no lo consiguieron sus compañeros, ya que crítica y audiencia están aupando ‘Pluribus’ como una de las mejores series del año, a la espera de ver cómo acaba la primera temporada. Y parece que la cosa va a continuar: ya ha sido renovada para una segunda.
[–>[–>[–>Albuquerque vuelve a ser el escenario de ‘Pluribus’, la ciudad de Nuevo México donde se desarrollaba también la trama de ‘Breaking Bad’. Nos encontramos en el mismo punto donde Walter White emprendió su viaje. Y, como si hubiera sido infectado por el virus alienígena de ‘Pluribus’, la personalidad de Walter fue enterrándose para dar paso a Heisenberg. Para él, adentrarse en el mundo del crimen organizado fue una solución fácil y desesperada para dejar algo a su familia. Del mismo modo que el virus es aquí una solución facilona, pero profundamente destructiva, a medida que van pasando los capítulos queda claro que no es oro todo lo que reluce.
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Al observar cómo Carol navega por ese mundo de sonrisas obligatorias, uno no puede evitar sentir un escalofrío familiar: es la misma incomodidad que experimentamos ante los algoritmos de recomendación que deciden lo que vemos, leemos o sentimos. La serie transforma esa experiencia cotidiana en una distopía tangible, mostrando que la supuesta felicidad universal no solo es una ilusión, sino un mecanismo de control que aplana emociones y borra matices. ‘Pluribus’ no nos deja descansar: nos obliga a cuestionar si nuestras propias sonrisas están genuinamente elegidas o si son el reflejo de un sistema que nos moldea sin que lo notemos.
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