Honrarlos es mantenerlos vivos en nuestra memoria porque nunca los vamos a recuperar
Sonia Cano se dirigía a su puesto de trabajo. El 11 de marzo de 2004 era un día como otro cualquiera de su vida. Cogió el tren número 17.305 y, cuando le faltaban 800 metros para llegar a la estación de Atocha, se produjeron cuatro explosiones. Perdió la vida en el momento y su familia tardó cuatro días en encontrarla. Su madre, María José Campos, recuerda cada momento de ese día como si fuese hoy. Han pasado 22 años desde los atentados y los miembros de la Asociación Afectados de Terrorismo visitaron este domingo el monumento que rinde homenaje a las víctimas y que está situado en la plaza Ángel González de Vallobín. «En todo este tiempo hemos aprendido a vivir con el dolor. Sigo acudiendo al psicólogo y mi marido jamás hablaba de mi hija, pero después de muchas sesiones ha empezado a hacerlo. Llegar hasta aquí nos ha costado muchísimo».
[–>[–>[–>[–>[–>[–>También Marisol Pérez, presidenta de la asociación, perdió a su hijo Rodrigo cuando tenía 20 años y este domingo habría cumplido 43 años. «Estaba en el andén dos de la estación de Atocha cuando estallaron las bombas». Uno de sus apoyos fundamentales son el resto de miembros de la asociación. Ellos saben mejor que nadie el dolor por el que pasan cada día y una mirada basta para pedir ayuda. «No tienes que darles explicaciones», añadió momentos antes de leer el manifiesto del acto. Un documento donde los miembros de la entidad reivindicaron que cada nombre recogido en el memorial de Vallobín supone «una familia rota». «Una ausencia que nunca podrá ser sustituida y nuestro objetivo es honrar el recuerdo y el sacrificio de todas las víctimas del terrorismo». También tuvieron palabras para los asesinados por ETA, los de Cambrils y Barcelona. «Honrarlos es mantenerlos vivos en nuestra memoria porque nunca los vamos a recupera
[–> [–>[–>A estas palabras se sucedió el testimonio de tres supervivientes. Emilia Mavra tenía 22 años cuando se produjeron los atentados del 11M. «Mis heridas fueron terribles». Ha pasado por una decena de operaciones, pero con su esfuerzo y tesón consiguió salir adelante. «Me considero afortunada porque puedo contar lo que me pasó. No obstante, nunca se supera. Aprendes a vivir con ello y lo integras en tu vida», detalló. De igual forma, pidió que «no se olvide» lo que ocurrió. «Tenemos derecho a la memoria».
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Almudena Bombín fue otra de las heridas. También se encontraba en Atocha para dirigirse a su puesto de trabajo y al principio no se dio cuenta de lo que estaba pasando. «Solo quería salir de allí, no era consciente del horror». Ahora, 22 años después, su deseo es que las víctimas no caigan en el olvido. «Uno de los momentos que más me marcó fue contarle a mi hijo lo que había pasado y tenemos que hablar mucho más de lo que ocurrió. Mientras podamos, no vamos a parar».
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