El Black Friday envejece mal
El Black Friday envejece mal. Lo que empezó como un día excepcional, limitado al último viernes de noviembre, se ha convertido en la rebaja de nunca acabar. Cada año los descuentos empiezan mucho antes y se confunden con otras promociones que distorsionan el concepto original. Si todo está rebajado, ¿cómo saber qué lo está de verdad?
[–>[–>[–>Los riesgos de esta hipertrofia son evidentes, sobre todo ahora que el consumidor -cada vez más informado y más escéptico-, detecta los precios inflados, los descuentos de mentira y las prisas por liquidar stocks. La confianza, ese cordón umbilical que une al vendedor al comprador y que tanto hay que preservar, se erosiona y puede llegar a romperse.
[–> [–>[–>Por ello, tiene sentido defender que el Black Friday vuelva a sus raíces: un día concreto, acotado, honesto y con descuentos de verdad. Solo así se podrá garantizar la credibilidad del sector comercial, que necesita que el incentivo del precio funcione y no se vea diluido por la fiebre del descuento continuo.
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Esta vuelta a los básicos no significa encorsetar al comercio ni dictarle cómo organizar el calendario. Cada tienda debe poder decidir qué artículos rebaja, cómo, cuánto y con qué duración. Lo que sí es razonable es exigir una comunicación cierta y transparente, que permita al consumidor decidir con criterio. También cabe respetar a aquellos establecimientos que deciden no participar en el Black Friday, sea por el motivo que sea.
[–>[–>[–>En este contexto y para que todo funcione, las autoridades deben huir de uniformar al comercio. Su papel ha de centrarse en garantizar la información veraz. Fijar criterios claros para el etiquetado de los precios y exigir una mayor trazabilidad de los descuentos son dos herramientas que encajan en esta dirección.
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Recuperar un Black Friday así no es un regreso al pasado, sino una oportunidad para reforzar la confianza entre compradores y vendedores. Bien ejecutada, protegerá la credibilidad del sector y devolverá el sentido a un día de descuentos que valgan la pena.
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