Los muertos vivos
Siempre que espero para entrar a consulta médica −aun siendo para una obligatoria revisión sin importancia− me da por pensar en la muerte, en citas literarias sobre la muerte, en anécdotas luctuosas. Vengo o venimos mal de fábrica, pues le ocurre a mucha de la gente a la que se lo comento.
[–>[–>[–>−Normal, pareces bobo −me reprocha un íntimo−. ¿En qué vas a pensar en ese ambiente, en situación tal? ¿En las flores del campo?
[–> [–>[–>−Pues sí. Y en las nubes de verano cual copos de algodón, y en aquellos calamares en su tinta tan ricos, en el batir de las olas, en aquel fresno musgoso, en aquellos ojos, en la mirada aquella, en Bach y Satie y en el gol que nos hubiese dejado en 1ª… Debería pensar en lo bello, para equilibrar el trance lutoso.
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Probé un nuevo método en la sala de espera de la consulta rutinaria de mi médica balnearia. Dios me perdone, pero ya no puedo evitar el recuerdo de meteduras de pata periodísticas −no digamos nada del público en general− relacionadas con la parca. El fútbol me da una: «Sufre un síncope mortal en un penalti contra su equipo. Cuando falleció, en los vestuarios, el portero paró el castigo». Vaya información más chuchurrida: ¿quién sufrió? ¿por un penalti? ¿han quitado «suplente» del diccionario? Que en paz descanse quienquiera que fuese.
[–>[–>[–>Tengo presente mientras la doctora vocea «¡Siguiente!» un titular en un diario castellano, hace ya unos meses (tiro de mi archivo, ay de mí, ya va huyendo el presente): «La cifra de fallecidos en Ávila triplica la de fallecidos». Menos mal que el pie de foto aclaraba el resbalón para enmarañarlo aún más: «La cifra de defunciones triplica la de fallecidos». Cómo están los avileses, requetemuriendo, pobres. Yo los dejé vivos cuando Covadonga Bertrand me llevó allí a hablar de «Los idus de marzo», de Thorton Wilder, novela de puñaladas tan traperas como mortales, por cierto. Mientras leo sin fijarme el cartel de especialidades hídricas que la autoridad competente −médica, por supuesto− ha colgado en la pared de enfrente, me viene a la memoria la pertinacia o contumacia de una señora… si hemos de creer al plumilla que redactó la noticia de su deceso: «Fallece por tercer día consecutivo una mujer de 103 años». Que no quería dejarnos solitos en este mundo canalla, vamos. Venga y venga de morirse. A mi cabeza viene el tremendo caso del motorista vivo: «Detenido en Fuenlabrada un motorista que huyó tras morir en un accidente de tráfico». Nada dice el apresurado redactor de los mortales síncopes que sin duda sufrieron los guardias civiles ante cuyos ojos un nuevo Lázaro resucitaba y se erguía tan campante, tras haberla palmado en un cacharrazo de este tráfico nuestro en estas carreteras nuestras, que podían haber sido las causantes, al decir del ministro Puente hablando de otros asuntos: «Es innegable que la vía puede ser la causa del accidente». Pues sí: por poder, puede.
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Pero vayamos dejando aquí a la muerte que ya me llama la enfermera a que me adjudiquen las sesiones de balneación adecuadas para mejorar mis huesos y tuberías. Además, estamos a punto de entrar en el verano y mejor será hacerlo con una sonrisa y no zascandilear con la postrera, pues no faltará que me acuse de falta de sensibilidad y me diga que tengo «temperamento de mecánico» (gracias, maestro Josep Pla) por andar revolviendo en estas cosas y no escuchar a don Quijote en su lecho de muerte (juro que la cita es auténtica, no como esas que los zopencos propagan por las redes): “Déjense burlas aparte […] que en momentos como este hombre no debe burlarse con su alma”. Al final los partes médicos dirán -cuando llegue el momento, aún existe la posibilidad- que “fue un infarto simple, absurdo, estúpido, inútil, bestial e infame” (gracias, Joseph Roth, por enseñarme a adjetivar).
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