Nos humillan, una y otra vez. Es casi un acto de depredación
«Si me permiten un momento de atención, les traeremos ahora unas velas para alumbrarse mientras nos conectamos a la corriente y entonces podrán captar algo de conexión a internet«, anuncia Anna a los clientes de su restaurante de Kramatorsk (Donbás), a quienes les cuesta hoy disimular su intranquilidad. Su presidente está a punto de dirigirse a la nación. De urgencia. Va a lanzar un importante mensaje. Pero la ciudad sufre un nuevo apagón eléctrico por los últimos ataques rusos. Fuera de estas cuatro paredes, no hay ni luz, ni red de teléfono. Vienen hasta aquí, porque es el único bar de la zona que cuenta con un generador de energía. Lo que le convierte casi de manera improvisada en uno de esos «puntos de invencibilidad» adonde la gente acude para cargar el móvil, o, simplemente, para poder comunicarse con el exterior. Y es un día importante.
[–>[–>[–>No han pasado ni 24 horas desde que se filtrara el primer borrador del plan de paz para Ucrania, que desató un torbellino emocional en la población. De la ira, a la tristeza. De la sublevación, a la postración impuesta o voluntaria. Todas ellas por separado. O juntas y en desorden. Porque ese acuerdo contemplaba no solo la absoluta capitulación de Ucrania, sino que desintegraba su dignidad como pueblo. «Nos humillan a conciencia, una y otra vez. Es casi un acto de depredación». Así define la situación Olexander, natural de la región de Donetsk, taxista ocasional, y, ahora, por obligación, vecino habitual de enchufe en el establecimiento de Anna. Olexander está aquí, como tantos otros, para hacerse con alguna raya de señal que le permita enterarse de los acontecimientos.
[–> [–>[–>Los trabajadores de una guardería en Sumy recogen los fragmentos de un dron ruso que impactó en el edificio. / FRANCISCO RICHART / CONTACTO / EUROPA PRESS
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En semipenumbra, todos agarran sus teléfonos en la mano, refrescando casi de manera compulsiva los canales y chats locales, que, a cuentagotas, ofrecen píldoras informativas de lo que está ocurriendo. El generador empieza a rugir. Se hace la luz. El router, por fin, funciona. Y, con ello, van llegando unas palabras de Volodímir Zelenski, que, por un momento, aplacan con fuerza a los presentes. «Ucranianos (…) este es uno de los momentos más difíciles de nuestra historia (…) Claro que somos de acero, pero cualquier metal, incluso el más resistente, puede ceder. (…) Hoy Ucrania enfrenta una elección: entre perder nuestra dignidad o perder un aliado clave (…)».
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Permanecer o huir
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Hay confusión. E intercambio de miradas. Se instala la duda. ¿Claudicará Ucrania? Si Zelenski cediese ante la presión estadounidense, implicaría que esta ciudad, Kramatorsk, actual bastión ucraniano, y sus conciudadanos, quedarían de facto bajo control ruso, pues es lo que planteaba el plan original, diseñado entre bambalinas por Washington, en connivencia con Moscú. Anna, la propietaria, apenada, analiza la hipotética situación mientras sirve uno de sus humeantes borscht: «Si Rusia ocupa oficialmente toda la región, entonces mi familia y yo nos veremos forzados a abandonar la zona. Nos iremos. No hay otra opción. Ucrania es nuestro país. Nuestro hogar«. Pero Anna es de esas ucranianas que, a pesar de todo, se agarra a la esperanza: «Confío plenamente en que la comunidad internacional no permita que Ucrania capitule. Confío en que cesen las hostilidades pronto y no debamos huir. Y, en todo caso, confío en las fuerzas armadas de Ucrania. Ellos y ellas son nuestros héroes». Sofía y su familia, sin embargo, han optado ya por abandonar Kramatorsk. Hace apenas 3 días. En plenas negociaciones. Porque los ataques son continuos. «Las bombas caían a menudo al lado casa de mi abuela», cuenta Sofía. Era, para ellos, la única salida. Una oportunidad para quizá sobrevivir.
[–>[–>[–>Desde aquella tarde, el plan de paz para Ucrania ha mutado en una suerte de enredo diplomático que reaviva la incertidumbre en el corazón de los ucranianos. Europa ajustó posiciones y enrocó a un Zelenski visiblemente aturdido tras el golpe de gracia de Trump, quién empujó durante días al presidente ucraniano a sellar el destino de su país con un simple ‘sí’ o ‘no’ a su propuesta, plenamente doblegada a los anhelos de Moscú. Su ultimátum propició una cumbre extraordinaria en Ginebra en la que participó, ahora sí, EEUU, Europa y la propia Ucrania, y de la que surgió in extremis un nuevo borrador algo más alineado con los intereses ucranianos, y que daba tijeretazo a los puntos más polémicos del plan original. Los que comprometían la capacidad militar de Ucrania y su integridad territorial. Durante un par de días, Ucrania despresurizó. E incluso por primera vez en tiempo, en la calle y en el frente se hablaba de un posible final de la guerra. «Lo deseo profundamente. De corazón. Lo deseamos todos. Estamos agotados», confesaba el soldado Vlad desde «el infierno de Pokrovsk». Él y sus compañeros son, a día de hoy, el bloque de contención ucraniano. Quienes libran la batalla más feroz y decisiva contra las tropas rusas.
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Soldados ucranianos de la 93.ª brigada en el frente de Donetsk. / EFE
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Pero Trump, diestro en el juego fibrilar, decidió desacelerar sin previo aviso, constriñendo aún más a una Ucrania asmática que se queda sin oxígeno. A pocas horas de vencer su plazo, a bordo de su Air Force One, comunicó al mundo que ya no le corría tanta prisa el acuerdo de paz. Ni siquiera reunirse con Zelenski tan pronto como estaba previsto.
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[–>Escenario de guerra civil
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Empezaron en Ucrania a fluir las habladurías. Las apuestas. Y la desazón. Como si fuese un bucle infinito. H. es un joven militar ucraniano que lucha en el frente de Jersón desde hace meses. Se identifica como un «idealista realista». Defensor de la cordura frente a la sinrazón de esta o cualquier guerra. «Creo que se pactará un alto el fuego, pero que será efectivo solo durante unos seis u ocho meses. El tiempo justo y necesario para que Rusia se rearme y viole impunemente el posible acuerdo», expresa contundente, invalidando la honestidad de Rusia en caso de firmar un pacto de no agresión futura. No es una opinión aislada. También Tetiana, estudiante de Derecho, se opone a transigir en ningún tipo de concesión: «Me niego. No podemos ceder ni un centímetro de territorio. Porque significaría complacer los deseos megalómanos y expansionistas de líderes terroristas, que replicarían el modelo más allá de Ucrania. Me avergonzaría pertenecer a una nación que sentase un precedente semejante». Además, añade, casi en términos proféticos, «estaríamos, de hecho, propiciando una guerra civil«. Un escenario nada descartable, por una amplia mayoría de ucranianos.
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Alex, fotógrafo nacido en Kyiv, mantiene un perfil más moderado. Habla de un abrupto e inesperado proceso de paz que no cree llegue a ser, por ahora, «nada definitivo». Pero aplaude el entusiasmo nacional e internacional por volver a situar a Ucrania en el foco diplomático. Ucrania estaba «estancada» y, ahora, dice, «al menos, algo se está moviendo». Alex espera una pronta resolución del acuerdo de paz, «aunque no sea al 100% bueno para nosotros». Preguntado por su plan ideal, responde: «Quisiera parar justo en este punto. Donde estamos ahora. Porque no tenemos otra opción. Quizá podamos retornar territorio con el tiempo y desde la diplomacia. Pero ahora no lo lograremos mediante la fuerza». Aun así, aclara, «jamás nos entregaría. No somos ningún regalo».
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