El reggeaton es una puxarra, la letra no transmite nada
Carmen Fernández (Vega del Ciego, 1963) lleva más de tres décadas detrás de la barra de su «Ay, Carmela». Desde sus inicios profesionales en los años ochenta del siglo pasado hasta la actualidad, ha visto cambiar el público, las prioridades y la música. Su pasión por la hostelería y el contacto con la gente sigue intacta, y su legado continúa ahora con su hijo al frente del Zaperoco. Para ella, la noche sigue siendo un espacio de energía, cercanía y vitalidad. No quiere oír nada de jubilación.
[–>[–>[–>Nacida en Vega del Ciego, un pequeño pueblo del concejo de Pola de Lena, empezó a estudiar con las monjas de la zona para después pasar a un colegio de la Compañía de María. Su padre, como otros muchos hombres en la época, se dedicó a la minería, concretamente, a ser vigilante de las explotaciones en Figaredo, y su madre se encargaba de las tareas del hogar. Una vez completado el Bachillerato en el municipio lenense, con la mayoría de edad ya cumplida, llegó a Oviedo para estudiar el Graduado Social, lo que ahora sería el Grado de Trabajo Social. «Cuando era adolescente no pensé en dedicarme a la hostelería jamás. Puedo decir que fue una cosa que surgió», apuntó Carmen.
[–> [–>[–>Sacó la carrera en tiempo y en forma, pero el «gusanillo» de ponerse detrás de la barra ya había florecido en su interior y en 1985 abrió el «Gloria Bendita», en la calle San Antonio. «Éramos muy jóvenes y nos atraía la vida nocturna y todo lo que la rodeaba. Al principio fue complicado, porque había que conseguir clientela y sacar adelante el negocio, pero, aun así, todo fue bien», comentó, echando la vista atrás, recordando esa primera toma de contacto con la profesión.
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De aquellos primeros años recuerda que el ambiente nocturno era muy distinto al actual. No existía la concentración de público en fines de semana como ocurre hoy, sino que había movimiento a diario, aunque más repartido. Aun así, el negocio funcionaba bien gracias a la gran cantidad de estudiantes que llegaban de fuera a Oviedo. Con el paso del tiempo, y a medida que se crearon más facultades en otras ciudades como León, ese flujo fue disminuyendo y el panorama cambió.
[–>[–>[–>Después de cuatro años trabajando en el «Gloria Bendita», decidió emprender, empezando de cero en la calle Santa Ana. Fue entonces, en 1989, cuando nació el mítico «Ay, Carmela», que sigue activo y más vivo que nunca. Logró arrastrar a una parte del público de su primer establecimiento, pero recuerda que «mucha gente se quedó en el camino». «Nunca fui mucho de dormir. Aunque me acostaba tarde, madrugaba y aprovechaba el día al máximo. Por eso el trabajo no se me hacía especialmente duro; estaba acostumbrada a ese ritmo», remarcó.
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Siempre afrontó con felicidad los retos que se le fueron poniendo por delante. Cuenta con total naturalidad cómo compaginó la maternidad con el trabajo en el bar de copas, durante un tiempo contrató a una mujer para que se quedase con Pelayo, su hijo, mientras ella trabajaba. Lo que tiene claro es que nunca se planteó cambiar de profesión. «Siempre me ha gustado más el ocio nocturno que el diurno. Fue algo que me atrapó desde el primer momento y de lo que me enamoré enseguida. Además, el trato con la gente por la noche es totalmente distinto: el ambiente cambia, es otra forma de relacionarse. La noche tiene una personalidad propia», destacó Carmen.
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[–>Estas casi cuatro décadas en Santa Ana le han servido para muchas cosas, pero una de las cosas que más lamenta es el cambio en el público. «Si comparo a la gente que salía en los ochenta con la que sale ahora… bueno, la gente de los ochenta era bastante más educada y respetuosa. Había más valores. Hoy en día, a veces da la impresión de que no hay respeto por nada. Aunque tengo que decir que mi clientela sigue siendo espectacular. Mantengo una línea de un tipo de gente y la verdad es que es genial. Pero cuando estoy en la puerta y veo pasar a la gente más joven, noto que muchas cosas se han perdido», remarcó.
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Otro de los cambios que más polémica provoca es la subida de los precios en los bares de copas, no obstante, ella no lo comparte. «No creo que los precios hayan subido mucho; en realidad, no hay tanta diferencia. Muchas personas me dicen que antes era más barato, pero es un mito: proporcionalmente, la copa costaba lo mismo que ahora y se mantuvo así durante muchos años. Lo que ha cambiado son las prioridades de la gente. Antes se dedicaban casi exclusivamente a salir y tomar copas. Hoy, en cambio, viajan mucho y realizan muchas otras actividades, por lo que el ocio nocturno compite con muchas opciones», explicó Carmen.
[–>[–>[–>De Lorenzo y Cazorla
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Por la barra de su bar han pasado todo tipo de personajes. Desde Gabino de Lorenzo, del que recuerda que era «cliente habitual», hasta Santi Cazorla, pasando por decenas de personas de la farándula ovetense y española. Sin ir más lejos, hace unos días, pasó por el «Ay, Carmela» el reportero Miguel Temprano, al que Carmen definió como «mundial». «Pasó mucha gente conocida, pero a mí eso no me preocupa demasiado. Lo que realmente me interesa es que la gente venga, se lo pase bien y salga encantada. Eso es lo que me gusta», reconoció.
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Tantos años trabajando en la noche ovetense dan para muchas anécdotas, algunas se pueden contar y otras es mejor omitirlas. Recuerda con especial cariño un episodio que le quedó grabado. Un cliente subió a la barra a bailar, pero perdió el equilibrio y se pegó un «castañazo». Tuvo una costilla dañada y Carmen le enviaba mensajes para saber cómo estaba. Él siempre respondía con humor, pidiendo que, en la próxima renovación del bar, el suelo fuera como el de los parques, «más seguro para todos».
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Su otra gran pasión, además de la hostelería, es la música. En su local siempre suenan ritmos ochenteros y se identifica especialmente con las canciones del mítico Julio Iglesias, asegura que es el cantante que abandera su oferta musical. «El reggaetón es una puxarra. Respeto que a otros les guste, a mi hijo le encanta, pero las letras no dicen nada. Ni transmiten un mensaje. Además, hablamos de machismo y es increíble, nunca he visto letras más machistas en mi vida. Prácticamente no hay letra; todo es un revoltijo sin contenido», aseveró.
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El legado continúa
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En septiembre, su hijo Pelayo se hizo cargo del Zaperoco, en la calle Catedrático Miguel Traviesas. Casualidades de la vida, la historia de este tiene muchas similitudes con los inicios de su madre. Estudió Magisterio, dio clase un año, pero no acabó de convencerle y acabó decantándose por la hostelería, sin que nadie se lo inculcase en casa. «Creo que a veces es más difícil volver a empezar. Por un lado, hay gente muy arraigada, que es fan del lugar porque forma parte de su vida y lo añora. Por otro lado, están quienes, al no ser los dueños originales, lo reciben con cierta reserva. Hay dos caras ahí. Aun así, abrir de nuevo está yendo bien, y la zona, además, se encuentra en un buen momento», confesó Carmen, sobre el relanzamiento del negocio de su descendiente.
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Carmen no quiere hablar de retirada ni de jubilación, de momento, ni se le pasa por la cabeza y no parece que vaya a pasársele en el futuro más inmediato. «Me va a costar dejarlo, porque estar allí me da vida. Aunque sé que soy mayor, cuando me relaciono con el público, con los amigos y los clientes, me siento activa y al día. No me siento obsoleta; me siento bien», sentencia la hostelera.
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