Marga Sancho, la artista que busca «la magia del arte» desde este joven barrio de Oviedo
Cuando Marga Sancho iba a las reuniones de la asociación de padres del colegio de Las Campas ni siquiera atinaba a sospechar que algún día tendría su taller de pintura en lo que por entonces «era todo bosque y praos». La primera de sus hijas fue una de las niñas que estrenaron el colegio público al que iban críos de los pueblos del Naranco y barrios aledaños, como la Argañosa y Vallobín, mientras que la pintora apostó, decidida, por un bajo de la nueva urbanización a la falda del Naranco, casi veinticinco años después para dar rienda suelta a su potencial creativo.
[–>[–>[–>La capacidad para arriesgar forma parte de la personalidad de Marga Sancho, que un buen día decidió dejar la enseñanza reglada para dedicarse a la pintura; por eso la apuesta por Las Campas, bastante después, resultó un paso de lo más natural. «Di clase en la Maternal Francesa, que estaba en la plaza de la Paz, y cuando pasó a ser el École, en Llanera, aproveché para dar un giro. Decidí que, si me estrellaba, lo hacía yo sola», comenta de unos tiempos en «los que pintábamos en el suelo descalzos con los chiquillos, que estaban encantados; era otra forma de estar y enseñar, por eso me enervo ahora cuando quitan de los planes educativos materias como la historia, la filosofía, música o plástica». La apuesta, reconoce, «fue muy gorda porque dejé la enseñanza para dedicarme a la pintura».
[–> [–>[–>La pintora acabó «aterrizando» en la Obra Social de la Caja de Ahorros, «donde estuve 18 años, hasta que nos jubilaron porque no fue una jubilación voluntaria». Su primer estudio, enfrente del piso donde vivía de la Argañosa, en la avenida de Colón, y luego otros locales, hasta que se hizo con el bajo de Las Campas en una suerte de lo que tal parece cierto designio del destino. «Llevo aquí en Las Campas 25 años, desde que se acabó el edificio porque lo había comprado en terreno. Entonces estuve vinculada cuando se formaba la asociación de vecinos. Aparte, mi hija mayor estudió aquí, en el colegio de Las Campas, y siempre tuve un cierto cariño al espacio. Llevaba años alquilando, pagando y dije: arriesgo. Y para acá vine», comenta al por menor, con un hablar pausado, tranquilo, que contrasta con la energía que expresa frente al lienzo.
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El día en que Marga Sancho llegó al nuevo taller en Las Campas «no había nada aquí alrededor, todo eran praos, un bosque precioso, no había autobús ni nada. Tenías que bajar a la carretera de San Claudio para poder coger al autobús». El espacio para poder crear y expresarse ha sido clave para que aquella apuesta de principios del siglo XXI haya salido más que bien, a la vista de su permanencia en ese pequeño universo de su taller, donde hay sitio para su obra, sus pruebas y hasta para un pequeño rincón que hace las veces de biblioteca. «En mi caso, la inquietud la llevas dentro, no es que te inspire el monte, el mar, el prao ni nada. Hago lo que siento. Hay tantísima información y te alimentas de ella que expongo lo que siento o lo que me motiva. Pero el paisaje no me influye en nada», sostiene una artista en constante evolución, que tiene los ochenta años casi a vuelta de hoja de calendario, en el próximo febrero.
[–>[–>[–>«No me encasillo porque me digan qué guapo es o porque venda algo, no me interesa eso, lo que me interesa es buscar la magia del arte y en ese proceso no paras», confiesa Marga Sancho. Sus técnicas también son variadas. «Trabajo con fibra de vidrio, lija con pastel o ceras o quemar con soplete. Eso, pintar debajo y después, echar polvo de mármol, óleo, poner un plástico con soplete. Haces que caiga la parte que te interesa. No puedes hacer siempre lo mismo», detalla una artista que entra en el territorio de la confidencia cuando enseña una gran mancha, que va tomando cuerpo y carácter, justo en la pared del bañal donde limpia la pintura de sus pinceles y brochas. «La mancha va evolucionando y cambiando. Nunca se sabe lo que pasa. Cuando estaba en la avenida de Colón, limpiaba el material en un lienzo grande, llegó alguien muy entendido y me dijo: oye es precioso», revela una artista que no se cansa de explorar materiales y texturas en su particular búsqueda de la magia del arte, del expresionismo a la abstracción.
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El dinamismo, los cambios que marcan una constante en su obra encuentran su prolongación vital en su querencia por los barrios, una de las razones que la llevaron a asentar su taller en Las Campas. «Soy de barrio, siempre me gustaron porque es donde hay vida y donde la gente es más sincera, más abierta. O sea sales del Oviedín del alma y te encuentras otra realidad. Yo nací en la plaza de América, pasamos a la avenida de Colón y llevó allí setenta años y Las Campas está en la prolongación de esa parte de la ciudad», afirma Marga Sancho que recuerda el entusiasmo con que su hija mayor vivía su etapa escolar en esta misma zona del oeste ovetense. «Gemma estudió aquí hasta que pasó al Aramo y me contaba que salían a estudiar fuera, a dar las clases de ciencias naturales porque tenían el mejor laboratorio fuera del aula, en plena naturaleza. Lo recuerda con mucho cariño», relata la pintora que fue a unas cuantas reuniones de aquella AMPA: «Nunca pensé que todo el bosque que rodeaba el colegio, lleno de castaños, fuera a desaparecer».
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[–>En el nacimiento de la asociación de vecinos de Las Campas del Naranco se implicó, como antes lo había hecho con la de la Argañosa, cuando había que buscar socios puerta a puerta en los años setenta y ochenta que dieran músculo al emergente movimiento vecinal: «En Las Campas he procurado estar en las concentraciones para apoyar las demandas vecinales. Las reivindicaciones me vienen de toda la vida», afirma una artista sensibilizada con la causa saharaui, también en su obra: «Nuestra familia está en la asociación desde su creación, en los años ochenta».
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