Plácido Domingo, la noche triunfal del viejo tenor
Volvió este sábado Plácido Domingo a cantar en Oviedo después de cuarenta años con esmoquin y sin pajarita, como un veterano jugador de billar después de una noche de partidas complicadas, sin necesidad de demostrar nada pero todavía dispuesto a dar lo mejor de sí mismo. Y salió del Auditorio Príncipe Felipe ovacionado y con el público rendido, después de haber protagonizado un recital a trío, con una poderoso Sabina Puértolas y un magnífico Ismael Jordi, que llenó el recinto con un público heterogéneo y transversal, más allá de la base melómana local habitual.
[–>[–>[–>Que la sesión superaba el concepto de recital de ópera y zarzuela y entraba en la categoría de las grandes exhibiciones se notaba desde la calle, con propaganda de automoción a las puertas del recinto y con largas colas para entrar al borde de la campana del último minuto. Superado un susto inicial en el patio de butacas por la indisposición de un espectador, Óliver Díaz salió al frente de Oviedo Filarmonía y ofreció la obertura de «Nabucco» para dar paso ya, sin teloneros, sin preámbulos, a Plácido Domingo. «Nemico della patria», de Andrea Chenier, tuvo ese regusto amargo que parece sintonizar con el momento del cantante, cancelado en la esfera pública norteamericana en los últimos cinco años por acusaciones de acoso, un tono crepuscular que se repitió, por ejemplo, en «Perfidi! Pietà, rispetto, amore», de Macbeth. Aunque en esta primera parte al cantante se le notó prudente, con el freno de mano echado a la letra de la canción, su sola presencia en el escenario ya provocó ovaciones cerradas. El tenor, a falta de poco más de una semana de cumplir 85 años, mantiene el magnetismo escénico sin ponerse la pajarita, y cuando el repertorio avanza y llega la lírica nacional, se abre paso una voz poderosa y una presencia enorme a la altura de su mito. Así sonó en especial en «Mi aldea» («Los gavilanes»), más aún en «Amor, vida de mi vida» («Maravilla») y todavía un paso más allá en el bis «No puede ser» («La tabernera del puerto»), con todo el auditorio puesto en pie y prolongando el aplauso.
[–> [–>[–>Toda la genialidad que sobre el escenario y arropado por la OFIL de Óliver Díaz pudo desplegar todavía se vio multiplicada por los dúos con sus otros dos compañeros, Sabina Puértolas e Ismael Jordi, repartiéndose los «tour de force» en escena como esos jugadores de baloncesto que organizan veladas con triples, mates y ganchos imposibles.
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Todo ese artificio y esa potencia llevada al límite Sabina Púertolas la exploró ayer en el Auditorio en todos los registros posibles, por Verdi en la primera parte y enfundada en un traje con capa roja de «superwoman» en la segunda para abordar pasajes de «El barbero de Sevilla» o «La del manojo de rosas». Ismael Jordi hizo lo propio, con especial aprobación del público cuando en la propina ofreció una sentida «Adiós Granada». Una y otro se turnaron con el maestro y regalaron actuaciones a dúo en las que a Plácido Domingo se le vio contento y agradecido. Hubo química en todas esas romanzas compartidas, con una apoteosis final en la que el tenor y Púertolas cantaron «Hace tiempo que vengo al taller».
[–>[–>[–>Pero todavía quedaba una sucesión de bises (la citada «Granada», «No puede ser» y «Carceleras» para Sabina Puértolas) que concluiría con una versión a trío de «Torero quiero ser», de «El gato montés».
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El público salió contento y reconciliado con un tipo de espectáculo lírico sin fallo. Entre las butacas se encontraba la propia familia del tenor, con alguno de sus nietos, la viuda de Botín y mecenas de la programación musical en Santander, Paloma O’Shea, y en el palco del Ayuntamiento presidió la noche el alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli.
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