el último panadero de Salas no quiere dejar de amasar
«Yo no tengo pensado jubilarme. Yo estoy muy bien y no sé nada más que venir aquí. Nunca consideré que ir a repartir era un trabajo. Para mí siempre fue simplemente estar por ahí, llevar pan a la gente y charlar con ellos». Estas son las palabras de Luis Manuel Peláez, panadero salense de 63 años que cada medianoche inicia su rutina laboral en su panadería (Panadería Luis), ubicada desde hace casi 62 años (el aniversario es en julio) en el mismo punto de la calle Doñalir de Salas. Allí, elabora bollos preñados y diferentes variedades de pan que, apenas el sol hace presencia, comienzan su tránsito diario por las carreteras del concejo hasta las casas de sus clientes. Nadie más lo hace ya en Salas.
[–>[–>[–>Todo arrancó en 1964. Luis y Maruja, padres del actual propietario de la panadería, llegaron a Salas poco antes desde Godán, pueblo ubicado a apenas ocho minutos en coche de la villa, pero que en aquellos tiempos el trayecto se hacía un mundo. Los inicios, comenta Peláez, fueron «duros» pero «había que hacerlo».
[–> [–>[–>Inicios «de alquiler»
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Luis padre contaba por entonces con un camión. Sin embargo, «la cosa no debía ir muy bien», por lo que la pareja, que apenas había estrenado la treintena, decidió hacerse con una pequeña panadería en alquiler en la que «empezaron poco a poco, como se podía». «El primer recuerdo que tengo de la panadería es mi madre aprendiendo a conducir. Sacó el carnet en 1969 y ya empezó a venir para trabajar», rememora Peláez, que señala que sus padres «no tenían nada y vinieron con un colchón para los dos».
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Aún así, la pareja salió adelante. «Había que dejarse la piel. Seguir adelante a fuerza de trabajo y sacrificio», añade el panadero, que a diferencia de sus padres, ya no recorre las carreteras como lo hacían entonces. «Peinaban todo el concejo y llegaban hasta Tineo, pero también recuerdo bajar por Soto de la Barca y volver por Calabazos. También subían por Soto de los Infantes e iban hasta Cornellana o Pravia volviendo por Mallecina. Era interminable», puntualiza Peláez. Y esto, añade, lo hicieron de principio a fin. «Prácticamente, trabajaron hasta el final», comenta Peláez, cuya madre, Maruja, falleció a los 72 al sufrir un ictus, precisamente, durante la mañana antes de ir a trabajar. «Ella se encargaba de casi todo», puntualiza.
[–>[–>[–>Del instituto a la panadería
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En cuanto a Luis hijo, actual cara visible de la panadería, su vínculo al negocio de sus padres se retrotrae hasta sus propios inicios, aunque la profesión «como tal» llegó «cuando dejé de pasear los libros». «Nunca fui de estudiar. A los 16 años dejé el instituto y fue cuando empecé a venir aquí por las noches», rememora Peláez, cuya labor supuso un apoyo para su padre, al que la colaboración de su hijo le permitió echar más horas de sueño. «Mi padre empezó a dormir algo más. Cuando se levantaba, a las cuatro o cinco de la madrugada, yo me iba», detalla.
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Con el tiempo, la tecnología avanza y el trabajo puede hacerse menos laborioso, al menos de partida. Con los años, Peláez se hizo cargo del negocio y, poco a poco, se fue renovando el espacio. Llegaron las nuevas máquinas y el espacio creció, pero en el interior de la panadería aún habita un elemento que mantiene viva la llama de los inicios: el horno «viejo» en el que, desde hace cincuenta años trabaja la familia, aunque ahora combina el gas y la leña.
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[–>300 kilos de harina
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Más espacio, más máquinas… más producción. Cada día, Luis emplea más de 300 kilos de harina para hornear el pan, una cantidad que a un recién llegado puede parecerle enorme hasta que Luis puntualiza: «No es tanto como parece». Sobre el secreto para elaborar un buen pan, Luis detalla que «tan solo» hace falta «amasar bien y tiempo, mucho tiempo, que es lo que ya no tenemos».
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Y con el aumento de la producción y la capacidad llegó, poco a poco, la caída de la panadería en Salas. Poco a poco, los panaderos fueron a menos hasta dejar a Peláez como el último de la resistencia. «El trabajo ha ido creciendo por una sencilla razón: fueron cerrando panaderías y dejaron de venir panaderos», expone Peláez, que añade: «Ir a los pueblos es peor. No hay nadie. El pan que dejas ahora en un pueblo es lo que antes dejabas en una casa». Tal y como recuerda el panadero, entre la capital y Cornellana existían hasta seis panaderías. «Ahora solo quedo yo», sentencia.
[–>[–>[–>Sin descanso
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El futuro, además, pende de un hilo, puesto que el panadero afirma que no querría que sus hijas continuaran con la profesión. «Hace falta ser o tener un esclavo para estar aquí. Tengo 63 años y no descanso. Lo máximo que estuve sin venir fueron cuatro días, pero desde que mi padre no está, nunca», profundiza Peláez.
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Por el momento, la panadería de Salas, la que arranca la jornada a la medianoche y la termina a media tarde sigue a pleno rendimiento. Buena prueba son los casi 2.000 bollos preñados que elaboran en citas grandes como la bajada de la Virgen de El Viso, cada 15 de agosto. Al frente sigue y seguirá Luis, apasionado de su pan, de llevarlo hasta la puerta de la casa de los vecinos con los que toma un café y charla antes de regresar a finiquitar tareas pendientes y descansar. A medianoche toca iniciar la larga y dura labor de la última panadería de Salas.
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