La brújula de Donald Trump: cariño y dinero
Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos con una victoria arrolladora. Sin embargo, al acercarse el primer aniversario de su toma de posesión, las encuestas muestran un dato preocupante: su aceptación se encuentra bajo mínimos. Este escenario lo inquieta profundamente. Para Trump, gobernar no basta. Necesita ser querido, respetado y admirado, no solo por los suyos. Todo poder que no sea sinónimo de apoyo transversal le resulta insuficiente.
[–>[–>[–>Él mismo lo reconoce. En una entrevista con The New York Times señala a algunos de sus críticos: los medios de comunicación, el jurado del Nobel, el alcalde Nueva York y diversos funcionarios, demócratas y republicanos. También recuerda con nostalgia su etapa como promotor inmobiliario, cuando se sentía apreciado y más feliz que ahora. No se trata de una interpretación externa. Trump verbaliza una necesidad de reconocimiento que condiciona sus políticas y sus reacciones, especialmente de aquí a noviembre, cuando habrá elecciones de mitad de mandato. Estos comicios, más que una prueba legislativa, son el primer termómetro de su popularidad y de su capacidad de influir en la percepción de la nación.
[–> [–>[–>A esta falta de legitimidad se une un contexto económico desfavorable, marcado por la alta inflación y un mercado laboral débil, que registró la creación de empleo más baja desde la pandemia. Dar la vuelta a esta situación supone un desafío personal para Trump, obsesionado no solo por el reconocimiento, sino también por el poder y el éxito económico, incluso en política internacional.
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Sus pasos en el exterior, desde capturar a Nicolás Maduro para controlar el petróleo venezolano hasta explorar oportunidades estratégicas en el deshielo de Groenlandia, no solo persiguen un objetivo geopolítico: buscan mejorar la salud de la primera economía del mundo. Comprender esta necesidad de afecto y dinero no significa rendirse. Significa anticiparse, leer la lógica de sus movimientos y actuar con estrategia, evitando quedarse a medias frente a su impulso personal y político, por muy desagradable que este sea.
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