El mundo en convulsión, entre la guerra y el agotamiento
Vivimos un momento histórico extraño, tal vez uno de los más convulsos de las últimas décadas. Las tensiones internacionales crecen como brasas mal apagadas y, aunque no lo queramos admitir, el espectro de una Tercera Guerra Mundial sobrevuela el planeta. Estados Unidos se muestra dividido internamente, atrapado entre su liderazgo global y sus propias fracturas políticas.
[–>[–>[–>En América Latina, Venezuela y Cuba siguen siendo símbolos de una resistencia desgastada, mientras nuevas generaciones reclaman cambios que el poder les niega. Más al norte, Groenlandia y Dinamarca se enfrentan a disputas geopolíticas por recursos y soberanía en un Ártico que se derrite a toda prisa. Todo parece un tablero global donde los movimientos son cada vez más arriesgados, y los jugadores, menos racionales. Sin embargo, mientras los líderes del mundo mueven sus piezas, la mayoría de nosotros apenas tenemos fuerzas para mirar el tablero. Nos levantamos temprano, trabajamos más de lo que quisiéramos y aun así el dinero no alcanza. La cesta de la compra se ha convertido en una pesadilla: productos básicos que duplican su precio de un mes a otro, alquileres imposibles, hipotecas que estrangulan los sueldos. En medio de esta lucha diaria, ¿cómo encontrar tiempo o energía para preocuparnos de la guerra o de las tensiones internacionales? Nos hemos acostumbrado a sobrevivir, no a vivir. Este agotamiento colectivo es, quizá, el mayor triunfo del caos actual. Mientras nos concentramos en llegar a fin de mes, el mundo se desordena sin testigos conscientes. Las decisiones que se toman lejos de nuestra vida cotidiana, en despachos de Bruselas, Washington o Pekín, acaban golpeando nuestros bolsillos y emociones, pero ya no reaccionamos: solo resistimos. Y esa indiferencia impuesta por el cansancio es el terreno más fértil para el autoritarismo, el miedo y la manipulación. El planeta hierve a varios niveles: en las calles por la desigualdad, en los océanos por el cambio climático, en los parlamentos por los egos del poder. Hemos perdido la brújula de lo esencial: el bienestar colectivo, la seguridad, la empatía. En su lugar, reina la crispación, la desconfianza y la sensación de que nadie controla realmente el rumbo de nada.
[–> [–>[–>Quizás la verdadera guerra del siglo XXI no estalle entre naciones, sino dentro de cada persona: una batalla constante por mantener la calma en medio del ruido, por encontrar un respiro entre tanta incertidumbre. Tal vez el gesto más revolucionario hoy no sea protestar o gritar, sino lograr un momento de silencio, un instante de paz interior que nos permita pensar con claridad. Porque si seguimos anestesiados por la rutina y el costo de la vida, corremos el riesgo de despertar demasiado tarde, cuando el mundo que conocemos ya se haya convertido, otra vez, en un campo de batalla.
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