La política exterior de EE UU y su justificación
En su comparecencia del 3 de enero, El presidente estadounidense Donald Trumprecuperó una de las piezas doctrinales más antiguas y controvertidas de la política exterior norteamericana al afirmar que “la Doctrina Monroe es muy importante y ha sido ignorada por demasiado tiempo, pero ya no la vamos a olvidar y con nuestra nueva Estrategia de Seguridad Nacional, El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca más será cuestionado». Con estas palabras, el presidente no sólo apeló a la historia, sino que la resignificó como eje central de su agenda estratégica.
La mencionada Doctrina fue formulada por primera vez el 2 de diciembre de 1823 por el presidente James Monroe, durante su discurso del Estado de la Unión ante el Congreso de los Estados Unidos, a partir de las propuestas desarrolladas por su Secretario de Estado, John Q. Adams. En esencia, el mensaje establecía que «las acciones y esfuerzos de las potencias europeas para controlar e influir en los estados soberanos de la región eran considerados una amenaza a la seguridad de Estados Unidos».. Por su parte, Estados Unidos no interferiría en las colonias europeas existentes ni en los asuntos internos de los países europeos.
Aunque durante el siglo XIX esta Doctrina no logró del todo los efectos pretendidos, es a lo largo del siglo XX cuando Estados Unidos empezó a aplicarla con mayor eficacia, convirtiéndola en un instrumento clave de su política exterior. Presidentes como Ulysses S. Grant o T. Roosevelt lo invocaron para justificar una presencia más activa y, en muchos casos, intervencionista en el continente.
En su concepción original, La Doctrina se inspiró en el rechazo al colonialismo europeo y al aislacionismo defendido por G. Washington, así como en el pensamiento de T. Jefferson, quien sostenía que “América constituía su propio hemisferio occidental, separado y distinto de Europa”. Esta visión sentó las bases para entender el continente americano como una esfera de influencia exclusiva, contribuyendo a frustrar los intentos europeos de recolonización y facilitando la expansión territorial de Estados Unidos hacia Occidente, punto de partida de su política expansionista.
Una primera reinterpretación explícita del discurso de Monroe se produjo con el presidente James K. Polk, quien, en su discurso del 2 de diciembre de 1845, Usó la Doctrina para apoyar los reclamos norteamericanos sobre Texas y el territorio de Oregón y para detener las maniobras británicas en California. Como señala V. Carrillo, especialista en relaciones panamericanas del Colegio de México, dicha Doctrina comenzó entonces a operar como argumento legitimador de la expansión territorial norteamericana.
Posteriormente, sería el presidente Rutherford B. Hayes quien hiciera su propia interpretación y corolario de la Doctrina Monroe, bajo la idea de que el Caribe y Centroamérica formaban parte de la «exclusiva esfera de influencia de Estados Unidos». Bajo esta lógica, afirmó que «Para evitar la interferencia del imperialismo extracontinental en América, Estados Unidos debería ejercer control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyera en la región». De esta forma, puso la primera piedra para la posterior apropiación del Canal de Panamá y excluyó a las potencias europeas de una zona estratégica clave.
El giro más decisivo llegó con el presidente Theodore Roosevelt, quien durante su discurso a la nación del 6 de diciembre de 1904, formuló un nuevo corolario a la citada Doctrina, afirmando que, “si un país amenazaba o ponía en peligro los derechos y propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el Gobierno estaba obligado a intervenir en los asuntos de ese país para reorganizarlo, restableciendo los derechos y bienes de sus ciudadanos y empresas”. Según el historiador D. Mauk, este enfoque le dio a Washington una verdadera carta blanca para la intervención en América Latina y el Caribeasumiendo el papel de una auténtica policía estadounidense con el pretexto de garantizar el orden y la estabilidad, lo que ha pasado a ser considerado «el patio trasero de Washington» al establecer que Estados Unidos podría intervenir en los asuntos internos de los países latinoamericanos si estos cometieran determinadas faltas flagrantes y crónicas.
Roosevelt reforzó esta nueva etapa bajo un impulso colonialista por parte de Estados Unidos con la reafirmación de la citada Doctrina y el uso de una política de “Big Stick” (habla tranquilo y lleva un gran garrote; llegarás lejos), que legitimaba el uso de la fuerza como medio para defender los intereses americanos en todo el continente, siempre respaldado por una sólida capacidad militar y sobre todo naval, que obligaría al adversario a prestar atención a sus respuestas diplomáticas; actuar con justicia y no jactarse; ataca sólo si estás preparado para hacerlo con fuerza y voluntad para permitir que tu enemigo salve la apariencia de derrota.
Desde entonces el Estados Unidos intervendría en más de treinta ocasiones en América Latina y durante las dos Guerras Mundiales reforzó su control. en el continente para evitar la influencia de terceras potencias enemigas, que se intensificó durante la Guerra Fría debido al peligro comunista y como barrera contra la influencia de potencias rivales.
En el contexto actual, Donald Trump ha hecho de la Doctrina Monroe su propio corolario, integrándola como elemento básico y central de su Estrategia de Seguridad La justificación nacional e ideológica de su política exterior en el Hemisferio Occidental, suponiendo el restablecimiento de la preeminencia de Estados Unidos en la región y frenando la influencia de actores como China y Rusia mediante la protección activa de los intereses estratégicos, económicos y de seguridad del país.
Sin embargo, esta reinterpretación no está exenta de opiniones diversas. Para el profesor A. Bryne, especialista en Historia de Estados Unidos, «la Doctrina Monroe no puede aplicarse hoy del mismo modo que en el pasado, ya que su mensaje original iba dirigido contra el colonialismo europeo, que ha cambiado sustancialmente». En su opinión, a lo largo del tiempo se le han atribuido diferentes significados, adaptados a los intereses actuales de cada administración como justificación de su política exterior.
En contraposición, V. Carrillo sostiene que «la idea que dio origen a la referida Doctrina sigue vigente, en la medida en que Estados Unidos sigue desempeñando un papel preponderante respecto de sus vecinos». Las propias palabras pronunciadas por Donald Trump refuerzan esta lectura: con nuestra nueva Estrategia, el dominio estadounidense en el hemisferio occidental ya no será cuestionado frente a amenazas externas.
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