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Almagro, San Carlos del Valle, Almadén y otros pueblos con encanto en Ciudad Real | El Viajero

Almagro, San Carlos del Valle, Almadén y otros pueblos con encanto en Ciudad Real | El Viajero
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  • Publishedenero 15, 2026



Es una de las provincias que pasan más desapercibidas, siempre asociada al Quijote. Pero ese enorme territorio al sur de Madrid y al norte de Andalucía, hay mucho más que historias quijotescas y paisajes manchegos: historias de caballeros y castillos templarios impresionantes, minas milenarias que nos descubren las posibilidades del turismo industrial, espacios naturales de primer orden, como el Parque de Cabañeros, las Tablas de Daimiel o las lagunas de Ruidera, teatros del Siglo de Oro donde se siguen representando comedias o bodegas en volcanes. Con pocos turistas, es todo un descubrimiento. Estos son algunos pueblos con encanto de parada imprescindible.

1. Almagro, un viaje al Siglo de Oro

Sin duda, es el destino más llamativo e interesante de Ciudad Real, un conjunto armónico de mansiones, de iglesias y edificios civiles y religiosos interesantes, todo en torno a su espectacular plaza mayor y al teatro clásico. Con su singular arquitectura, y sus galerías pintadas de color verde, la plaza es la imagen más fotografiada de esta población, famosa sobre todo por su Corral de Comedias del Siglo Oro. Este teatro es el único que se conserva intacto del siglo XVII y preside el centro de esta plaza rodeada por soportales bajo balconadas. En los alrededores hay muchísimas iglesias, como las de San Agustín o San Bartolomé, museos, como el del Encaje o el novedoso y casi recién estrenado Museo Nacional de Artes Escénicas instalado en los Palacios Maestrales edificados por la Orden de Calatrava. Aunque nada de esto hace sombra al Corral de Comedias, que cada mes de julio alberga el Festival Internacional de Teatro Clásico junto con otros espacios repartidos por todo Almagro.

Callejeando se descubre que Almagro es mucho más que su plaza y que hay muchos edificios interesantes que hablan de otros tiempos, cuando la ciudad fue centro cultural y económico del país. Por ejemplo, el almacén de Fúcares, otro edificio de lo más interesante son el almacén de Fúcares, del siglo XVI, que fue construido por la familia de banqueros alemanes Fugger, que ayudaron al emperador Carlos V y dirigían la explotación de las minas de Almadén desde Almagro. Fueron ellos quienes trajeron la banca moderna y el encaje de bolillos. Actualmente es un centro de formación universitario, pero se puede visitar. También encontramos un interesante Parador Nacional instalado en un antiguo convento del siglo XVII, y otros rincones como el convento de la Asunción o el interesantísimo palacio de los Condes de Valparaíso.

Y hay más: bares donde sirven las famosas berenjenas, tiendas de artesanía presididas por los famosos encajes y sobre todo teatro, mucho teatro, son las señas de identidad de un destino que merece un viaje de más de un día.

2. Bolaños, Calzada, Valenzuela… de Calatrava y otras fortalezas de caballeros medievales

Lo más impresionante de la comarca de Calatrava, en torno a Almagro, no son sus pueblos, sino sus castillos, y en concreto el Castillo de Calatrava la Nueva, un lugar impresionante en el que es imposible no soñar con tiempos de caballeros, guerreros y monjes templarios. Está en Aldea del Rey y con sus más de 45.000 metros cuadrados, fue la gran fortaleza de los calatravos, erigida para ser la gran sede de su orden sustituyendo en el siglo XIII a la ciudad de Calatrava la Vieja. Pero esta población también tiene su castillo y es una de las ciudades islámicas más antiguas de la península, antigua capital de la región. Hoy se puede ser el yacimiento. En el siglo XII, la ciudad pasó a manos cristianas, se fundó la Orden de Calatrava, integrada por monjes guerreros y se comenzó a trasladar el poder al nuevo e impresionante castillo nuevo, que estaría en funcionamiento hasta 1804.

En esta comarca, todo son referencias a los famosos caballeros, (Bolaños, Calzada, Valenzuela… todos apellidados de Calatrava). Bolaños es famoso por el castillo de doña Berenguela, una fortaleza que se construyó para proteger la vía militar que unía Toledo y Córdoba. En Ballesteros hay un palacio, el de la Serna, que es una granja de estilo neoclásico hoy convertida en hotel-museo. Y en Calzada, encontramos el castillo de Salvatierra, en el cerro de la Atalaya frente al enorme castillo de Calatrava la Nueva, pero la referencia obligada es más actual: Pedro Almodóvar. Aquí nació y aquí podemos descubrir su particular universo creativo en el llamado Espacio Almodóvar. El pueblo está rodeado de volcanes, viñas, cereal y olivos, que dieron lugar en parte al universo estético y emocional del cineasta: casas encaladas, calles estrechas y vida tranquila, en contraste con sus originales universos urbanos. El universo almodovariano está presente en una “ruta” que pasa por un parque con su nombre y una escultura dedicada, por el citado Espacio Almodóvar, o por un antiguo silo cubierto por murales gigantes inspirados en su particular estética, pintado por el artista urbano Okuda San Miguel

3. San Carlos del Valle, el Vaticano manchego

A este pueblo por el que pocos pasan lo llaman el Vaticano del Valle y, en cuanto se llega a su plaza Mayor, se descubre por qué. La protagonista es la iglesia del Santísimo Cristo del Valle, un edificio del barroco tardío, ya casi neoclásico, con una impresionante cúpula y cuatro torees, cada una con un chapitel de estilo madrileño. El arquitecto proyectó a la vez de la iglesia una gran plaza, de forma que sirviera a modo de atrio, como un conjunto, igual que en San Pedro del Vaticano. La plaza resulta así un enorme rectángulo en el que se levanta también a un lado, el ayuntamiento, y a otro la Casa Grande de la Hospedería, con un patio de carros y galerías de madera. La plaza impresiona por sus columnas toscanas, sus galerías corridas y sus arcos de entrada.

Pese a este inesperado conjunto, San Carlos es un pueblo discreto, en el centro del triángulo que forman Valdepeñas, la Solana y Villanueva de los Infantes, por el que no pasa mucha gente a pesar de su larga historia y su interesante entorno natural. Además de la plaza, merece la pena pasear por sus calles para descubrir un típico pueblo manchego, escaparse a lugares cercanos, como Villanueva y La Solana, o recorrer alguno de los senderos a los cerros de La Piedra del Agua, de Los Curas o de La Mojonera. No muy lejos, tenemos uno de los reclamos naturales más bellos de Ciudad Real: las Lagunas de Ruidera.

4. Campo de Criptana y los gigantes cervantinos

El territorio del Quijote tiene también sus hitos y sus pueblos con más o menos encanto. La primera parada imprescindible es Campo de Criptana, que fue exactamente donde Don Quijote se enfrentó a los gigantes que resultaron ser molinos de viento. El pueblo llegó a tener 34 y hoy todavía quedan diez, de los cuales tres son del siglo XVI, de tiempos del Quijote: el Infanto, el Burleta y el Sardinero. Entre los más modernos, hay uno dedicado a la pintura, otro a la labranza e incluso uno dedicado a la actriz autóctona, Sara Montiel.

Sus molinos siguen siendo de visita obligada y el reclamo para que recalen aquí hordas de turistas japoneses, pero también hay otros lugares con encanto en este tipiquísimo pueblo manchego de arquitectura tradicional de casas blancas y tejas árabes, calles estrechas y empinadas y paradas obligadas: la iglesia, el Pósito Real o La Tercia.

Además de las referencias histórico-literarias que obligan a pararse, resulta uno de los pueblos más bonitos de Ciudad Real. Bajo los moninos comienza un barrio que llaman el “albaicín criptense”, con las típicas casas encaladas con zócalo azul añil, o la Casa cueva la despensa.

5. Villanueva de los Infantes, el pueblo de Cervantes

Otro pueblo con encanto en la ruta cervantina: Villanueva, capital del Campo de Montiel. Lope de Vega escribió sobre ella: “Llámese Villanueva de las Musas y no de los Infantes”. Pero no solo Cervantes estuvo por aquí: Quevedo murió en su convento de Santo Domingo, donde todavía se conserva la celda en la que escribió sus últimos poemas.

Muchos aseguran que ese “lugar de la mancha” del cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes es concretamente Villanueva de los Infantes. Sea como sea, resulta una buena parada en cualquier recorrido por la provincia, con sus palacios, casas de nobles y sus muchísimos escudos por toda parte. Es un referente del Barroco y el Renacimiento manchegos, como puede comprobarse en la imponente plaza Mayor (siglo XVII), presidida por el ayuntamiento, como mandan los cánones.

Otra parada obligada es el Hospital de Santiago, fundado por la Orden de Santiago en el siglo XVII para atender a pobres, viudas, enfermos y transeúntes. O la Alhóndiga, que fue pósito y casa de contratación pero luego se transformó en cárcel. O las casas del Arco, de los Estudios, del Marqués de Entrambasaguas… edificios todos muy destacables. Solo hay que pasearse por la calle Cervantes, donde se instalaban las familias nobles, para darse cuenta de lo que fue Villanueva en otros tiempos, con sus preciosas portadas y blasones, con sus conventos, monasterios, santuarios, grandes iglesias…

6. Puerto Lápice, parada y fonda en la Ruta de Don Quijote

El Quijote es uno de los ejes para adentrarse por estas tierras. Y en sus páginas aparece Puerto Lápice, de quien Cervantes ya decía que era “lugar muy pasajero”. Hoy sigue siendo una localidad de paso porque la atraviesan la A-4, la autovía de los Viñedos CM-42 Toledo-Albacete y la N-420 Tarragona-Córdoba. Así que la parada es casi obligada. Allí nos espera el típico pueblo manchego de casas encaladas y calles laberínticas y sobre todo una original plaza mayor de dos plantas con soportales apoyados sobre zapatas y pies de madera, pintados en el característico color almagre de la zona. Callejeando aún hay más, como la iglesia del Buen Consejo, renacentista, o las ermitas de San José y de San Isidro.

Pero lo mejor de Puerto Lápice son sus ventas, esas posadas/tabernas centenarias que son el origen de esta población siempre de paso. En sus patios es fácil evocar muchos pasajes de la novela de Cervantes. La más famosa de todas es la Venta del Quijote, pensada como un museo homenaje a Don Quijote y su vida andariega, llena de referencias visuales quijotescas. Pero al margen de la puesta en escena, es una venta auténtica, con un patio central alrededor del cual se distribuyen distintas estancias, entre ellas un restaurante. La pega: siempre está lleno de turistas y los japoneses lo incluyen como referencia imprescindible en sus viajes tras los pasos del Quijote. Aún así, merece la pena.

7. Viso del Marqués: la Marina muy lejos del mar

Todo los que llegan hasta aquí se preguntan por qué la Marina Española decidió instalar su Archivo en un lugar tan de secano y tan alejado del mar como es Viso del Marqués. La respuesta es que aquí, en plena sierra Morena, es donde nació Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz y almirante de la Marina Real en el siglo XVI. Aquí quiso fijar su residencia por ser un punto estratégico equidistante de la corte madrileña y de las bases navales de sus escuadras en Cádiz, Cartagena y Lisboa. Por eso llegaron hasta aquí numerosos artistas italianos para decorar su palacio, que hoy alberga el Archivo-Museo de la marina Don Álvaro de Bazán, que guarda 80.000 legajos con formación relativa a la historia de la Marina desde 1784 hasta la guerra civil. El edificio es una joya arquitectónica del renacimiento español con impresionantes fachadas, patios y jardines. Sigue siendo de los marqueses de Santa Cruz que se lo alquilan anualmente por un simbólico billete antiguo de una peseta al año.

El Archivo es lo más interesante pero este pueblo tiene también una iglesia gótico-renacentista famosa por el cocodrilo del Nilo que trajo el marqués de una de sus expediciones, y que ahora, disecado, decora una de sus paredes.

El entorno del pueblo invita a la tranquilidad y a descubrir rincones como la Hoya de Cervera o el Macizo de Calatrava, para hacer senderismo u observar aves. Y no muy lejos de aquí está el Parque Natural de Despeñaperros.

8. Almadén y el turismo de patrimonio industrial

Almadén significa en árabe “la mina” y esto lo dice todo. El Parque Minero de Almadén es el lugar que centra cualquier visita al pueblo: una inmersión en una de las minas más antiguas del mundo. Este pueblo y sus famosas minas de cinabrio (las más importantes del planeta) están un poco apartada de todo, casi camino de nada. La industria minera aportó mucha riqueza a estas tierras que hoy están casi escondidas, pero desde la época romana hasta hoy, Almadén ha sido uno de los centros más importantes de minería en el mundo, dedicado a la extracción de mercurio. Por eso, lo más interesante de visitar es su Museo de la Minería, donde se pueden contemplar antiguos objetos y herramientas usadas en la extracción del mercurio y aprender sobre la vida y el trabajo de los mineros de la zona.

En torno a la riqueza de las minas surgieron edificios importantes, como la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, gótico del siglo XV, o el castillo de Almadén, del siglo XVI, con unas estupendas vistas panorámicas del pueblo y sus alrededores, o las bodegas de vino locales.

Y hay más, todo siempre ligado a las minas: el Real Palacio de la Superintendencia del siglo XVIII, que era el edificio destinado a viviendas de los superintendentes y también albergaba las oficinas de contabilidad y pago. O los museos, como el Arqueológico Etnográfico o el Museo Taurino. O el Real Hospital de Mineros de San Rafael que además es museo y también sede del Archivo Histórico de las Minas de Almadén.

Especialmente curiosa resulta la plaza de toros, de forma hexagonal y con 24 viviendas de dos plantas adosadas en su exterior, formando un original conjunto urbano. En su día, los alquileres se añadían a la recaudación de las corridas y se destinaban a la construcción del hospital de Mineros de San Rafael.

9. Fuencaliente, un pueblo para relajarse y contemplar estrellas

Casi en la frontera con Córdoba, Fuencaliente fue siempre un lugar de paso obligado hacia el sur de la península. Hoy es uno de esos pueblos blancos, de callejuelas encaramadas entre peñas en las faldas de La Serrezuela, dentro del Parque Natural del Valle de Alcudia y Sierra Madrona. Un pueblo de esos en que lo único que hay que hacer para disfrutar es perderse paseando.

Fuencaliente, su nombre lo indica, debe su existencia a las numerosas fuentes de agua natural y a un balneario de aguas termales en el centro del pueblo. En los alrededores, hay paseos con miradores para contemplar el pueblo desde lejos, además de varios yacimientos de pinturas rupestres por todo el valle. Es también perfecto para contemplar las estrellas (es destino certificado Starlight).

10. Horcajo de los montes y el parque de Cabañeros

Hay que irse ya muy lejos, casi camino de Extremadura, para encontrarse con una de las joyas naturales de la provincia: el parque de Cabañeros. Allí hay pocos pueblos, pero uno de ellos, Horcajo de los Montes, resulta uno de los pueblos más bonitos de Ciudad Real. Parte de su territorio pertenece al Parque Nacional, reclamo más que suficiente, pero, además, podremos descubrir que es un típico pueblo manchego de calles pintorescas que se adaptan al terreno, con un ambiente tranquilo y buena gastronomía tradicional.

En su Museo Etnográfico se recogen las técnicas de construcción, las herramientas de labranza o sus principales artesanías, como el cuero o los juncos. No falta la iglesia, en este caso la parroquia de San Antonio Abad, muy sencilla, del siglo XIV, y sobre todo, un entorno excepcional: senderos, parajes y fauna. Muy cerca del pueblo está el salto de agua de La Chorrera, de unos 15 metros de altura.



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