El coraje es lo sensato
Cuentan que en un país no muy distinto al nuestro comenzó a crecer el número de personas con una sola pierna. Al principio fue solo una curiosidad. Pero pronto alguien dijo que aquello era un problema: que entorpecía la vida, que ralentizaba la producción, que no era natural. Y se abrieron los debates.
[–>[–>[–>Unos propusieron tirarlas al mar. Decían que, si lograban nadar hasta otra costa, el problema se resolvería solo; y si no, también. Era —aseguraban— la manera más firme de defender el orden. Les aplaudieron quienes confunden la fuerza con la crueldad y el orden con la eliminación del diferente.
[–> [–>[–>Otros, indignados, defendieron lo contrario. Afirmaron que había que ser solidarios, que no podía haber diferencias, que la igualdad debía ser total. Y decidieron que lo más justo sería amputarse todos una pierna. Así, decían, nadie podría sentirse menos. Les aplaudieron los que confunden la solidaridad con el resentimiento y la justicia con la mutilación compartida.
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Y un tercer grupo habló sin pancartas ni titulares. Dijo que había que adaptar los espacios, cambiar las miradas, educar la convivencia. Que el problema no eran las piernas, sino la forma de mirar. Que había que trabajar juntos para que tener una sola pierna no fuera ni un drama ni una bandera, sino una circunstancia más de la vida. Requería tiempo, recursos, pedagogía y ética. Era, en el fondo, la propuesta más sensata y, paradójicamente, la más revolucionaria. Las sociedades avanzan cuando dejan de discutir cuántas piernas tiene cada uno y comienzan a preguntarse qué necesitan las personas para caminar juntas.
[–>[–>[–>Pero esa idea no llenaba plazas ni vendía esperanza instantánea. No servía para los titulares del día siguiente ni para las consignas fáciles. No prometía milagros, solo trabajo. Y el trabajo, en tiempos de ruido, no moviliza tanto como la rabia.
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Los extremos siguieron gritando. Unos exigiendo pureza, otros proclamando igualdad absoluta. Ambos alimentándose mutuamente, porque el fanatismo necesita un espejo donde mirarse. Y, mientras tanto, los que construyen —los que creen en la pedagogía, en el diálogo, en el esfuerzo compartido— seguían caminando con una pierna, con dos o con las que hicieran falta, pero sin dejar de andar.
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[–>El populismo vive del ruido; la política digna, del compromiso. Y lo difícil no es tomar partido, sino mantener la cordura cuando todos los extremos reclaman aplausos. La moderación no es tibieza: es coraje moral. La sensatez no es indiferencia: es resistencia frente al ruido.
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Construir juntos exige algo previo: reconocer que incluso quien no piensa como nosotros merece estar dentro del mismo camino. Construir es más lento que destruir, pero solo lo que se levanta desde la ética permanece. Porque el verdadero valor no está en gritar, sino en escuchar; no en imponer, sino en proponer; no en dividir, sino en cuidar. El coraje no está en romper, sino en sostener. No en gritar más alto, sino en escuchar más hondo. Construir juntos no es una opción amable: es la única sensatez que nos queda.
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