El ogro real
Por si no fueran suficientes los problemas domésticos al mundo libre, más o menos libre, le ha tocado vivir bajo la amenaza de un ogro real e intempestivo llamado Donald Trump. Desde la Guerra Fría nos habíamos acostumbrado a compensar unos ogros con otros, manteniendo un equilibrio estable, pero el que nos ha caído esta vez de este lado es un ogro que parece empeñado en gobernar desde una especie de confusión deliberada. Llama democracia a la conveniencia, soberanía al expolio y orden a la fuerza. Su política exterior e interior se mueve por impulsos, no por principios, y el resultado es un poder que avanza nuevamente sin brújula moral.
[–>[–>[–>En el caso de Venezuela, se reúne con la oposición mientras facilita, por la puerta trasera, el reciclaje del régimen chavista. Castiga a Maduro con una mano y negocia el petróleo con la otra. Si –como recordaba Hannah Arendt– la incoherencia es el primer síntoma del desprecio por la realidad, aquí lo es también del desdén por quienes aún creen en una transición democrática auténtica.
[–> [–>[–>Europa, una vez más presa de la debilidad, observa con inquietud cómo el gran aliado de otro tiempo adopta gestos de potencia depredadora en Groenlandia, utilizando el lenguaje de la piratería diplomática. La isla es tratada como botín estratégico, no como comunidad política. «Cuando la fuerza sustituye al derecho, el mundo retrocede», escribió Stefan Zweig antes del segundo gran estallido bélico del pasado siglo.
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Finalmente, nuestro ogro amenaza a Irán por reprimir a sus manifestantes mientras invoca leyes de insurrección para desplegar tropas en Mineápolis contra los suyos. El espejo es cruel. Orwell, por seguir citando, lo resumió con precisión quirúrgica: «El poder consiste en decir que dos y dos son cinco y lograr que se acepte». En la era Trump, el precio de la terrible confusión megalómana empieza a pagarlo el mundo entero. n
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