Consumo con peligro
El término «bebida energética» suele asociarse a las bebidas no alcohólicas con alto contenido en cafeína, azúcar y otros ingredientes como ginseng –en exceso puede ocasionar elevación de la tensión arterial; trastornos menstruales; diarrea; dolor de cabeza; insomnio, etcétera- y guaraná (paullinia cupana) –que también aporta altos niveles de cafeína–. Por los efectos que poseen realmente habría que considerarlas «bebidas estimulantes», dado el alto nivel de cafeína que incorporan
[–>[–>[–>Este tipo de bebidas se están convirtiendo en un problema importante para la salud de niños y adolescentes, pues se está adquiriendo la costumbre de su uso rutinario, incluso mezclado con alcohol en las fiestas veraniegas. Así, según la Encuesta sobre el Uso de Drogas en el Alumnado de Educación Secundaria (ESTUDES), el 37,7% de los adolescentes de 12 a 13 años y el 47,7% de los de 14 a 18 años habían consumido «bebidas estimulantes» en el último mes. Esto significa uno de cada dos adolescentes. Y, en ocasiones, pueden mezclarlo con alcohol y otras drogas tipo tabaco, cocaína, cannabis, éxtasis…
[–> [–>[–>La cafeína, que fue descubierta por el químico alemán Friedlieb Ferdinand Rouge en 1819, por una parte estimula el sistema nervioso central (SNC), lo que puede hacer aumentar el estado de alerta y reducir la sensación de cansancio y fatiga, aumentando con ello el rendimiento físico y mental; pero en dosis elevadas, como puede ser el caso de las bebidas que estamos tratando, puede acarrear: trastornos en el sueño con dificultad para su conciliación y alteraciones en la calidad del mismo -sabemos que la cafeína posee una gran similitud con la adenosina, la cual induce al sueño, por lo que es un antagonista de los receptores de adenosina a nivel cerebral, impidiendo dormir y tener un sueño de calidad-; sensación de ansiedad y nerviosismo; irritabilidad; diarrea; elevación de la tensión arterial y palpitaciones por taquicardia.
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Los pediatras, en los controles de salud deberían preguntar sobre el consumo de estas bebidas y aprovechar para informar al niño y a sus cuidadores (padres, abuelos…).
[–>[–>[–>También tendría que haber una acción coordinada con los colegios: informando a través de planes de educación para la salud. Hay que concienciar del problema.
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Entiendo que, las empresas que fabrican estos productos intentan vender cuanto más, mejor; para ello contratan campañas de marketing agresivas, pero, también hay que entender que van contra la salud de nuestros niños y jóvenes, y, que habrá que apoyarse con una legislación seria sobre estos productos -como se ha intentado hacer con el tabaco-, indicando su contenido real en cafeína y otras sustancias estimulantes. Además, habrá que indicar dónde hay que venderlos, y no colocarlos en las mismas estanterías que los refrescos, por ejemplo, pues ello se presta a confusión.
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[–>Nunca estará de más en insistir en los hábitos saludables: alimentación con alto contenido en frutas y verduras; evitar la ingesta de azúcares simples y refinados; control del peso intentando acercarse al peso ideal -ver Índice Masa Corporal (IMC)-; evitar el tabaco, alcohol y otras drogas; realizar ejercicio físico moderado, pero de manera regular. Buena ingesta de líquidos, pues, entre otras cosas evitará infecciones urinarias y el estreñimiento. Y, una vez más, insistir en la calidad del sueño y en que los jóvenes deben dormir un mínimo de ocho horas diarias. Para ello, entre otras cosas, es fundamental evitar los dispositivos electrónicos antes de dormir. La luz azul de las pantallas obstaculiza la secreción de la hormona del sueño, la melatonina, disminuyendo su concentración hasta en un 22%. Lo dicho, necesitamos «Educación para la Salud», que es lo que pretendo, somera y humildemente, con esta breve columna. n
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