Los labios rojos
Hace unos días, fui a que me retiraran la manicura roja semipermanente que me había hecho en diciembre: el último vestigio de unas Navidades que ya parecen habitar un pasado lejano. Mi madre siempre me dice que eso de pagar más de veinte euros para que te pinten las uñas «es una pavada». Lo dice y se queda tan ancha. Yo también lo consideraba así en su día. Pero en algún momento caí, como tanta gente, y ahora también pongo las ventajas sobre la balanza.
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En la película «Desayuno con diamantes» hay un momento, al final, en el que la protagonista va a leer la carta en la que su prometido rompe con ella y, antes de hacerlo, se pinta los labios de rojo, alegando que «no se puede leer una cosa así sin llevar los labios pintados». En mi caso, ocurre lo contrario: considero improcedente llevar las uñas rojas para enfrentarme a esta terrible rutina que nos invade en enero, justo después del día de Reyes, cuando el calendario amenaza con su vacío y hay que buscar las ilusiones debajo de las piedras.
[–> [–>[–>Resulta curiosa la forma en la que nuestro estado de ánimo se refleja en la vestimenta o en los complementos que elegimos. Hay gente a la que esto le da bastante igual y no se preocupa por su aspecto, más allá de la comodidad y la higiene básica, pero yo siempre he sido muy coqueta, tengo que confesarlo. Por ejemplo, solo llevo gafas para ir a trabajar, y dejo las lentillas para todo lo demás. En el trabajo tampoco me maquillo, apenas. Pero en cuanto llega el fin de semana, me encanta pasar un buen rato eligiendo el conjunto que me voy a poner, arreglándome el pelo, combinando complementos… Aunque parezca una tontería, sentirme «guapa» me motiva, me genera una actitud más confiada frente al mundo.
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No me refiero a que todos tengamos que ser Paul Newman o Elizabeth Taylor para sentirnos seguros; no hablo de ese tipo de belleza, sino de conocernos y saber qué elementos potencian nuestro encanto, desde nuestro propio punto de vista. No tenemos que gustar a los demás. Eso es lo que me digo cuando mi madre tuerce el gesto cada vez que me hago la manicura semipermanente. Si uno mismo se ve bien, esa aura se proyecta al exterior. Por ejemplo, esos ancianos elegantísimos que parecen gritar en silencio que la vida sigue siendo maravillosa y que ellos están encantados de poderla vivir, tengan la edad que tengan. Cuando me cruzo con alguno, siempre me acuerdo de mis abuelos: iban como un pincel hasta para comprar el pan.
[–>[–>[–>El poeta Luis Cernuda se preocupaba tanto por su aspecto que fue tachado de «dandy». Se afeitaba dos veces al día, llevaba un bigotillo a lo Gilbert Roland y su vestimenta era siempre impecable. Gastaba su escaso sueldo en comprar zapatos ingleses y perfumes. Creo que fue su amigo Vicente Aleixandre quien señaló que el dandismo de Cernuda no era un medio para atraer a la gente; al contrario: lo usaba para crear distancia. Sorprendía a sus círculos que, a pesar de no tener mucho dinero, pudiera ir siempre tan elegante.
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En realidad, se puede ir muy bien sin tener el patrimonio de J. K. Rowling. La elegancia y el encanto a la hora de vestir no son directamente proporcionales al poder adquisitivo. Obviamente, una cosa facilita la otra, pero todos tenemos en mente alguna celebridad vistiendo un atuendo carísimo y horroroso, al mismo tiempo. Se puede conseguir un resultado magnífico con prendas baratas: el truco es saber combinarlas, llevarlas con estilo.
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[–>Hace tiempo, tuve un amigo que consideraba mi coquetería un signo de frivolidad y me acusaba de juzgar a las personas por su aspecto, en lugar de fijarme en su interior. Nada más lejos de la realidad. Que a mí me guste arreglarme no significa que rechace a la gente que tiene su particular estilo, aunque no coincidamos en gustos. Por ejemplo, este sujeto se empeñaba en no salirse ni un ápice de la estética «heavy» y llevaba las mismas sudaderas que a los dieciséis años. Solo podía comprarse una marca concreta de zapatillas, que eran las que su «tribu» aprobaba. No lo rechazaba por eso, aunque me parecía prisionero de su estilo. Yo un día llevo una sudadera de Nirvana y, al siguiente, un chaleco con camisa blanca, e igual esa misma noche me pongo un estrafalario vestido con estampado de gatos. Disfruto con la variedad y adaptando mi vestimenta al evento. Curiosamente, este colega que tanto apelaba a mis supuestos prejuicios me pedía encarecidamente que, cuando quedáramos, no vistiese camisas o blusas, porque le provocaban desprecio. ¡Qué ironía! Tal vez tendría que haberle recomendado pintarse los labios de rojo, por si esto le servía para empezar a ver la vida de un color más alegre.
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