Podemos tener esperanza en un futuro mejor
Las estadísticas son relativamente recientes en la historia de la humanidad. Nacen por la necesidad de recolectar impuestos. Así aparecen los censos. Los primeros, en España, aprovechan el conocimiento y disponibilidad de los párrocos. Con el tiempo se crean normas y estructuras específicas. Los estados empiezan a interesarse no solo por el número de ciudadanos a los que poder exigir pagos, también por la demografía: nacimientos, matrimonios, muertes, migraciones. Un funcionario inglés del registro de mortalidad, John Graunt, en 1665 utilizó los certificados de mortalidad para vigilar la evolución de las causas de muerte y detectar la insurgencia de epidemias. Se sirve, para recoger el diagnóstico, de las enfermeras visitadoras. Los ricos, que tienen accesos a esta información, la aprovechan para desplazarse a sus casas de campo cuando aparece la amenaza. Graunt hace una tabla de vida muy primitiva con la que calcula cuántos años le quedan por vivir a un individuo a cualquier edad. Entonces a los 46 le quedaban 10.
[–>[–>[–>Han pasado 360 años desde entonces. En ese tiempo la producción, recolección y tabulación de los datos se ha hecho ingente. Ya en el XIX, cuando se empezaban a usar para tomar decisiones, o criticar políticas, se arrojaba sobre ellas la sombra de la duda. Proveniente de muchas fuentes, la frase queda así, cristalizada por Mark Twain: hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas. Con eso se quería decir que la presentación de los números puede albergar intenciones espurias. Steven Pinker en su libro Rationality dice que una gran mayoría de los estadounidenses considera que su economía va bien y que mejora mientras percibe que la general va mal y que empeora. Ocurre también en España según los datos del CIS. Es lógico, las noticias inciden en lo que va mal. Porque eso es lo que vende y porque nuestra estructura mental, y la de cualquier animal, está diseñada para percibir las amenazas. Evitar el riesgo es muy importante para la supervivencia.
[–> [–>[–>Casi todos los años intento mostrar el estado de salud del mundo y casi todos los años puedo decir que va mejor. Ese optimismo, que no se corresponde con la percepción media, este año es más difícil de sostener.
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Cuando la Organización Mundial de las Salud en 2020 quiso examinar la evolución de los servicios sanitarios y su influencia sobre la salud decidió que un buen punto de partida era el estado educacional. Argumentaba que la educación constituía, con vivienda, trabajo, saneamiento base y alimentación, un prerrequisito para la salud. En el XIX el analfabetismo era imperante incluso en los países occidentales. En 1900 el 79% de la población mundial era analfabeta, es menos del 13% en 2023, últimos datos. No creo que nadie a comienzos del siglo XX pudiera imaginar este logro. Hay todavía mucho que andar. Baste decir que el 90% de los hombres sabe leer y escribir frente al 84% de las mujeres. Y que en los países con pocos ingresos, solo el 56% de las mujeres tienen esa habilidad, el 70% de los hombres. Ese déficit tiene graves consecuencias sobre todo en la mortalidad infantil. En 1990 todavía el 6,4% de los recién nacidos morían antes de cumplir un año. Los últimos datos que tenemos son de 2023: el 2,7%. Todavía muchos porque sabemos que esa cifra se puede reducir. En los países pobres es del 4,3% mientras en Japón solo mueren antes del año el 0,2% de los nacidos vivos, en España el 0,3%. La mayoría en las primeras cuatro semanas. Son muertes muy dependientes de los cuidados obstétricos y las atenciones al neonato. En los países pobres hay muchas muertes que dependen de las condiciones de vida. Un niño bien nutrido puede vencer virus y bacterias que colonicen su sistema respiratorio o digestivo. La pobreza tiene mucho que ver.
[–>[–>[–>La pobreza afectaba nada menos que al 43% de la población en 1990, en 2023 aunque todavía el 10% la sufrían la mejora fue espectacular. En África central y occidental, donde en 1990 había un 61% de pobres, en 2023 se había reducido al 35%, muy alto todavía. La pobreza incide en la vivienda, la educación, el saneamiento y la nutrición. Las cosas no van tan bien en esta última. En 1990 el 12,8% de la población mundial estaba desnutrida, había bajado al 7,1% en 2017 pero desde entonces no ha dejado de ascender y en 2023 estamos en el 9,2%. Donde las cosas van peor es la región subsahariana. Había tenido un mínimo de 14% desde el 26% que se estimaba en 2000 pero en 2023 ascendió hasta el 23%. Ahí estamos perdiendo la batalla. Guerras, reducción de la ayuda internacional y sobre todo, el cambio climático, son los responsables.
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Yo creo que a pesar de esta tormenta que ahora sufrimos, las perspectivas son buenas. Crece exponencialmente la tecnología de captura, almacenamiento y distribución de energía limpia: la eólica y sobre todo la solar. Y la capacidad científica y tecnológica de fabricar fármacos tiene un futuro muy halagüeño. A pesar de todo, nos espera un futuro mejor.
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