Primero fue la revolución blanca del Sha de Persia (para entender lo de los ayatolás hoy)
«Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en creer que la felicidad se sienta en el trono. Con frecuencia es el fango el que se sienta en el trono, y también a menudo el trono se sienta en el fango».
[–>[–>[–>Primero fue la revolución blanca del Sha de Persia (para entender qué hacen hoy los ayatolás)
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Así habló Zaratustra (Nietzsche)
[–> [–>[–>Dicen que son los calificativos (adjetivos) los que hacen el arte de las letras, para placer o «gustazo» y/o la comunicación. A veces, el poder de lo adjetivo supera a lo sustantivo, cambiando significantes y significados. Eso ocurre en las ciencias inexactas, tales como las del arte de la jurisprudencia (las ciencias jurídicas), y las más artísticas aún, que son las de la Política (las ciencias políticas).
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Ya escribí a propósito del sustantivo jurídico, la propiedad y de adjetivos, como horizontal que, al juntarse, todo lo cambian y desajustan. Eso también pasa en la Política con el sustantivo político, la revolución que, si añadimos adjetivos como «blanca» (la del Emperador de Persia, Réza Pahlavi, a mediados del siglo XX) o «negra» (la posterior, la de los clérigos chiitas de Irán desde 1979), el resultado no es, precisamente, una revolución, y de ambas escribiré. La Revolución, sin adjetivos, sigue siendo la francesa de 1789 y alguna «roja», de entre las muchas que hubo.
[–>[–>[–>Fue en el lejano bachillerato (6º curso), traduciendo del griego clásico textos de historiadores, cuando caí en la cuenta: los griegos no eran tan estupendos ni los persas tan bestias o lujuriosos, pues era consecuencia de que los historiadores, todos griegos (Heródoto y Jenofonte), «barrían para casa» (¡Ay de los vencidos o vae victis!), que siempre se dijo. Y Paul Valery -para todo Valery- escribió: «La Historia justifica lo que se quiere. No enseña absolutamente nada».
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Al extraordinario profesor de griego en el ovetense Colegio Auseva de la calle Santa Susana, Valentín de la Varga, fumador de Ducados en aula, sólo se le podía poner un pero adversativo: por haber sido seminarista, al caminar, elevaba al cielo la punta de sus zapatos negros, negros de Segarra, con tienda en la calle Fruela, siendo tal fenómeno muy propio de los que vistieron sotana. El caso fue que, por haber descubierto tan pronto las mentiras de la Historia –voy al grano ya- desconfié de ella, la escrita con mayúscula; también de las historietas en minúscula, autobiografías o memoriales, preñados sus autores de vanidad.
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[–>Lo de Persia imperial fue una obsesión de principiante adolescente, dándome por ello, como a otros dio por lo del «Imperio hacia Dios» y lo de la OJE., vistiendo, con premura, camisas azules. De Persia me interesó todo lo que se escribía en la España de aquel tiempo, años sesenta del siglo XX, incluso lo que se leía en revistas de papel couché (Hola y Lecturas), leídas en mesa camilla o en «peluquerías de señoras», mientras estas secaban sus pelos en secadores grandes como de astronauta de Cabo de Cañaveral.
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Tiempos aquellos del nacional-catolicismo en España, afligidas entonces las damas españolas y muy devotas al Niño Jesús de Praga por el pecado del Sha, al repudiar, por razón de esterilidad, a su segunda esposa, la emperatriz Soraya, la de ojos grandes como almejas grandes. Y tiempos aquellos de elogios por Franco y su familia a Mohammad Réza Pahlavi, el Sha de Persia (1919-1980). Y es que los dictadores gustaban al «Rey de Reyes» persa, habiendo sido Franco, junto a Perón, Idi Amin y otros carcas y malos, invitados a la colosal Fiesta de Persépolis, en octubre de 1971, con ocasión del 2500 aniversario del establecimiento del Imperio persa por Ciro el Grande.
[–>[–>[–>Franco no viajó a Persia, estando presente en nombre suyo el llamado entonces Príncipe de España (Juan Carlos), acompañado de su esposa griega y también princesa española. Es llamativo cómo en la Monarquía esplendorosa del Sha-in-Sha, lo plebeyo también estuviera tan presente, pues el fundador de la dinastía Pahlavi, en 1921, fue Reza Khan, que llegó a generalísimo y Emperador, después de un putsch militar, partiendo desde muy abajo: fue un brillante sargento cosaco. La británica Vita Sackaville West describe en su libro «Pasajera a Teherán» (1928), traducido al castellano en 2020, la coronación de Réza Khan, en 1926, en el Palacio teheraní de Golestân. Y por su abdicación en 1941, al Réza Khan le sucedió su hijo, el nuevo Sha, Réza Pahlavi, concluyendo la Monarquía Pahlavi en enero de 1979, yendo el Sha al exilio, muriendo pronto (1980).
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Fui paciente, pues hasta noviembre de 2009 no viajé a Persia, ahora Irán, gracias a un impulso arrebatador y casi suicida, sin el reglamentario visado para la entrada o «a cuerpo limpio». El año 2009, fue el de los tiempos del feo Mahmoud Ahmadinejad en la presidencia de la República Islámica, el cual colgaba sin remordimientos, como musulmán estricto, a quien no le gustara. Llegué en avión de Lufthansa, en vuelo de Frankfurt a Teherán. Y los incidentes comenzaron con un interrogatorio en el aeropuerto mismo a cargo de barbudos Guardas de la Revolución y con los dedos muy gordos, como deformes, que sandalias dejaban ver. Y para dejarme pasar tuve que convencerles de que no era espía ni judío de Netanyahu, y que el interés del viaje era estético y cultural: pasear por el Gran Bazar, ver el Cirus Cylinder y los palacios de Golestân y Niavaran.
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Todo lo hizo más creíble al viajar acompañado de empresarios asturianos -ellos sí con todos los papeles en regla por el buen hacer de la siempre buena Cámara de Comercio de Oviedo; hoy en la calle Quintana, justo donde antes el Marqués de Aledo tenía el garaje para sus «haigas» y donde Alcibiades vivía arriba. Es natural que, por tener nombre de estadista ateniense me fijase en Alcibiades, incluso cuando vendía coches. En un artículo, publicado en LA NUEVA ESPAÑA, de fecha 1 de julio de 2012, titulado «El retrete de la reina y otros retratos», expliqué algo de lo mucho visto en Teherán, incluso haber visto un Jumbo de Iranian Airlines a punto de despegar en ruta a Caracas, gobernando en España entonces el socialista Zapatero. No expliqué aún mi detención en el Gran Bazar ni la sorpresa causada al ver en el Palacio de Niavarán una clínica dental adosada al despacho del Rey de Reyes o Sha-in Sha.
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De 1963 partió la conocida Revolución «blanca», acaso llamada blanca por ser blanco el color sagrado de la religión, preislámica y monoteísta, el zoroastrismo, cuyo profeta fue Zaratustra. Y es que la Monarquía de los Pahlavi, padre e hijo, fue enemiga del negro de las ropas islámicas, tan patrocinadas por los clérigos chiitas. Y el astro sol, junto al blanco, es igualmente del zoroastrismo, estando en la bandera de Persia, la del Sha.
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La llamada «Revolución blanca», también «la revolución del Sha y del pueblo», fueron maneras para occidentalizar a Persia; algo semejante a lo que fueron los llamados Planes de Desarrollo de Franco y de López Rodó por esos mismos años, con la diferencia de que éstos eran muy católicos, de Pío XII, y Réza Palhevi de Zoroastro, y menos del profeta Mohamed, aunque él se llamara Mohammad. Y de la revolución blanca, años más tarde, se pasaría a la negra, la de los clérigos teócratas. Y es que el conflicto entre lo persa –diferente a lo árabe- y lo islámico posterior, sigue haciendo la Historia de Irán, uno y otro. Ese es el enigma, que es una mezcolanza.
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