El trato cercano y la confianza son fundamentales
En las imágenes más antiguas que se conservan de ella se puede ver un burro atado junto a la puerta, en lo que presumiblemente era un martes de mercado de Pola de Siero de principios de siglo. De los de echar la mañana haciendo tratos, bajar en el autocar de Nazario con una caja de gallinas y pasar la mañana por la villa. De los que la farmacia Cabezas de Herrera era un referente en el corazón vibrante de una Pola que tenía sus límites poco más allá de las calles cerradas, y que para atender a la clientela de los pueblos no cerraba a mediodía.
[–>[–>[–>La botica ya va por la tercera generación en manos de la misma familia: de Pedro Cabezas de Herrera a su hija, María Ángeles Cabezas de Herrera, madre de Javier del Campo Cabezas de Herrera. Es el heredero, a sus 37 años, de un negocio de solera, en que los empleados son familia y el trajín, constante. Ubicados al pie del Ayuntamiento, «por aquí pasa todo: las cabalgatas de Reyes, los desfiles del Carmín, de Carnaval, y hasta las manifestaciones», señalan. Normal que hayan sido desde décadas espectadores privilegiados de un cambio social que a ellos también se la afectado de lleno.
[–> [–>[–>Documentos de archivos
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La farmacia ya existía probablemente desde finales del siglo XIX. Porque según la documentación más antigua que conservan, «el anterior propietario compró la farmacia en 1926, hace ahora un siglo». Entoces se llamaba Evelio Carabot, y fimalmente pasó a manos de Pedro Cabezas de Herrera para quedarse definitivamente en manos de una familia de la que nunca saldría. También hay documentos en el archivo municipal que hablan del establecimiento en 1920, la fecha más pretérita que han logrado rastrear.
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Imagen antigua, de principios del siglo XX, donde se ve a la derecha el edificio de la farmacia. / C. H.
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A lo largo de todo este tiempo han pasado de la máquina registradora de manivela a la receta electrónica, «que es más cómodo pero no sé si más rápido», convienen Charo González y Javier Vivo, dos de los empleados. Este último, toda una institución en la Pola, está a punto de jubilarse tras más de 41 años de atención al público, a finales del próximo mes de febrero. «Aquí vimos casi de todo«, indica con gracia. Como «los que hace años venían a comprar preservativos y no se atrevían a llamarlos por su nombre y te pedían un gorru pa lo de los guajes». O los muchos remedios que vendieron para el ganado: «Casi toda la gente de los pueblos tenía en casa una o dos ovejas, un par de vacas… Si se les ponían malas de mamitis venían aquí a comprar medicinas para ellas», recuerdan.
[–>[–>[–>Evolución de productos y cambios sociales
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El cambio ha sido enorme y ha dado paso a «cosas que no existían, como la homeopatía, los productos de parafarmacia… ahora se venden productos que antes no había.Y también ha sido muy notable la competencia de precios«. Lo que no ha cambiado es el trato cercano con los clientes, gente de siempre de la que se conocen al dedillo su historial médico y sus necesidades, en una relación en la que «la confianza es fundamental». Tanto, que «a nosotros nos cuentan cosas que igual no cuentan ni en casa», señala Javier Vivo. Raro es el que no comenta cómo le fue con tal o cual medicación, o cómo lleva los niveles de colesterol y la tensión. Y eso que «ahora con Google las consultas que nos hacen han cambiado; internet tiene dos carreras de Farmacia y dos o tres de Medicina», bromean.
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Una saga que cuida el tesoro de la salud
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Por la calle Celleruelo 4 han pasado historias de todo tipo, de gente que «se nos puso mala aquí y hubo que atender, o llamar a la ambulancia«. Y guardias interminables, porque «la noche es para dormir o para salir de fiesta, no para trabajar», bromea Javier Vivo entre las risas de sus compañeros. Y momentos duros, muy duros. «La pandemia fue lo peor que nos tocó vivir; las colas enormes a la puerta, la escasez de mascarillas, el gel hidroalcohólico que hacíamos nosotros mismos, comprando botes en el chino porque ni eso había, la distancia entre la gente… fue muy duro», rememora el actual responsable, Javier del Campo Cabezas de Herrera.
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Fotografía antigua de la farmacia. / H. C.
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Tanto su padre como su madre fueron farmacéuticos, y también su hermana y su mujer. Son una saga en toda regla que espera seguir otros tantos años, y que ha conseguido formar otra familia paralela con sus trabajadores «que siempre hemos recibido un trato como de casa«, aseveran. Y sobre todo, con los clientes, gentes que llevan toda una vida confiándoles lo más importante que tienen: su salud. Un tesoro que en la botica polesa saben mimar, desde hace ya tres generaciones. Y para seguir.
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