esclavitud y leyenda en la mansión más conocida de Jamaica
La carretera que bordea la costa norte de Jamaica, saliendo de Montego Bay, es conocida localmente con un nombre que promete lujo: “The Elegant Corridor”. A un lado, el mar Caribe despliega su azul turquesa habitual, con esa gama de colores que parece diseñada por un departamento de marketing. Al otro, grandes complejos hoteleros y campos de golf de renombre mundial, como el Cinnamon Hill o el White Witch, se suceden tras muros inmaculados que ocultan pulseras de todo incluido y cócteles bien decorados.
Sin embargo, en una colina que domina este paisaje se alza una estructura que rompe con esta estética moderna. Es la Great House de Rose Hall, una mansión de estilo georgiano que proyecta una sombra larga, tanto física como metafórica, sobre la historia de la isla. No hay música reggae sonando de fondo ni tumbonas a la vista. Lo que esconde esta mansión es una macabra leyenda y un pasado que no deberíamos ignorar tan fácilmente.
El negocio del azúcar y la esclavitud que levantó Rose Hall

Para comprender la magnitud de lo que representa Rose Hall, es necesario retroceder al siglo XVIII, cuando Jamaica era la joya de la corona británica en las Indias Occidentales, una máquina de generar riqueza impulsada por el azúcar y la mano de obra esclavizada. La mansión, cuya construcción comenzó en 1750 por el plantador inglés George Ash y fue completada en 1780 por John Palmer, presidía una plantación que abarcaba más de 2.400 hectáreas y contaba con una dotación de esclavos que superaba las 2.000 personas. No era una casa bonita más en medio del campo, sino el centro neurálgico de un negocio inmenso y brutalmente eficiente.
“La casa comenzó a construirse en 1750 por George Ash, un plantador inglés. La llamó Rose Hall por su esposa, Rose. Él murió solo dos años después. Rose se volvió a casar tres veces. El último marido fue John Palmer, quien terminó la casa en 1780. No tuvieron hijos juntos y, cuando él murió, la propiedad pasó a su sobrino.”
Este tipo de residencias, conocidas como Great Houses, funcionaban como el cuartel general de la plantación. Eran símbolos de poder absoluto, diseñados para ser vistos y, sobre todo, para imponer respeto. Sin embargo, tal como explica la guía durante nuestro recorrido, existe una distinción fundamental entre Rose Hall y otras propiedades cercanas. Mientras que lugares como la vecina Greenwood Great House conservan una colección de antigüedades y una atmósfera histórica más centrada en los hechos y los objetos, Rose Hall ha apostado claramente por la narrativa. Es, en palabras de la propia guía: “una buena historia”. Y en turismo, conviene no subestimar el poder de una buena historia bien contada.
Esa historia tiene nombre propio: Annie Palmer, la llamada Bruja Blanca de Rose Hall. Aunque los historiadores debaten sobre la veracidad de los hechos y buena parte de la leyenda fue amplificada por la novela de 1929 de Herbert G. de Lisser, la figura de Annie funciona como un imán irresistible para los visitantes. Puede que no todo (posiblemente casi nada) sea cierto, pero nadie paga una entrada para escuchar una historia aburrida.

La leyenda presenta a una mujer nacida en Inglaterra en 1802, hija de madre inglesa y padre irlandés, que se trasladó a Haití con apenas diez años. Tras la muerte de sus padres por fiebre amarilla, fue criada por su niñera, de quien supuestamente aprendió rituales vinculados al vudú. Annie llegó a Jamaica siendo muy joven con un objetivo claro y nada romántico: encontrar un marido rico y asentarse en una de las grandes plantaciones de la isla. El amor, si llegaba, era un extra opcional.
Lo consiguió al casarse con John Palmer, con quien vivió en Rose Hall durante once años. La leyenda sostiene que durante ese tiempo asesinó a tres maridos, además de mantener relaciones con hombres esclavizados, a los que también habría mandado matar. El relato mezcla hechos documentados, rumores coloniales, exageraciones interesadas y una tradición oral amplificada con el paso del tiempo. Un cóctel perfecto para que Netflix haga una serie algún día.
Lo que sí está históricamente acreditado es que Annie Palmer se convirtió en una de las mayores propietarias de tierras de la zona y parce que murió en 1831, poco antes de la gran rebelión navideña de esclavos que sacudió Jamaica y aceleró el proceso de abolición, formalizado en 1834 y culminado definitivamente en 1838.
Tras su muerte, la casa pasó por varias manos y quedó abandonada durante décadas. A principios del siglo XX, una familia intentó instalarse en ella y abandonó el proyecto tras un accidente mortal que alimentó la fama de lugar encantado. No fue hasta los años sesenta cuando el estadounidense John Rollins adquirió la propiedad y emprendió una profunda restauración que permitió recuperar la mansión tal y como se visita hoy.
Una visita por el interior de Rose Hall
Great House de Rose Hall – Fotos: Christian Rojo
La visita comienza en el antiguo salón de baile, un espacio amplio donde los propietarios recibían a sus invitados y organizaban veladas sociales. La guía nos explica que bajo los suelos se conserva arena original del siglo XVIII y que las molduras doradas del techo siguen el estilo francés de la época. La estancia se percibe luminosa, elegante, casi amable, lo que resulta desconcertante si se tiene en cuenta lo que está por venir.
Desde allí se accede a la biblioteca, utilizada para reuniones de negocios. Un retrato de Rose Ash recuerda a la mujer que dio nombre a la casa, a la que la guía se refiere como “la buena Rose”, diferenciándola explícitamente de Annie Palmer, que resultó no ser tan buena… El comentario arranca alguna sonrisa nerviosa en el grupo, una reacción que se repetirá varias veces a lo largo del recorrido.
El comedor principal se abre a continuación, con su mesa dispuesta como en una recepción formal. Se muestran piezas de porcelana importadas, otras vajilla y una caja de cuchillos que la guía menciona con cierta ironía al recordar que, según cuentan las malas lenguas, Annie utilizó armas blancas para asesinar a uno de sus maridos mientras dormía.
En la galería, que en su día funcionó como sala de recepción, se exhibe uno de los cuadros más comentados de la visita. Representa a Annie Palmer vestida de rojo y acompañada por niños que, según se cuenta, fueron incorporados a la escena con posterioridad. Al observarlo con atención, da la sensación de que la figura sigue la mirada del visitante desde distintos ángulos. La guía nos invita a probarlo moviéndose de un lado a otro y, ciertamente, a estas alturas de la visita ya estás bastante sugestionado para creerla.


Great House de Rose Hall – Fotos: Christian Rojo
En las habitaciones privadas es donde la historia se vuelve más truculenta. En el llamado dormitorio coral se explica que uno de los maridos fue estrangulado mientras dormía, con ayuda de esclavos obligados a participar. En otra estancia, conocida como el dormitorio francés por los tejidos traídos de la India, se relata el asesinato de otro esposo mediante apuñalamiento y aceite hirviendo vertido en los oídos. No es el tipo de muerte que uno esperaría en una casa tan elegante.
El recorrido nos conduce entonces hasta el dormitorio principal de Annie Palmer. La estancia está dominada por telas rojas, un color que se repite en cortinas y tapicerías y que marca el carácter del espacio sin sutilezas. En un rincón se conserva un diván original, uno de los muebles más llamativos de la casa. Desde aquí se desgrana la historia del triángulo amoroso que protagonizó junto a su contable, Robert Rutherford, y Millicent, una joven vinculada a la comunidad esclavizada. Relatos de celos, castigos y tensiones crecientes desembocan en un desenlace violento que acaba con la muerte de Annie a manos de un esclavo rebelde.

Desde las ventanas se contempla el paisaje que rodeaba la plantación, antiguamente cubierto de caña de azúcar hasta donde alcanzaba la vista. La guía señala el trazado recto que conducía hasta la costa, por donde llegaban los barcos para cargar azúcar, ron y especias rumbo a Inglaterra. En la distancia se distinguen restos de un antiguo acueducto que abastecía de agua a la propiedad desde una cascada cercana.
“Debajo de la casa había dos celdas, a unos cinco metros bajo tierra. Después de los castigos en el patio, los esclavos eran bajados con cuerdas. Una vez que entraban ahí, ya no volvían a ver la luz del día. No había comida, no había agua, no había atención médica. Las trampas de hierro que ven aquí se usaban para capturar a los esclavos que intentaban escapar. Luego los traían de vuelta para castigarlos.”
El descenso al sótano nos introduce en el contexto histórico, que es el que realmente resulta trágico. Bajo la casa se conservan las antiguas celdas donde se encerraba a personas esclavizadas tras los castigos en el patio. Los espacios, hoy adaptados como restaurantes y servicios para visitantes, mantienen la estructura original. Aquí podemos ver trampas de hierro utilizadas para capturar a quienes intentaban huir, así como conductos de ventilación que eran la única entrada de aire para los prisioneros. La guía explica que, una vez encerrados, “no veían más la luz del día” y que muchos morían allí sin comida ni atención médica.
Ya en el exterior, la tumba de Annie es una estructura de piedra sencilla, marcada por cruces que, según la tradición local, intentan mantener su espíritu confinado. La guía explica que se realizaron rituales espiritistas en la década de 1970 para contactar con ella y que los intentos de sellar la tumba con cuatro cruces fallaron misteriosamente, dejando un hueco libre para que su espíritu entre y salga a voluntad. Los turistas suelen dejar monedas y billetes sobre la tumba, en una especie una ofrenda supersticiosa o simplemente por seguir la corriente. “Quizá quieren un marido rico”, bromea la guía al ver el dinero acumulado. Lo cierto es que nadie se atreve a llevárselo.
“Esta es la tumba de Annie. Es una tumba sencilla. Cuando la casa fue restaurada, se exhumaron los restos y se comprobó que eran suyos. Ella confesó, a través de médiums, que había matado a los tres maridos y dijo que sería la última persona que viviría en esta casa. Intentaron sellar su espíritu con cruces, pero nunca pudieron ponerlas todas.”
Rose Hall en la cultura contemporánea

El contexto cultural de la mansión se enriquece con anécdotas que conectan el siglo XIX con la cultura pop moderna. La leyenda de Rose Hall fascinó al mismísimo Johnny Cash, que poseía la casa vecina, Cinnamon Hill, donde vivió durante más de tres décadas. Una de las mesas del comedor de Rose Hall fue donada por el propio cantante.
La relación de Cash con el lugar fue tan intensa que incluso compuso una balada inspirada en la historia de Annie Palmer. Hacia el final de la visita, la guía, demostrando unas dotes artísticas inesperadas, interpreta a capela fragmentos de esta canción junto a la tumba de la supuesta bruja:
“On the island of Jamaica
Quit a long long time ago
At rose hall plantation
Where the ocean breezes blow
Lived a girl named Annie Palmer
The mistress of the place
And the slaves all lived in fear
To see a frown on Annie’s face»
La “chispa” que terminó de fijar la leyenda en el imaginario del siglo XX suele situarse en la novela The White Witch of Rosehall (1929), del escritor jamaicano Herbert G. de Lisser, un relato sensacionalista que popularizó la figura de Annie Palmer como “bruja blanca” y consolidó buena parte de los elementos que hoy se repiten en visitas, folletos y relecturas posteriores. En paralelo, la leyenda ha seguido reapareciendo como referencia dentro del folclore jamaicano contemporáneo y también ha sido revisitada en trabajos académicos que analizan cómo el mito mezcla violencia colonial, sexualidad y poder en el imaginario caribeño.
La visita a Rose Hall deja una sensación extraña. Por un lado, es un espectáculo de entretenimiento bien ejecutado, una atracción turística que cumple con su promesa de escalofríos y de historia arquitectónica. Por otro, es un recordatorio de un sistema económico basado en la esclavitud que dominó esta parte del Caribe durante siglos. Poco importa si Annie Palmer mató o no a sus maridos, o si realmente practicaba vudú. Las leyendas, al fin y al cabo, leyendas son. Pero las casas, las plantaciones y las historias de esclavos, esas sí fueron muy reales. Y muy crueles.
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