Para que la política no descarrile con los trenes, verdad y reparación
A las dos semanas del choque de trenes de Adamuz, el ruido vuelve a dominar la escena e invade el espacio que debería reservarse para el cuidado y el respeto. Convirtiendo otra tragedia en materia prima para el relato, la disputa y la ventaja táctica, el debate público se olvida de lo principal: atender a quienes han quedado destrozados por los acontecimientos. Después llegará todo lo demás.
[–>[–>[–>Ante el amasijo de hierros retorcidos, nadie lo expresó con igual coraje, emoción y claridad que la Reina Letizia: «Todos somos responsables de no retirar la mirada cuando se limpian los escombros de una catástrofe». Es la suya una advertencia moral y cívica, una llamada a la sensatez, a no pasar página antes de tiempo. No huir del desgarro, acompañar y sostener en la pérdida, atender a las víctimas, pero, en paralelo, averiguar qué pasó. Quien falló, que pague. Sin atajos.
[–> [–>[–>Comparecer mucho no equivale a transparencia. La misión de un ministro no es desenfundar una verborrea de tertuliano –estrategia de saturación– disparando a diestro y siniestro, sino garantizar que los servicios funcionen y ofrecer datos precisos y útiles que aporten claridad. El de Transportes ha sido como mínimo imprudente. En la búsqueda de chivos expiatorios para alejarse del núcleo incómodo sembró en caliente sospechas, que luego la investigación desinfló, contra empresas asturianas. Las mismas con las que su Gobierno cultiva una relación estrecha y al máximo nivel.
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Alrededor, sus compañeros lo blindan por disciplina o conveniencia, incluso por oportunismo para lavar manchas de discrepancia. Del lado opuesto, unos reparten condenas antes de reunir pruebas y otros marcan perfil interno propio para reforzarse y atraer a los duros, que se mueven sin vergüenza en la lógica del desgaste: «cuanto peor, mejor».
[–>[–>[–>Una debilidad estructural
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Una catástrofe de esta dimensión no suele responder a una sola causa. Al desastre lleva una concatenación fatal de negligencias, protocolos inadecuados, inversiones postergadas y cadenas de subcontratación que diluyen obligaciones. Precisamente por eso, el espectáculo de imponer desde el minuto uno un discurso exculpatorio o acusador enturbia las averiguaciones, contamina el clima social y fuerza una visión maniquea de la realidad.
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La única certeza es que en las infraestructuras españolas falta planificación, sostenibilidad y mantenimiento, síntoma de una forma frívola de gestionar
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Lo único que hoy puede afirmarse con certeza es que España arrastra una debilidad estructural en sus infraestructuras: falta planificación, sostenibilidad y mantenimiento, síntoma de una forma frívola de gestionar. Se gasta en lo que luce en campaña, se regatea en lo invisible, y esa dinámica pasa factura. La descoordinación en la emergencia que retrasó la llegada a los vagones más dañados o la necesidad de enviar un maquinista a pie para localizarlos con exactitud rompe cualquier discurso oficial sobre la modernidad del país.
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[–>Mantener la mirada sobre los escombros implica también aprender para que nadie tenga que pasar por lo mismo. Cambiar métodos de actuación, prevenir y centrarse en el bien común. Al menos así esas ausencias imposibles de llenar no quedarán reducidas a una estadística en la memoria colectiva.
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La lección más decente desde la vía a los funerales provino otra vez de los ciudadanos. Esa España silenciosa cumple cuando importa. La del argumentario debería aprender a callar y a trabajar en serio. Las familias que lloran y los heridos en espera de una compleja recuperación no precisan que nadie hable por ellos. Solo dejar de verse en medio de la refriega por seleccionar culpables o inocentes por afinidad ideológica.
[–>[–>[–>Para que la política no falle por segunda vez tiene que abrirse paso una verdad sólida y una reparación, que es ética antes que económica. Templanza, rigor y los damnificados siempre primero. Garantías, controles y rendición de cuentas. Eso es mirar de frente a la tragedia. Lo demás, volver a descarrilar.
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