La cabeza de Puente
En este país paleolítico y cazador, el PP ha olido sangre y se ha echado al monte con el rifle cargado y mucha inquina en bandolera. Tras la tragedia del tren de alta velocidad, quiere cobrarse una pieza de caza mayor y colgarla en la pared del Congreso como trofeo. El futuro político del ministro Puente pende de una espada suspendida de una crin de caballo. El menor soplido puede ocasionar que ruede su cabeza.
[–>[–>[–>Puente, que llegó a sonar como recambio cuando el sanchismo entone el gorigori y se firme su acta de defunción, ha de ser consciente de que su suerte está, paradójicamente, en manos del mismo Sánchez. La ironía no se escribe sola, pero se le parece mucho. El presidente ha decidido que la gestión de la crisis sea cosa exclusiva del ministro de Transportes, como quien entrega otro las llaves del coche sin frenos y se apea antes de la curva.
[–> [–>[–>El envite es simple y cruel: Puente solo puede salir por la puerta grande o por la de la enfermería, y ambas dan al mismo pasillo del poder, ese donde las ambiciones se deslizan en camilla. El PP pide dimisiones con la fe del converso y el entusiasmo del cazador dominguero, pero la bala decisiva no la dispara Génova, sino Moncloa.
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Porque, al final, la continuidad de Puente no dependerá de la tragedia, ni del Parlamento, ni siquiera del ladrido de las redes sociales, sino del humor de Sánchez ese día: si se levanta estadista o verdugo, barón o enterrador. La política, como los trenes, también descarrila… pero casi siempre por decisión del maquinista.
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