baila, ríe y se acuerda de sus críticos tras hacer historia
El tenis es un deporte de precisión técnica y de puro esfuerzo físico como muy pocos, en el que se juega sobre los límites, en el que se exige enhebrar una aguja en un estado a veces de extenuación, y subir la piedra que se cae una y otra vez sin que la cabeza se resienta, y la cabeza juega en la élite tanto como un buen saque, un buen resto o una buena dejada, porque sin ella no hay piernas ni golpe nítido ni inspiración. Y en esta disciplina tan brutal y tan emocional descolla Carlos Alcaraz, que en Australia se tatuó esa etiqueta tan manida y no siempre merecida de leyenda.
[–>[–>[–>Se la merecen de verdad unos pocos y en ese grupo se ha colado el tenista murciano, el más joven de la historia, con 22 años, en ganar al menos una vez los cuatro Grand Slams. Lo logró ante leyendas patanegra como Rafa Nadal en las gradas de Melbourne y sobre todo ante Novak Djokovic, un gigante como ninguno, al otro lado de la red.
[–> [–>[–>Carlos Alcaraz y Novak Djokovic se abrazan tras jugar la final en Australia. / ZUMA vía Europa Press / ZUMA vía Europa Press
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A punto de cumplir 39 años, el serbio se calzó unas zapatillas Asics con el número 24 grabado en verde sobre blanco. Buscaba prevalecer para cambiarlas por otras con el 25, el número de Grand Slams que le hubiera permitido superar a la australiana Margaret Court. Ser aún más único.
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La exhibición de la cifra quizá era un juego mental, intimidar antes de empezar. No afectó a Alcaraz y su mente de grafeno. “Histórico y legendario lo que has hecho”, le dijo Djokovic de forma caballerosa en la ceremonia de entrega de trofeos. Son dos buenos amigos y se percibió.
[–>[–>[–>«Me acuerdo de esa gente…»
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Djokovic confesó que se sorprendió a sí mismo al alcanzar la final. Alcaraz, más que sorprenderse, necesitaba el título. Lo explicitó en Eurosport con la copa en mano. Empezaba la temporada y empezaba una nueva era sin Juan Carlos Ferrero. La ruptura inesperada dejó perplejo al tenis español. Y el murciano dijo acordarse de los que dudaron de él, de que los que pensaban que sin Ferrero se arriesgaba a deslizarse por una pendiente, lubricada por la desidia y la distracción.
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Combinación de fotos de Alcaraz en Australia, / – / AFP
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“Me acuerdo de la gente que decía que no lo iba a conseguir, que pensaba que vendría y no pasaría de cuartos, que no jugaría un buen tenis… Sí, me acuerdo de esa gente y no de mi equipo, que es lo que tocaría. Es irónico”, comentó con un revanchismo más suave y sincero que agrio. “Quería decirme a mí mismo de lo que soy capaz, de estar fuerte mentalmente, de tener ilusión y es en lo que me debería quedar, pero si se me pregunta eso, de quién me acuerdo, es lo que me sale ahora mismo”.
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[–>Fue en la quinta visita a las pistas de Melbourne cuando Alcaraz se coronó en el verano australiano. No necesitó tantas para ganar en Roland Garros, Wimbledon y Nueva York. Entra en el club de los nueve miembros que han abierto champán en los cuatro torneos. Figuran Djokovic, Nadal, Federer y Agassi de la era moderna, y Roy Emerson, Rod Laver, Don Budge y Fred Perry de la época en blanco y negro. Un club sumamente exclusivo.
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Carlos Alcaraz abraza a su equipo en la pista de Melbourne donde se ha proclamado campeón del Open de Australia. / Europa Press
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A Alcaraz, con bíceps cada vez más voluminosos, cada vez más Nadal, se le vio bailoteando con unos auriculares en el vestuario antes de la final, riendo, bromeando con su equipo. Como si la presión fuera una mariposa cuyo vuelo se contempla con curiosidad y no molesta. Y, en cambio, al saltar a la pista y empezar a jugar, al murciano se le borró la sonrisa. Djokovic, 16 años mayor, le aleccionó en aplomo y se llevó el primer set.
[–>[–>[–>“Sus bolas le resbalaban mucho. Y eso me generaba mucha incomodidad a la hora de golpear, en intentar dominar, y no cometía errores. Pero he estado fuerte mentalmente. Sabía que si me mantenía sólido, si apretaba en las que me dejaba y aguantaba el chaparrón, yo tendría mis oportunidades”, valoró el número uno del circuito.
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«Trabajo concluido»
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Fue en algún momento del segundo set cuando Alcaraz ya mostró su amplia sonrisa. El tenis le fluyó, amplió la pista, llegó a todas las bolas, incluso las más difíciles, aquellas a las que resultaba tentador pararse y dejar pasar, y frustró al serbio.
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No tuvo la final el corte épico de las semifinales. Aquello fue demasiado salvaje. Pero constató que el nuevo ciclo de Alcaraz es en realidad una nueva era del tenis mundial que entierra el viejo orden. Ya no hay sitio para los que dudan. «Trabajo concluido. 4 de 4 completado», escribió a la cámara con rotulador. Un reto mayúsculo cumplido. La autopista para perseguir la historia ahora es toda suya.
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