Vox, gracias al bipartidismo
No cabe duda de que el bipartidismo ha subvencionado y sigue subvencionado la carrera política de Abascal. Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que Vox era simplemente un ruido de fondo, un partido de protesta airada y una válvula de escape para el enfado conservador tras el marasmo del final de la etapa de Rajoy. Pero el ruido, si se afina, acaba por convertirse en música. Música mala, pero música a fin de cuentas. Hoy, según demuestran algunas encuestas, esa música amenaza con sonar más alto que la del propio PSOE.
[–>[–>[–>Alguien en algún lugar ha empezado a hacerse la pregunta incómoda de si a los socialistas se les ha ido la mano engordando al monstruo. No sería una novedad histórica. Francia ofrece un precedente que, pese a los años transcurridos, aún huele a pólvora electoral. En 1982, Mitterrand, con la vista puesta en dividir y debilitar a los gaullistas, contribuyó el ascenso de Jean-Marie Le Pen facilitándole, ante el asombro de los franceses, que se le concediera una entrevista en horario estelar de televisión. El dominio escénico del entonces líder ultraderechista cultivó a la audiencia y lo convirtió en un personaje con reconocimiento público. La jugada funcionó hasta que dejó de hacerlo. Porque la ultraderecha, cuando aprende a caminar sola, deja de ser un instrumento y se convierte en un actor. En Francia, el Partido Socialista pasaría a ser invisible.
[–> [–>[–>En España, Vox nació de la decepción con el PP, la sensación de renuncia y tecnocracia, la impotencia ante Cataluña. Pero su consolidación ha tenido un segundo combustible quizá más rentable, que es el de la polarización como política de Estado. Sánchez no inauguró el clima, pero lo está perfeccionando. Y en ese perfeccionamiento el PSOE sanchista ha caminado hacia una izquierda más emocional, plebiscitaria, dependiente del choque cultural. Exactamente.
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