Trazabilidad del odio
Cuando Australia decidió prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años, preparó una partida de 700 millones de dólares para reforzar la atención de salud mental a sus adolescentes. Pensó en aquellos que tenían perfiles y los verían cancelados: unos 4,7 millones. No anduvieron desencaminadas las autoridades, en un primer balance de la medida el resultado es claro: síndrome de abstinencia en muchos de quienes tenían perfiles en redes, mayor sociabilidad en quienes no, y progenitores agradeciendo la ayuda extra para levantar muros de contención a internet. No he encontrado referencias a primeras impresiones entre los profesionales de los centros formativos australianos. Seguramente porque acaba de finalizar allí su período vacacional más prolongado, coincidiendo con el verano austral. Pero me atrevo a anticipar al menos dos impactos positivos, uno a corto y otro a medio plazo. El más evidente será la imposibilidad de que los problemas de convivencia, especialmente el acoso escolar, se vean amplificados en redes sociales. Combatir el hostigamiento ya es de por sí laborioso, así que eliminar la tentación extra de internet entre los abusones precoces será de gran ayuda. También a los propios aprendices de matón, son personas en construcción, con derecho a tener un margen para madurar antes de retratar sus pulsiones para siempre en la red.
[–>[–>[–>El de medio plazo será la recuperación de la capacidad de concentración académica y vital. El internauta adolescente cree que dirige su nave, pero es traída y llevada hasta acabar muchas veces naufragando en pornografía, apuestas o juegos adictivos. Son las nuevas «adicciones sin sustancia» que ya se recogen en el Plan nacional sobre drogas.
[–> [–>[–>Pedro Sánchez acaba de anunciar la futura prohibición de redes sociales a menores de 16 años en nuestro país, en línea con la mencionada Australia y también Francia, Portugal o Dinamarca. La medida irá acompañada de otras para seguir la «huella del odio», que prioriza o directamente cuela contenidos maliciosos en la sopa de estímulos de internet. Una trazabilidad de lo tóxico que es posible, sólo hay que querer. La inteligencia artificial y la natural pueden aliarse divinamente en esto. Síntoma de que se puede y se debe es que Elon Musk ha reaccionado con ira e insultando. Si fuera imposible, el americano recurriría a la mofa irreverente. Todo edificante y modélico. Hablando de modelos, para que las medidas tengan impacto y se complete el círculo virtuoso del pensamiento crítico, hace falta que todas y todos nos hagamos mirar nuestra presencia y consumo en redes. Esto no precisa aprobación parlamentaria. Se llama dar ejemplo.
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