Algunas señales para la esperanza
Esta legislatura está siendo extraordinariamente difícil, tal y como he venido relatando en esta columna quincenal. Los europeos enfrentamos riesgos crecientes desde el exterior de nuestro continente, y también amenazas internas que hacen peligrar la paz y la democracia. Lo hacemos, además en un momento político caracterizado por la fragmentación de nuestras sociedades, lo que sin duda merma nuestra capacidad para superarlos al complicar la posibilidad de lograr una mayor cohesión política, económica y social, bases imprescindibles para lograrlo. En todo caso, aún encontramos esperanza y voluntad de avance en algunos ejemplos que deben alumbrar el camino que está por venir. Y, en las últimas semanas, debemos citar dos de esos casos.
[–>[–>[–>El pasado 18 de diciembre el Consejo Europeo adoptó una decisión histórica, quizá no percibida como tal por buena parte de la ciudadanía. Me refiero a la aprobación del último paquete de ayuda a Ucrania. Sin duda, el debate previo sobre la posibilidad de usar los activos congelados de Rusia en territorio europeo para emitir una línea de crédito cuyos recursos se pusieran a disposición de Ucrania, opción que no encontró la mayoría suficiente en el seno del Consejo Europeo, ensombreció el resultado de la cumbre. Sin embargo, sus conclusiones fueron más audaces incluso que la idea inicial.
[–> [–>[–>Recordará usted los cinco días de Consejo Europeo ininterrumpido en el verano de 2020, en plena pandemia, para lograr un consenso que permitiera emitir 750.000 millones de euros de deuda europea a través del Next Generation EU. Pues bien, en la semana previa a Navidad, el Consejo acordó volver a emitir deuda común, en este caso por un importe de 90.000 millones de euros para apoyar a Ucrania, de nuevo frente al presupuesto comunitario, y salvando la opinión negativa de tres ejecutivos nacionales, a saber, Hungría, Eslovaquia, y la República Checa. Gobiernos europeos, por cierto, alineados con Putin y Trump y que representan a algunos de los aliados internos de las amenazas externas, a las que me refería en el párrafo inicial.
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Este acuerdo supone un salto histórico en distintos frentes. En primer lugar, la Unión vuelve a emitir deuda común, en este caso sin unanimidad. En segundo lugar, el Consejo implementa una política exterior respecto de Ucrania, también sin unanimidad. Y, por último, este acuerdo nos conduce inexorablemente a abordar el debate de los recursos europeos, discusión que se abrió con la emisión de deuda en 2020, y que debe cerrarse antes del final de 2027 dado que a partir de 2028 tocará ir amortizando los pasivos emitidos. Y, por cierto, los activos rusos siguen congelados hasta más ver. Es decir, la Unión ha superado restricciones normativas, buscando espacio en los tratados, y lugares comunes o temas tabú, para tomar decisiones presupuestarias, hacendísticas y en materia de política exterior sin unanimidad. Es un nuevo precedente que deberá a ayudar para lo que está por venir.
[–>[–>[–>Por otra parte, el lunes 2 de febrero, Antonio Costa convocó una reunión informal del Consejo Europeo para el próximo día 12 en la que los presidentes o jefes de estado debatirán sobre cómo mejorar el funcionamiento del mercado único. Desde el inicio de esta legislatura, la competitividad de la economía europea ha estado en el centro de la discusión. Sin embargo, hasta ahora, el debate público sobre este asunto ha estado centrado en flexibilizar, racionalizar o desregular, dependiendo con que prisma se aproximará uno a la conversación, la normativa comunitaria, sin asumir que el verdadero problema reside en la fragmentación del mercado único, y no tanto en los efectos de las normas estrictamente comunitarias.
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El Fondo Monetario Internacional estimó en otoño de 2024 los costes cuasi-arancelarios al comercio en la Unión en un 42 por ciento en el mercado de bienes y un 110 en el caso de los servicios. El pasado diciembre, el Banco Central Europeo calibró esos mismos costes en un 60 por ciento para bienes y un 100 por servicios. Pues bien, esos «aranceles en la sombra» que los europeos nos autoinfligimos a través de directivas mal transpuestas, un sin fin de normas nacionales o locales que dificultan aprovechar las eficiencias del mercado único, e incluso a través de las prácticas oligopolistas que seguimos sufriendo en multitud de sectores, suponen el verdadero peso muerto sobre la economía europea. Y, ese peso, no es metafórico o intangible, sino que muestra su verdadera dimensión en forma de lastre sobre los salarios, el empleo y la competitividad de las empresas, de modo que es ahí donde debemos incidir si deseamos de verdad aumentar nuestra productividad. Después de un año de legislatura casi sin iniciativa de la Comisión en este ámbito, aun a pesar de las recomendaciones de Drahi y Letta, el socialista Antonio Costa ha decidido enfrentar la situación. Esperamos que sea el inicio de un camino que no podemos demorar.
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[–>Por todo, y a pesar de que la aritmética política es la más compleja para la Unión desde su fundación en un momento extremadamente peligroso, aún hay vida. Adelante.
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