un faro de ozono en la singular bandera del estado venezolano de Zulia
En la quietud de una oficina en Oviedo, Javi observa cómo los dedos de la lluvia tamborilean asturiana mente el cristal con una cadencia impredecible y gris.
[–>[–>[–>Al otro lado de la pantalla del «ordenata», una videollamada que cruza el Atlántico, la imagen de su amigo Gabo vibra con el calor de Maracaibo. Javi no puede evitar fijarse en una pequeña bandera que Gabo tiene sobre el escritorio: una franja azul, una negra y, en el centro, un rayo blanco que parece querer romper la tela.
[–> [–>[–>—»Gabo, siempre he pensado que poner un rayo en una bandera es casi una declaración de intenciones surrealista», comenta Javi, mientras señala el monitor. «Aquí un rayo es un susto, una avería de luz. Pero tú lo enseñas como si fuera el escudo de un superhéroe».
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Gabo se ríe con esa soltura caribeña que parece ignorar lo entresijos del estrés. Le explica que, en el Zulia, el rayo no es una amenaza, sino un vecino puntual que llega cada noche a la cuenca del río Catatumbo. No es una tormenta errante; es un fenómeno anclado al paisaje, fruto de un abrazo termodinámico entre los vientos alisios que cruzan el Lago de Maracaibo y las gélidas murallas de los Andes. Es, esencialmente, una danza de gases y nubes que genera la mayor concentración de descargas eléctricas del planeta.
[–>[–>[–>—»No es sólo estética, Javi,» continúa Gabo acercando la cámara a la bandera. «Este rayo es el ‘Faro de Maracaibo’. Durante siglos, los navegantes no necesitaban brújulas ni espejos de costa; les bastaba el resplandor silencioso del Catatumbo para saber dónde estaba la tierra. Es una luz que no se apaga, que parpadea hasta 280 veces por hora. ¿Te imaginas vivir con una bombilla eterna en el horizonte?»
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Javi reflexiona sobre la logística de tal fenómeno. Como buen europeo, piensa en los voltios, en la seguridad, en el caos que supondría para una red eléctrica una descarga de esa magnitud. Pero Gabo le interrumpe con una visión que mezcla lo místico con lo técnico.
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[–>—»Mira Javi, para los indígenas Bari, nuestros ancestros, esos relámpagos no eran electricidad física. Ellos creían que eran las almas de los antepasados que se concentraban en el horizonte para saludarlos y guiarlos. Era un mensaje sagrado de protección. Pero si prefieres la ciencia, lo que ocurre ahí arriba es una alquimia brutal: cada descarga parece ser que rompe las moléculas de oxígeno del aire. Esos átomos sueltos se recombinan – y se juntan- pasando de O2 a O3 y al unirse entre ellas muy rápido forman ozono… ¿Me explico?
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Gabo hace un gesto con las manos para ilustrar la colisión. Le cuenta que ese bombardeo constante de electrones es, en realidad, una bendición atmosférica. El Relámpago del Catatumbo es considerado uno de los principales regeneradores de la capa de ozono del mundo. Mientras el resto del planeta se preocupa por los agujeros en la atmósfera, en ese rincón de Venezuela la Tierra parece estar «soldando» sus propias heridas con cada chispazo. Alguien debería agradecer sustancialmente esta «natural» aportación a la sostenibilidad de nuestro orbe.
[–>[–>[–>–«En la bandera,» añade Gabo con un tono casi institucional, «el azul es nuestro lago, el negro es el petróleo que nos dio riqueza y el rayo es el espíritu. Es la energía que nos define. Somos el único pueblo que tiene una tormenta como símbolo de identidad y paz».
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La conversación termina con Javi mirando su cielo grisáceo, ahora con una envidia sana. Ya no ve el rayo como un peligro, sino como la huella dactilar de un ecosistema que se niega a estar en penumbra.Un poco después, Javi miró en Internet y pudo apreciar que el ozono era un gran escudo protector en la estratosfera absorbiendo radiación ultravioleta nociva (capa de ozono), mientras que a nivel del suelo se usaba como un potente desinfectante, purificador de aire, desodorizante y en terapias médicas para tratar inflamaciones y desinfectar herida.
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Y un rayo iluminó parte de su cerebro. ¿No sería necesario descubrir una especie de ozono político que tuviera similares funciones en nuestra sociedad?, se inquirió mientras deseó visitar a su amigo en «la ciudad del sol amado»
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