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Una flor amarilla en el arcén

Una flor amarilla en el arcén
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  • Publishedfebrero 6, 2026


La verdadera cuesta de enero no empieza el día 2, sino el 31. Cuando termina este mes, que se le hace tan largo a casi todo el mundo, el año empieza a pasar días como quien hojea distraídamente un álbum de cromos. Febrero solo tiene veintiocho, y además llenos de actividades varias. Las fiestas populares se suceden una tras otra, mezclando ritos ancestrales con costumbres de ayer mismo. Enseguida empiezan las candelas, San Blas, los precarnavales, las murgas, el día de los enamorados y sus dulzuras empalagosas y después, los carnavales en todo su esplendor. Apenas hemos perdido algún kilo para poder disfrazarnos y al momento lo ganamos en la exaltación de la carne que termina en el entierro de la sardina. Corremos luego hacia la Semana Santa, la primavera, el cambio de hora que nos volverá de nuevo locos y arreglará por fin el reloj de nuestros coches. Con el buen tiempo, nos echaremos a la calle a vivir procesiones, fallas, desfiles, ferias del libro y batallas de flores. Abril y mayo nos llenarán de páginas y palabras, bodas, bautizos, comuniones, barbacoas, romerías, san Isidro presidiendo la mesa portátil y la nevera azul. En nada, el fin de curso, las graduaciones, las hogueras de san Juan, donde arderán amores y apuntes, la playa y sus calores, el olor de la dama de noche, las cenas en las terrazas, el calor, las tormentas, las lorzas inevitables contra las que ya no hay que luchar ni falta que hace.



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