He sido tertuliano toda mi vida y ahora los odio porque se alargan y necesito controlar el tiempo
Dice que su verdadera vocación era la de ser un monje cisterciense del siglo XII, recluido en un monasterio escribiendo novelas y bebiendo buen vino de Ribera.
Sin embargo, Jorge Bustos (Madrid, 1982) ha cambiado el silencio del claustro por la exposición del prime time radiofónico. Una «penitencia» que le obliga a vivir pendiente de la actualidad y a dormir mientras otros viven el día.
Curtido en la jefatura de Opinión de El Mundo y en la calma literaria de Libros del Asteroide, Bustos confiesa estar desarrollando un «segundo cerebro» para afrontar el desafío mayúsculo que parecen haberle encomendado en Cope: erigirse en el escudero y relevo de Carlos Herrera en el buque insignia de la emisora.
De esa mutación del escritor al locutor, de la política del «relatito» en la que estamos inmersos y de la responsabilidad moral de hablarle a millones de oyentes conversamos con un hombre que dejó de ser un «tertuliano feliz» para convertirse en una de las voces de referencia de las mañanas de la radio, cuyo día mundial se celebra el próximo viernes.
En la era de las fake news, de la inteligencia artificial, ¿por qué la gente sigue confiando más en una voz que le habla al oído que en lo que lee en una pantalla?
La evolución nos ha preparado para que la voz humana sea el instrumento más difícil de falsear, porque transmites muchas emociones, mucha información; no solo lo que dices, es cómo suena lo que dices, las inflexiones de la voz.
La inteligencia artificial ya puede falsear voces, pero la radio conserva frente a otros registros periodísticos una salud envidiable. Es una forma de comunicar muy completa en la que pones a trabajar la imaginación.
Así, pones a trabajar al oyente y al mismo tiempo le estás haciendo compañía, informando, haciendo reír…
Es quizá el último refugio que nos queda en un mundo de hiperconexión.
Fíjate que 2025 ha sido el año de la muerte de la confianza en la imagen. Murió para siempre lo que había sido durante décadas, durante siglo y medio, la fotografía: el fotoperiodismo como una prueba de cargo inmediata ante el lector.
Tú veías una fotografía y decías: «Oye, esto está aquí, esto ha pasado». Y era una prueba inmediata. Ahora la primera pregunta que hace la gente en redes sociales es: «Grok, ¿esto es real?».
El año 2025 ha sido el de la muerte de la confianza en la imagen
El escepticismo se ha disparado ante la imagen periodística porque todo el mundo puede manipular con un sencillo programa una imagen para que represente lo que queremos.
Si se utiliza con fines divertidos, festivos, está muy bien. Pero cuando quieres competir en unas elecciones y haces decir a tu adversario algo, o le pones una cara, e intentas moverlo en redes para que los incautos y los boomers se lo traguen, estás haciendo algo ya más peligroso.
Todo eso es fácil con el texto y con la imagen; con la voz es más complicado.
Estamos hablando de tu faceta de presentador de Herrera en Cope. Pero tú vienes de la columna, del periodismo escrito, del papel, del escritor… El vértigo que da la página en blanco, ¿se siente también en la radio?
En la radio tengo que empezar esté bien o no y tenga más o menos claro lo que quiero contar. Ha habido muchos casos, sin salir de España, de gente que ha triunfado en la columna y que ha triunfado en la radio, gente que ha sabido compatibilizar los dos lenguajes. De lo que sí me doy cuenta es de que exigen esfuerzos diferentes.
Estoy desarrollando un segundo cerebro. Hay un cerebro verbal y otro que es el que he utilizado toda mi vida para hacer periodismo escrito, que tiene algunas concomitancias con el periodismo radiofónico y en otras es completamente diferente.
Ahora, además, escribo cinco columnas en El Mundo. O sea, que he aumentado mi productividad en el columnismo al que venía más acostumbrado, pero exige un esfuerzo y un uso del lenguaje diferente del radiofónico.
Voy cambiando de mi cerebro radiofónico a mi cerebro literario o periodístico todos los días. Debe ser bueno para la prevención contra el Alzheimer, pero sobre todo es un esfuerzo constante de cambio de registro.
Jorge Bustos, copresentador de ‘Herrera en Cope’.
No quiero ser de esos comodones que colocan el mismo producto en todas las lonjas. Voy a seguir trabajando para tener una voz en radio y mantener la voz que tenía en la columna.
¿Y cómo influye en todo esto el papel de las redes sociales? ¿Debemos tenerlo en cuenta o simplemente es una corriente de opinión más que está ahí y que nos ayuda a pulsar la opinión de la calle? Porque muchas veces las tomamos como una representación del 100% de la población.
Eso es verdad. Y pasa que es un debate, Arturo, que creo que ya está superado por la fuerza de los acontecimientos. Todos los periodistas tienen que tener una presencia en redes. Aunque no la tengan ellos, tienen que tener un equipo que lleve su producción a las redes.
Mi cuenta de Twitter de toda la vida la sigo manteniendo yo personalmente, aunque cada vez menos, porque es como un videojuego que ya te has pasado. Ya te aburres, ya no tiene interés. Todo lo que me podía dar ya me lo ha dado.
Pero en TikTok y en Instagram, donde yo era reacio a meterme por no perder tiempo —porque hay que leer, hay que ir al gimnasio, hay que estar con tu pareja—, tengo la fortuna de que Cope me gestiona el contenido sin que eso impida que yo pueda subir alguna vez fotos personales. Tengo acceso personal a mis propias cuentas, pero los trozos de monólogo, las entrevistas y los contenidos radiofónicos salen en mis cuentas.
Eso es absolutamente necesario, porque tengo amigos que no van a poner nunca la radio. Sus mundos son otros y su vida funciona dentro de la pantalla del móvil.
No se plantean escucharlo porque no han generado esa costumbre. Sin embargo, me dicen: «Te escucho». Pero en realidad se alimentan del minuto treinta.
No quiero ser de esos comodones que colocan el mismo producto en todas las lonjas. Voy a seguir trabajando para tener una voz en radio y mantener la voz que tenía en la columna
Habrá gente que quiera más, que eso se le haga pequeño. Yo hablo para los que quieren todo el programa, pero oye, si puedes quedarte con una píldora, ¿por qué te vas a negar a esos lenguajes?
No estamos en disposición de meternos en la torre de marfil. Lo que sí nos exige el periodismo contemporáneo, que es multipantalla, multilenguaje y multimedia, es una gestión más espartana del tiempo.
¿Hay que prohibir a los menores de 16 años el acceso a las redes sociales?
Hay quien dice que habría que controlar que los adultos no entren (risas).
Esta es una idea que, de forma idealista, genera un consenso a izquierda y derecha. Empezó Jonathan Haidt con este asunto y los psicólogos ya han aportado las pruebas científicas del deterioro que producen las redes sociales en cerebros que están todavía sin formar del todo.
La exposición temprana a determinados contenidos en chavales de 10, 11 ó 12 años es inequívocamente mala, igual que fumar con 10 años nos parece raro. Son algoritmos diseñados para ser adictivos, para generar una dependencia, para generar incluso toxicidad emocional.
Cualquier padre o madre querrá proteger a sus hijos hasta que sean mayorcitos para conducirse por la vida. Hay que ver si eso es tecnológicamente posible.
Otra cosa es que el Gobierno, como en todo, como en la regularización masiva -que también es una buena idea moral envuelta en una perversa estrategia política-, todo tiene una utilidad cortoplacista, divisiva y chapucera que estropea la idea de principio.
En este sentido, una buena idea en la que puede estar desde Izquierda Unida hasta la Conferencia Episcopal, te la cargas cuando frivolizas con ella.
Cuando no reúnes a los medios, a los expertos, a los partidos y a los actores sociales y planteas un calendario serio, hablas con la Comisión Europea para ver qué se está haciendo desde la directiva europea… Llegas, lo sueltas en Dubái, montas un pollo con Elon Musk a ver si te contesta y con eso alimentas la cháchara mediática y las tertulias un par de días para que no hablen de los trenes.
Jorge Bustos, copresentador de Herrera en Cope y Arturo Criado, subdirector de EL ESPAÑOL.
Es una cosa muy cutre, de vuelo gallináceo. Es lo que es el sanchismo: ochocientos asesores destinados a intentar marcar cada día la conversación para que no salgan los temas que perjudican a Pedro.
A mí me agota un poco porque creo que España se merece otro tipo de política. Y creo que una función de los periodistas debe ser rebelarnos, intentar añorar la política que tenía que ver con la gestión de los servicios públicos, por ejemplo los ferroviarios, y acotar mucho el impacto del relatito.
Lo que pasa es que ese «relatito» le ha permitido enfrentarse a Elon Musk, con el dueño de Telegram, Pável Dúrov, generar todo un discurso contra los tecno-oligarcas… ¿Debemos regular las plataformas e ir contra sus dueños?
Estamos todavía en el salvaje Oeste de las redes sociales y dentro de 40 años miraremos atrás y diremos: «Joder, ¿pero en 2025 de verdad existía el anonimato? ¿Se podían cometer delitos amparados en el anonimato en redes sociales?».
A lo mejor nos parece esta época salvaje y se acaba civilizando, desarrollando el derecho digital. Supongo que caminaremos hacia esa dirección.
Tengo amigos liberales que dicen que prohibir el anonimato en redes es un disparate que acaba en un Estado policial, como atribuye Dúrov a Sánchez. Otros días me levanto pensando que la conversación pública y la democracia respirarían mucho mejor si cada cual se hiciera responsable de sus propias palabras.
Igual que te haces responsable en la calle y te pueden partir la cara, pues físicamente tu voz sale de tu boca. Que tu voz salga de tu boca reconocible también en los perfiles digitales. A mí eso me parece tan liberal como lo otro. O más: que la responsabilidad vaya cosida a la libertad.
Pero también hablo como alguien que tiene una altísima exposición y, por tanto, le gustaría poder volver a tener conversaciones razonables y adultas en Twitter, cosa que ahora es imposible.
¿Se podría si todo el mundo se responsabilizara de su cara y su DNI en redes?
A lo mejor sí, a lo mejor llegamos a eso, pero hay que hacerlo bien, de la mano de la Unión Europea, charlando y sentando también a los jefes de las plataformas. Es un esfuerzo de civilización, no es un esfuerzo para intentar rascar tres minutos en una final de campaña aragonesa.
Igual que te haces responsable en la calle y te pueden partir la cara, pues físicamente tu voz sale de tu boca; que tu voz salga de tu boca reconocible también en los perfiles digitales
¿Tanto poder tienen las plataformas y los tecno-oligarcas sobre la sociedad y la política?
Yo creo que no. Los estrategas de Moncloa que se pusieron muy contentos con el beef, como dicen los chavales, con el pique digital entre Pedro y Musk, es un consuelo muy efímero.
Es un enganchón que dura horas y que ni siquiera va a cambiar el voto de un solo aragonés. El sanchismo, una de las definiciones que tiene, es la sustitución de la gestión por el relato.
En eso ha sido un maestro el presidente y, además, haciendo de la necesidad virtud como le gusta a él, porque como le han votado muy poco los españoles —nunca han confiado mayoritariamente en él a diferencia de Rajoy, Aznar o Felipe—, ha tenido siempre precariedad parlamentaria.
Ahora ya en el tardo-sanchismo es asustante, delirante; es imposible que pueda convalidar ni siquiera un decreto.
¿Y cómo ha sustituido su incapacidad parlamentaria para gestionar? Pues con toneladas y toneladas de relato, con un ejército mediático público y privado bien regado como no lo ha tenido nadie.
Esa es la naturaleza propia de la política actual. ¿Se puede retroceder a otros momentos en los que se hacía más de lo que se hablaba? Igual no, igual ya ha cambiado la política para siempre y básicamente estamos en una factoría de ficción.
La política básicamente ya es factoría de relatitos. Lo intenta hacer el PP, no le sale tan bien como a Vox. Lo intentan hacer otros partidos y los partidos regionales. Todo el mundo ya en redes construye, hasta los líderes del PNV.
Mi reino por un relato.
Claro. La política tiene que ver más con la narración que con cuadrar presupuestos. Pero claro, si las dos patas no van de la mano, luego los trenes descarrilan, ese es el problema.
Y luego Óscar Puente. Es que da la cara, dicen. Bueno, pues sí, la da. A mí me concedió una entrevista muy amable, pero es que no se trata de salir. La gestión de un accidente, la responsabilidad política que apareja, la falta de mantenimiento que provoca ese accidente se dirime dimitiendo y ubicando la trazabilidad del siniestro donde están los responsables.
Salvar a Puente por el mero hecho de que ha salido mucho en la tele en los últimos días es, efectivamente, confundir la gestión con el relato.
Bueno, pero la entrevista que le hicieron en Televisión Española era muy cómoda.
Bueno, claro. Sí. Hombre, yo entiendo que sometido a un alto nivel de estrés en algún momento necesita momentos de relax.
¿Debería dimitir Óscar Puente?
Sí. Debería dimitir. Pero claro, debería haber dimitido su jefe, debería haber dimitido Marlaska hace varias eras geológicas.
Jorge Bustos, copresentador de Herrera en Cope, durante la entrevista con EL ESPAÑOL.
Otra de las definiciones del sanchismo es la derogación de la responsabilidad pública. Ha sido abolida la vergüenza, la vergüenza torera ha sido abolida en los últimos años.
Gracias a eso, como el listón es subterráneo, ¿quién va a dimitir? Me acuerdo del pobre Máxim Huerta, que dimitió por una empresa que tenía para pagar menos impuestos.
En ese momento, como estaba muy reciente la moción de censura defendida por Ábalos, había que fingir que nos lo creíamos. Entonces se obligó a dimitir al pobre Huerta y después de eso ya el listón se enterró.
Y ahora los que critican (o criticamos) al Gobierno o los que publicamos informaciones contrarias, ¿somos lanzadores de bulos o somos fachosfera? ¿Esto es una amenaza real para la democracia o es simplemente relato del Partido Socialista y de Pedro Sánchez?
El periodista no tiene que estar en contra de Sánchez, eso es una cosa absurda ontológicamente hablando. Si Sánchez hace algo bien, hay que decir: «Sánchez lo ha hecho bien». El periodista tiene que ser crítico, es un contrapoder.
Uno de los problemas que hemos tenido estos últimos años es que los medios más afines tradicionalmente al Partido Socialista han dimitido de esa fiscalización. Cuando Mazón miente y cambia su versión doscientas veces, pedimos su dimisión. Esa es la diferencia.
Si hubieran hecho su trabajo del otro lado del muro, quizá tendríamos una política más respirable, pero hay alianzas político-pecuniarias que aconsejan prescindir de la labor de fiscalización.
Y así estamos, en dos esferas que apenas se tocan, donde algunos ciudadanos solo consumen una parte del relato y luego alucinan cuando resulta que efectivamente descarrilan los trenes o se destruye empleo.
Uno de los problemas que hemos tenido estos últimos años es que los medios más afines tradicionalmente al Partido Socialista han dimitido de esa fiscalización
Pero es que esa es una responsabilidad que también apunta a los periodistas, que al margen de su ideología, que la tienen, y de su línea editorial tienen que ser capaces básicamente de fiscalizar al poder. Es que esa es la primera misión del periodista, ¿no?
¿El miedo a la ultraderecha, a que vienen los fachas, puede hacer que Sánchez sea capaz de revertir lo que dicen ahora mismo en las encuestas en las próximas elecciones o esto ya es un proceso inexorable que apunta a Sánchez fuera de Moncloa?
Sánchez es el pasado, Arturo. Hay que hablar ya en pasado. Es verdad que tardará un año, pero ya esa estrella se apagó. Lo que nos llega es como los años luz de una estrella que ya estalló hace años. Nos llega un eco pálido, cada vez más pálido, pero no tiene futuro nada de lo que hablamos hoy. No es el futuro de España.
Vamos a ver si es capaz de escribirlo Feijóo. Pero Sánchez es el pasado. Es un náufrago que bracea en el mar para intentar tardar más meses en ahogarse, pero ya está, ya fue.
Ahora, ¿cuál es el siguiente reto? Pues si PP y Vox son capaces de entenderse dentro de la Constitución o si va a ser una especie de sanchismo de derechas revanchista que haga exactamente lo mismo que criticábamos del otro lado.
Esos son los retos que tiene España a futuro: devolver la gestión a su lugar, bajar un poquito la inflación del relato, recuperar perfiles de gestión para la política y, sobre todo, derribar el muro que divide a los españoles de izquierdas y de derechas. Eso es lo menos perdonable de estos ocho años de gestión de Sánchez.
Y recuperar Televisión Española.
Eso sería lo ideal. En vez de poner a un gestor absolutamente bovino y afín al nuevo inquilino de la Moncloa, que dentro de que siendo realistas van a poner a alguien de su gusto, que esa persona sea capaz en un momento dado de ser crítica, de hacer una entrevista, hombre, no te digo asesina, pero punzante al ministro de turno, incluso al presidente.
Eso es lo que pediríamos los que todavía seguimos creyendo en la posibilidad de la regeneración.
Sí, pero la audiencia está ahí, y está subiendo con lo que hay.
Es difícil de creer, pero es verdad que Pedro ha sido capaz de aglutinar un estado mental e ideológico que vive con el pánico a que viene el tren, el «no pasarán».
Ha conseguido instalar el simulacro de guerra civil permanente mental en muchos millones de españoles que le van a perdonar cualquier cosa.
Según eso, efectivamente, la llegada de PP y Vox es equiparable al bombardeo de Madrid en el año 36 y para ese tipo de mentalidades, pues perdonarán cualquier cosa y sólo consumirán a los que les pegan la cartelería bélica como se hacía en el metro en los años 30.
Si eso es lo que quieres consumir, chico, pues adelante. Es el búnker, es un estado mental. No creo que el movimiento MAGA sea algo muy distinto en Estados Unidos.
¿Tú eres consciente, cuando sales de la radio, cuando vas por la calle, de que lo que tú dices impacta en muchas personas?
En la radio me ha pasado más. Yo llevo en el diario El Mundo desde el año 2015, son once años, y alguna vez se te acercaba gente por tus columnas. También en las tertulias en televisión he estado muchos años saliendo y te conviertes en un rostro más o menos reconocible, pero el verdadero disparo de popularidad lo estoy experimentando ahora.
La radio es un medio masivo de influencia y de conformación de la opinión y eso exige una responsabilidad que siempre he sentido, pero nunca como ahora, si te soy sincero.
Es muy impactante. Igual no te lo crees, pero yo nunca había aspirado a este nivel de fama. Mi ideal de vida es más bien parecido a la del monje cisterciense que está metido en un monasterio del siglo XI o XII escribiendo novelas y bebiendo vino. Eso sí, buen vino de Ribera.
Pero ya que no me ha llamado Dios por ese camino, pues convertirte en alguien sometido a una exposición salvaje… No llevo peor nada porque soy un privilegiado y estoy muy feliz, pero cuando me preguntan los chavales de periodismo: «¿tienes miedo de un político o un ministro?». Eso es un miedo que no existe en mi vida.
Pedro ha sido capaz de aglutinar un estado mental e ideológico que vive con el pánico a que viene el tren, el «no pasarán»
Lo que sí existe es la presión de la gente, la presión del público, la presión de servirles, de ser de utilidad, de ofrecerles información. Y eso para alguien de vocación cisterciense como la mía ha sido un choque que no te voy a negar que ahora me empieza a gustar.
Es un nivel de confianza que te obliga a ser mejor persona. Ya esta cosa que decía Kapuściński, en la que yo nunca había creído demasiado, de que para ser buen periodista tienes que ser buena persona, ahora empiezo a creerla más. Yo era más cínico de jovencito y decía: «No, hombre, no; hay grandes hijos de puta que han hecho gran periodismo».
¿Y qué te dice Carlos Herrera cuando habláis de esto?
Bueno, Carlos es uno de los cuatro o cinco nombres de la historia de la radio en España. Es un gran maestro. Entonces, cuando tienes el privilegio de estar a su lado, más que preguntarle «cómo hago esto», me fijo en cómo lo hace él.
Ahora absorbo mucho más que antes como colaborador, porque no tiene nada que ver la disposición que uno adopta cuando está delante del micrófono para conducir un programa que cuando está de colaborador.
De hecho, ahora odio a los tertulianos. Yo, que he sido tertuliano toda mi vida. ¿Por qué? Porque el tertuliano se alarga y lo que necesito ahora es controlar el tiempo.
Eso te cambia la configuración mental. El arte de interrumpir a un entrevistado… Es una de las cosas más difíciles que tiene la radio.
La gestión que tiene Herrera de las entrevistas, del monólogo, de la entonación, de la realización sonora, toda esa parte teatral y dramatúrgica que tiene la radio… Herrera es el número uno de siempre. Intentar aprender de todo eso es para mí un privilegio. Por eso le observo.
Me preguntaban el otro día que cuándo le van a quitar las muletas de Herrera a Bustos.
Carlos Herrera, presentador de ‘Herrera en Cope’ y Jorge Bustos, presentador de ‘Mediodía Cope’.
COPE
Es que yo no quiero que me quiten las muletas. Yo estoy muy cómodo haciendo mis tramos. También tengo entrada en diferentes tramos desde las 6 que empiezo yo hasta las 11:30 o 12. Mi voz tiene presencia a lo largo de toda la programación para que los oyentes se vayan familiarizando, pero la fórmula tripartita que hemos diseñado está diseñada para durar.
Herrera va a estar el tiempo que le dé la gana y yo, que no pedí esto, tampoco tengo ninguna prisa por acelerar los plazos.
¿Y a ti por qué te ‘cae’ esto?
Yo era un tertuliano feliz que tenía una composición de lugar ya con mi vida hecha. Había estado 5 años de jefe de opinión de El Mundo, había pasado a otro estatus que me liberaba un montón de tiempo para escribir. Soy un autor de una editorial como Libros del Asteroide, con un gran editor como Luis Solano, y quería ser novelista. Pero uno propone y la COPE dispone.
En un momento dado me ofrecen algo a lo que es muy difícil decir que no: la posibilidad de convertirte en un comunicador cuyas ideas y estilo puedan llegar a millones de personas. El radio de acción se dispara.
Y además no solo es la cantidad, es la calidad de cómo llega tu personalidad al oyente, que llega de una forma mucho más plena que en la tele y que en el periódico. El periódico llega ordenado sintácticamente. En la tele, que es muy tramposa, básicamente manda la imagen. En radio, la palabra, la espontaneidad, la naturalidad…
La radio revela de forma científica la personalidad del locutor, no hay personaje. Si hay personaje va a durar poco. Es muy exigente y sacrificada. He renunciado a muchas cosas por este año de radio, pero el nivel de retorno de gratitud y de realización personal es proporcional también al sacrificio.
Si tuvieras que elegir un referente en radio que no sea Herrera.
Hay muchos. He escuchado mucho a Federico, he escuchado mucho a Alsina. Y aparte de los de deportes, por supuesto García y en COPE especialmente Paco y Lama. Paco me da muchos consejos, me enseña, me manda mensajes, me ayuda a conquistar eso tan difícil que es la naturalidad radiofónica, que no haya ninguna impostura.
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