El revolucionario que pudo ser santo
En los más de veinte años que llevan publicándose estas historias me he referido al menos en tres ocasiones al proceso y los requisitos que la Iglesia católica exige para declarar sus beatos y sus santos, que son dos grados diferentes en el escalafón celestial: para ser beato se precisa la atribución de un milagro después de la muerte, y dos para ser santo. La mayoría de estos milagros son curaciones inexplicables en las que se descarta una razón científica. Después de reunir toda la documentación sobre el caso, se lleva a Roma donde la estudian dos peritos de oficio y basta con que uno de ellos lo considere conveniente para que se vaya al siguiente paso: un Consejo compuesto por cinco médicos que deben determinar que la curación está fuera de los parámetros de la lógica. Luego lo ven los cardenales y por último es el Papa quien decide si se debe a la intervención celestial.
[–>[–>[–>Ya les relaté en otro momento que Práxedes, la beata de Sueros, sigue esperando por su milagro para subir a los altares. También, que una joven langreana protagonizó en el Sanatorio Adaro uno de los que llevaron al santoral al padre Francisco Coll, fundador de la congregación de Dominicas de la Anunciata, al curarse de una enfermedad terminal sin razón médica en los años cincuenta después de haber pedido con su rezos la intervención del religioso. Y que los frailes fusilados en Turón durante la revolución de 1934 se convirtieron en santos porque se les atribuyó el mérito de haber intercedido en la sanación milagrosa de una maestra nicaragüense que superó así un cáncer terminal.
[–> [–>[–>[–>[–>[–>Pero, ellos ya eran mártires con anterioridad, porque para los católicos basta morir por la fe para ser objeto de veneración. Y en esto, la jerarquía vaticana es rigurosa. Por ejemplo, también en el octubre rojo murieron en el seminario de Oviedo a manos de los revolucionarios siete jóvenes seminaristas. Seis de ellos son beatos, pero el séptimo no ha sido beatificado, según explica el obispo Juan Antonio Martínez Camino en su libro Los 39 mártires de 1934 en España «pues su muerte aconteció en circunstancias desconocidas, después de haber ido a buscar refugio en una casa amiga».
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La historia
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Pues bien, una vez determinado que morir en defensa de la religión conduce directamente al martirio, veamos este texto que se publicó en el Diario de Madrid, el domingo 28 de octubre de 1934 con el título «Un minero comunista salvó la vida varios religiosos y personalidades»:
[–>[–>[–>«En Mieres y en toda Asturias se comenta la conducta de un joven revolucionario, minero, llamado «Manolé» Grossi muy conocido en aquella zona, de ideas comunistas y cuya conducta ha sido tal que a ella puede decirse que deben la vida las más significadas personas de la localidad, tomadas como rehenes por los sediciosos y también los numerosos religiosos en ella residentes (…) Presos en la cárcel de esta villa los señores Sela, el párroco de Mieres, Barcena, jefe de Acción Popular, los ingenieros de la fábrica y otras personalidades, «Manolé» supo que se trataba de someterlos a juicio y acordar su fusilamiento y logró convencer a algunos miembros del Comité para que se les facilitase la fuga, como lo hicieron marchándose a los montes próximos.
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Detenidos al poco tiempo nuevamente se intentó otra vez matarlos y entonces Grossi se opuso de una manera terminante, llegando a cubrirlos con su cuerpo y diciendo que antes que asesinar a aquellos hombres tendrían que matarlo a él. Su decisión y su gran popularidad, que sugestionaba a sus compañeros, les salvó la vida.
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[–>También salvó a los religiosos del convento de los Pasionistas y uno de monjas, que son los existentes en el pueblo. Para evitar el asalto al de las monjas tuvo también que hacer valer toda su influencia personal y su valor sobre los más exaltados de los revoltosos.
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Preocupación
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Todas las personas por él salvadas se muestran en estos momentos muy preocupadas por su suerte y verdaderamente deseosas de poder hacer constar que su actuación, lejos de ser penable, por no haber cometido acto alguno que como tal pudiera considerarse, fue verdaderamente providencial y para todas salvadora en los días de mayor peligro.
[–>[–>[–>Tanto es así, que se asegura en Asturias que «Manolé» -el comunista bueno, como le llaman- ha permanecido oculto durante tres días, una vez los sucesos terminados, en otro convento de un pueblo próximo, acogido por otras monjas que lo han tenido amparado sin querer dejarlo marchar hasta que él mismo les dijo: «No puedo permanecer más aquí porque voy a comprometerlas a ustedes». Y no hubo manera de convencerlo, las monjas tuvieron profundamente emocionadas que dejarlo marchar viéndolo dirigirse hacia las montañas».
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El artículo apareció sin firma, de modo que no sabemos quién fue su autor, aunque no parece mierense, ya que cometió errores como el de hablar de dos conventos de monjas, uno en Mieres y otro en un pueblo próximo, cuando en realidad las dominicas solo tenían un colegio en el centro de esta villa y una pequeña comunidad en Ablaña. El colegio fue respetado y se habilitó en él un comedor atendido por las monjas, que cocinaban y servían los platos ganándose el aprecio de todo el mundo; por su parte, las de la casa de Ablaña fueron acogidas por las familias católicas de la zona y tampoco se las molestó en ningún momento.
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En realidad, tras la rendición de los mineros, Grossi se refugió en casa del derechista José Sela, quien había sido alcalde de Mieres y al que sí había protegido junto a las otras personas que se citan en el periódico, hasta que las graves amenazas del general López Ochoa a quienes escondiesen a los revolucionarios le forzó a entregarse para no comprometerlo. Y aquí -aunque ya lo hecho en otra parte-, sería largo explicar con detalle las relaciones de amistad que se forjaron en esta villa en los años 30, donde los jóvenes socialistas y comunistas cantaban en el famoso Orfeón de Mieres junto a republicanos e incluso afiliados a Acción Popular, jugaban en los mismos equipos de futbol y compartían sin problema romerías y espichas.
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La historia de hoy, vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
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Al ya fallecido Germinal Grossi, hijo y guardián de la memoria de «Manolé», le gustaba este texto, y de hecho recogió unos párrafos cuando compartimos prólogo en la reedición de La Insurrección de Asturias en 2014. Por otro lado, el desconocido periodista sí dio en el clavo con la personalidad del revolucionario que nunca renunció a sus ideas y murió militando en el comunismo heterodoxo y antiestalinista, aunque se equivocó otra vez al llamar catedral a la basílica de Covadonga:
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«»Manolé» Grossi, tipo asturiano de gran simpatía personal y popularidad, que solía propagar a voces sus ideas en calles y tertulias anunciando el comunismo libertador, fue uno de los que actuó desde el primer momento en que los jefes reclamaron el concurso de todos los elementos disponibles para la lucha, pero desde el primer instante se opuso de la manera más decidida y valerosa a que la revolución cometiese acto alguno que pudiese manchar su triunfo. «Manolé» Grossi es, por cierto, sobrino de uno de los canónigos de la catedral de Covadonga, sin que este parentesco haya mejorado su condición social de simple trabajador manual de las minas».
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El revolucionario que proclamó la República socialista desde el balcón del Ayuntamiento de Mieres, sí impidió la violencia contra los presos derechistas detenidos en la cárcel habilitada en convento de los pasionistas, que estos ya habían abandonado -por cierto, con dos muertos en el intento, cuando se encontraban en otro punto de la población-.
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Pero imaginemos que efectivamente los hubiese protegido con su cuerpo y un compañero exaltado le disparase por este motivo causándole la muerte. Manuel Grossi Mier no hubiese podido encabezar el batallón del POUM en el Frente de Aragon durante la guerra, pero cumpliría el requisito exigido para ser considerado mártir; en consecuencia, sus pertenencias, incluyendo unos panfletos del Bloque Obrero y Campesino (en el que entonces militaba) guardados en el bolsillo de su mono de trabajo y la pistola que portaba al cinto serían reliquias y como tal custodiados y honrados por los fieles. Y ya puestos, si a alguien le diese por rezar al mártir obrero y se vinculase esta oración con un hecho extraordinario, «San Manolé» estaría en los altares ¡Qué cosas!
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