El bar donde nacimos a la literatura
«Paco, no me des esos disgustos», me pidió un académico de la RAE y, sin embargo, amigo cuando le anuncié que cerraba por jubilación el Bar Cundo (Casa Cundo, El Cundo, Cundo…), en la calle san Vicente de Oviedo. Lo sosegué al informarle de que acababa de llegar a buen puerto la fusión de dicho templo laico −obligado albergue para estudiantes y profesores, años 70 del XX en adelante, de la entonces vecina Facultad de Filosofía y Letras− con otro mítico negocio cercano: La Belmontina, que se mudó al local del Cundo desde la cercana calle del Águila, tras ver devastado su local por las llamas. En fin, dos identidades, una sola esencia. «En peregrinación deberíamos ir allí», me propone mi amigo, contertulio que fuera en aquel chigre.
[–>[–>[–>En aquellos años 70 éramos felices y no lo sabíamos: suele ocurrir. Dispersos, idos o dispersados, teorizábamos sobre la revolución desde Cundo y queríamos ser literatos de París. Vinazo peleón −casi siempre− o «Preferido» cuando cobrábamos alguna clase particular. Los catedráticos, Dyc o anisados. Me lo recuerda un condiscípulo: «Allí no se bebía, se atacaba la bebida con decisión y sin complejos». Queríamos hacer la parisina revista «Tel Quel» y nos quedamos en los dos magníficos números de «Juan Canas», que en aquellas mesas nació. Queríamos ser Barthes, Bataille, Foucault, Kristeva, Todorov, Eco, Genette, Blanchot… (pasados sus libros de matute por la frontera francesa) y nos quedamos en un grupo de profesores y escritores la mayoría: algo latía en las paredes de Cundo que supimos atrapar. Nada mal: jóvenes, leídos, revolucionarios. Las Mestas, el Sevilla, el (o la) División Azul, Casa Manolo, Lito… Cundo y La Belmontina veían trasegar a aquellos veinteañeros que habrían matado por tener más aspecto aún de estructuralistas franceses. La Brigada Político Social del franquismo se apuntaba como cliente esporádica («Hou, hou, méfions-nous les flics sont partout», canturreábamos ante la llegada de engabardinados nuevos clientes), íbamos aprobando asignaturas, currando en cuanto y cuando se podía, leyendo, disputando, riñendo… y escuchando las destempladas voces de algunos eximios cátedros que dejaban la semiconsonante yod del aula y la diacronía departamental por las 40 y arrastro.
[–> [–>[–>¿Por qué no una placa, un algo que recuerde aquellos años en el mismo lugar donde sucedió, donde nació un amor por la literatura que morirá con nosotros, con nosotras, un amor que es y fue nuestra vida? Y con sus anécdotas. De vez en cuando, acudía a provocarnos en Cundo un tipo muy de Fuerza Nueva, muy cantante del «Cara al sol», muy de brazo extendido hacia los luceros, muy cargado de coñac corriente matutino, de luces neuronales pocas y tambaleantes amenazas muchas, aunque mal trabadas. No era peligroso, solo molesto y contumaz en sus fanfarronadas sobre el exterminio del rojerío. A veces le tirábamos de la lengua; otras, le pedíamos callar. Pero un día llegó descompuesto y descalabrado, orlada su cocorota con aparatosos venda y esparadrapo, y pidiendo a Cundo una tónica. Le preguntamos qué le había ocurrido y nos ofreció una vaga y tortuosa explicación en la que se revoltijaban un accidente de tráfico, una marcha divisionaria azul hacia Baviera y una mano de hostias en un prostíbulo. Investigamos. Resultó ser que el individuo había seguido la orden o consigna de sus mandos para que retirasen las revistas de señoritas en tetas que corrompían a la juventud desde los escaparates de los quioscos.
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Así, se acercó a un quiosco cercano a la plaza de la Paz ovetense, arrojó por los aires tras destrozarlas las revistas de incipiente destape allí expuestas, vociferó consignas sobre el fin de Occidente… hasta que el dueño, impasible, le dijo que guardaba más de aquellas satinadas guarrerías dentro y que asomase su cabeza tras el mostrador para obtenerlas, que él ayudaba. Nuestro hombre se asomó para erradicar el pecado, el quiosquero se agachó… pero para alcanzar y empuñar una porra con que ventiló cumplidamente la cabeza del patriota franquista. n
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