Y el monstruo crece…
Todos dicen estar alarmados por el avance de Vox, pero casi nadie actúa como si el problema fuera real. Aunque a simple vista no sea tanto problema para quienes creen haber encontrado en la ultraderecha la némesis de Sánchez, ni para los indignados que esta vez se han pasado al otro extremo para impugnar. Se ha equivocado el centroderecha jugando ambiguamente a domesticar al partido de Abascal. Y queriendo convertirlo en un espantajo rentable, al PSOE y a sus escuálidos aliados de la izquierda les está saliendo el tiro por la culata. El último ejemplo es Aragón castigando al rostro más visible del Gobierno. El caso es que entre la comodidad táctica y el cálculo electoral, el monstruo crece.
[–>[–>[–>España, como tantas veces suele ocurrir, ha llegado tarde. Cuatro o cinco años después de que el populismo nacionalista escalara posiciones en Francia, Italia o Alemania, aquí todavía se discute si Vox es un accidente, un berrinche o una condena. Mientras tanto, Vox hace lo que han hecho todos los partidos de su familia, que es convertir el malestar en identidad, el enfado en programa y la política en un plebiscito permanente contra «los de siempre». Lo inquietante no es ya su existencia, sino la frivolidad con la que el resto del tablero político ha decidido gestionarla.
[–> [–>[–>El Partido Popular, en su obsesión por evitar una fuga de votos, no ha sabido si marcar distancias o mimetizarse. Olvida que cuando el electorado quiere mano dura, prefiere el original a la copia, y que si aspira a la sensatez, castiga a quien se disfraza de lo que no es. El PSOE, por su parte, ha optado, para cohesionar a los suyos, por el error simétrico, que consiste en insistir en que Vox y el PP son lo mismo. Si todo es fascismo, nada lo es; si Feijóo es Abascal, Abascal se vuelve inevitable. n
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