Los que excluyen
Vengo de un lugar donde la educación se vive entre la herida y la esperanza. Donde acompañar no es una técnica, sino una forma de estar en el mundo. Vengo de un lugar –la Fundación Vinjoy– que lleva más de un un siglo trabajando con quienes el sistema llamó «diferentes», pero que en realidad son personas que no tuvieron el privilegio de ser «normales».
[–>[–>[–>Y hoy, desde esa experiencia, quiero hablar de inclusión. De la palabra más citada –y a veces más vaciada– del vocabulario educativo contemporáneo. Porque mientras más la pronunciamos, más corremos el riesgo de que pierda su sentido. Durante años hemos llenado planes y congresos con promesas de inclusión, pero la exclusión –esa que no grita ni expulsa– sigue ahí. Solo que ahora viste de empatía. Hay cursos «inclusivos» donde solo entran personas con discapacidad, aulas «abiertas» que mantienen muros invisibles y discursos bienintencionados que separan mientras juran integrar. La segregación amable es la forma más cómoda de mantener las cosas como están.
[–> [–>[–>A veces confundimos recursos con derechos, adaptaciones con igualdad, y presencia con pertenencia. Creemos que incluir es etiquetar y que atender es separar. Pero la inclusión no empieza en las medidas, empieza en la mirada. No hay inclusión sin dignidad.
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En el modelo de Intervención Socioeducativa Avanzada que desarrollamos en Vinjoy, la dignidad no es una palabra bonita: es un principio de acción. Nos obliga a mirar a las personas no desde su carencia, sino desde su potencia; a no partir de lo que falta, sino de aquello que las mantiene en pie; y a entender que respetar la dignidad no consiste en hablar bien del otro, sino en darle voz, dejarle responder, permitirle construir.
[–>[–>[–>Y digo esto en el contexto universitario, un espacio que respeto profundamente y que, como toda institución educativa, está llamado a revisarse. No porque lo haga peor que otras, sino porque su misión –formar a quienes deberán combatir la exclusión– la obliga a mirarse con más rigor y más coherencia. La universidad selecciona, acredita y clasifica, y eso es parte de su función; pero también es una tensión que debe compensar con prácticas más humanas, más abiertas y más ejemplares. No basta con escribir bien en los documentos –sobre todo cuando esos documentos poco tienen que ver con la vida real de quienes sufren la exclusión–; deberá equilibrarlo con gestos cotidianos, con vínculos reales, con coherencia en los pasillos tanto como en el discurso. Porque la inclusión no se enseña solo en los contenidos, sino también en las conversaciones, en la manera de mirar y en la forma de estar con los demás. Esa coherencia –tan difícil como esencial– es la que da credibilidad a cualquier discurso educativo.
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Y quizá la parte más incómoda sea esta: a veces hablamos de inclusión como si el problema estuviera en las personas excluidas. Como si la tarea fuera ayudarles a entrar, adaptarles, corregirles. Pero la verdad es otra: la mayoría de las personas no se excluyen; son excluidas. Son las estructuras, las normas y también nuestras miradas las que determinan quién pertenece y quién queda fuera. Por eso, si queremos hablar de inclusión en serio, debemos atrevernos a intervenir también sobre los no vulnerables, sobre aquellos que decidimos –a veces sin darnos cuenta– quién cabe y quién sobra.
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[–>La educación inclusiva no es una pedagogía para «los diferentes». Es una revolución del privilegio. Una llamada a revisar cómo ejercemos el poder, la autoridad, la normalidad. Y a entender que la inclusión no es un programa ni un papel, sino una forma de estar en el mundo.
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Y para estar en el mundo desde la educación hay que asumir una verdad que a veces incomoda: no hay enseñanza sin vínculo. Cuando un profesor de secundaria afirma que no es educador, sino únicamente un especialista en transmitir una disciplina, traiciona la esencia misma de la educación. Porque enseñar no es solo transferir conocimientos, es acompañar procesos humanos. Y si renunciamos a eso –si realmente creemos que no debe hacerlo–, entonces hemos decidido que una niña o un niño de doce años ya no necesita un adulto que le acompañe en su desarrollo integral. Habríamos renunciado, sin admitirlo, a la función más noble de la escuela: cuidar la vida mientras se aprende.
[–>[–>[–>La inclusión sucede cuando un joven expulsado tres veces vuelve al aula y alguien le dice: «Te estábamos esperando». Sucede cuando una persona con sordera no solo tiene intérprete, sino voz. Sucede cuando el profesional deja de ser técnico y se convierte en referente humano. Sucede cuando un profesor entiende que su papel no es juzgar lo que falta, sino reconocer aquello que aún permite seguir caminando.
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Eso es dignidad: no adaptar, sino reconocer. No tolerar, sino compartir. No integrar, sino acoger en igualdad.
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No vengo a criticar, vengo a proponer. Propongo que llamemos inclusión solo a aquello que de verdad lo sea. Que dejemos de confundir lo visible con lo justo. Y que construyamos una educación de puertas abiertas, de respeto radical y de optimismo profesional. Porque cuando la dignidad entra en el aula, la inclusión deja de ser un discurso y se convierte en una mirada.
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