El papel higiénico del voto en blanco
Felipe González ha decidido acudir al cuarto oscuro con las manos limpias y coger la papeleta en blanco. Un gesto higiénico, dicen, como el papel del baño de la democracia: se usa, se tira y no deja rastro en el reparto del poder. González lo explica con una palabra prohibida en los partidos modernos: autocrítica. La que no asume el PSOE tras repetir mínimos históricos en Aragón y Extremadura, ni la adivina en el PP, donde el proyecto consiste en “echar” a Sánchez a toda costa y ya veremos luego. Por ese camino, advierte González, Vox no avanza: le empujan.
[–>[–>[–>El voto en blanco, tan pulcro, tan inútil según el catecismo electoral, tiene sin embargo una mala costumbre literaria. Saramago, en «Ensayo sobre la lucidez», imaginó una ciudad donde el voto en blanco gana dos veces. El sistema entra en pánico: si nadie legitima a nadie, ¿quién manda? La democracia, desnuda, descubre que necesita más fe que resultados. Y que cuando la papeleta se queda vacía, quienes quedan en pelota son los que se reparten el botín.
[–> [–>[–>González no hará campaña por el blanco, dice. No hace falta: el gesto empieza a cundir solo cuando los servicios públicos chirrían, la vivienda se esfuma y la política se reduce a siglas en estado de excepción. Votar en blanco no cambia gobiernos; cambia espejos. Les devuelve a los partidos una imagen incómoda: la de ciudadanos hastiados que detestan la inacción, el navajeo, la corrupción y la mentira. Eso es el voto en blanco: el arma secreta electoral del desencanto.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí