Problemas de los partidos
Se celebran unas elecciones y, una vez los escaños del parlamento han sido asignados a los partidos aplicando la fórmula electoral, es el momento de formar gobierno. Cuando un partido consigue una mayoría absoluta, no cabe duda alguna de que es ese partido el que debe asumir la tarea de gobernar. Si los escaños están más repartidos, de manera que ningún partido obtiene esa mayoría, todos los partidos están obligados a negociar y alcanzar un acuerdo. La responsabilidad de formar gobierno es enteramente suya y no es aceptable que la endilguen a los electores. En el caso extremo de que no sea posible la formación del gobierno, por una razón excepcional, se convocan elecciones otra vez. Sería la consumación de un fracaso. Los electores se verían obligados a repensar su voto, que podría perder autenticidad o irse a la abstención, y, entonces, quizá habría que pensar en un cambio del sistema electoral. Téngase en cuenta que solo el voto, en última instancia, sostiene la democracia y que la participación en España todavía es moderadamente satisfactoria.
[–>[–>[–>La situación descrita se ha producido en nuestro país y podría volver a darse en Extremadura y Aragón, y quién sabe si después de las próximas elecciones generales. Aquí y en los países europeos en general se está manifestando una ampliación del pluralismo político, que tiene como consecuencia inmediata la presencia de un número mayor de partidos en los parlamentos. Es lógico pensar que entre tantos partidos resulte fácil encontrar afinidades ideológicas y políticas que propicien la formación de los gobiernos. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Ni el PP ni el PSOE, por los mismos motivos en parte y también otros dispares, están dispuestos a pactar, no importa cuál sea la circunstancia. Tampoco Vox se muestra inclinado a pactar con el PP. Y no hay más opciones con posibilidad de prosperar.
[–> [–>[–>La única explicación de este bloqueo es que los partidos anteponen su interés en el resultado de la competición que mantienen entre ellos al de los ciudadanos. El PP decidió encadenar varias elecciones en comunidades autónomas que domina para mejorar su posición y debilitar al gobierno español. Logró el segundo objetivo, pero erró el cálculo en el primero y, ahora, rechaza abrir una negociación con el PSOE, porque es un partido en horas bajas y se propone relevarlo en Moncloa, por lo que está condenado a humillarse ante Vox. El PSOE no ofrece una abstención al PP porque levantó un muro que lo impide, aunque lo ha saltado furtivamente en el Congreso sumando su voto al de toda la derecha en contra de su socio de coalición, y porque no pierde la esperanza de sacar algún provecho de los apuros que atraviesan los populares. Y Vox disfruta del regalo electoral recibido y, visto el panorama, juega a imponer sus condiciones.
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Así, el PSOE dice que su gobierno de coalición es una garantía para la democracia frente a la ola de extrema derecha que nos invade, pero parece que no puede hacer nada para aislar a Vox en Extremadura y Aragón. Claro que insistiendo en que el PP y Vox son lo mismo encuentra una justificación. La realidad es que el PSOE está recurriendo a Vox para obstruir al PP. Y, por otra parte, el PP y Vox son partidos cercanos, separados a la vez por diferencias esenciales, y comparten la misión de apear al PSOE del gobierno, pero aducen dificultades que podrían ser insalvables para pactar la formación de los gobiernos. Lo cierto es que Vox tiene pocas ganas de contraer alguna responsabilidad en los ejecutivos autonómicos. Mientras la corriente electoral le sople de cara, y sea invocado por unos y por otros, para bien o para mal, da igual si el balance en las urnas le es favorable, será renuente a hacerlo.
[–>[–>[–>Hemos visto al PP frotarse las manos con las caídas del PSOE y al PSOE sonreír por el tropiezo del PP. En este punto, se plantea la pregunta crucial de por qué crece Vox. ¿Es por los valores que defiende, su actitud ante la inmigración, el impacto a través de las redes de su mensaje o, además de todo esto, por la frustración y el resentimiento hacia los partidos políticos que se ceba sobre todo en los dos grandes? Los politólogos no acaban de encontrar una respuesta concluyente. En lo que sí está todo el mundo de acuerdo es en que la democracia no lo aguanta todo. Es un consuelo.
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