el plan imposible del Gobierno de Díaz-Canel para resistir el cerco de EEUU
«Será mejor hundirnos en el mar/antes que traicionar la gloria que se ha vivido». La canción de Pablo Milanés es de 1988, previa a su profundo desencanto. Comunicaba entonces un sentido común en los discursos de Fidel Castro de ese año que empezaba a naufragar el llamado campo socialista: si la Unión Soviética cayera y todo alrededor se desmoronara, la muerte sería preferible a la rendición. Casi cuatro décadas después, el derrumbe no ha sido soviético, sino venezolano, y un heredero sin lustre del apellido Castro, el presidente Miguel Díaz-Canel, evocó al comandante de aquellos días para comunicar la determinación de la élite de «resistir» las medidas adoptadas por la Administración de Donald Trump de sofocamiento petrolero que no han hecho más que agravar dolorosamente la situación interna.
[–>[–>[–>La repetición de los mismos llamamientos a la resiliencia en condiciones desconocidas parece augurar un rotundo fracaso. La sociedad cubana del presente no es la de los años atrás. Antes de que colapsara el bloque soviético existía una relativa estabilidad económica: funcionaban escuelas y hospitales, eran desconocidas las escenas de extrema pobreza y mendicidad, no había cortes de luz ni basura acumulada en las calles. Tampoco mendigos. El transporte era un problema, y lo era también la estructura institucional, con su partido único, el comunista. La productividad era baja pero Moscú siempre estaba al servicio de evitar el desmadre.
[–> [–>[–>En 1991 se confirmó la predicción de Fidel: la URSS dejó de existir. Su líder instó a pasar la prueba de los tiempos duros e invocó La Protesta de Baraguá, cuando un reducido grupo de cubanos representados en Antonio Maceo, expresaron su rechazo a los términos de la paz entre España y Estados Unidos tras la guerra de finales del siglo XIX porque no incluía la independencia de la isla que había motivado la insurrección de 1868. «Si tenemos que volver a vivir los años del 68, ¡volveremos a vivir los años del 68!; si tenemos que vivir los años del 95, ¡volveremos a vivir los años del 95!; si tenemos que volver a vivir los años de la Sierra Maestra, ¡volveremos a vivir los años de la Sierra Maestra!». En la adversidad absoluta «buscaremos formas, inventaremos formas, buscaremos recursos». Porque «sin honor, sin decoro, sin independencia y sin dignidad no es nada un pueblo, no importa la vida de un pueblo». Por lo tanto, «¡si tenemos que morir todos los del Comité Central, ¡moriremos todos y no seremos por ello más débiles!». Y entonces el castrismo apeló a tres medidas convergentes que comenzaron a quebrar la homogeneidad social: de un lado, se aceleró la apuesta al turismo externo y el uso del dólar. Por el otro, comenzó el llamado «período especial en tiempos de paz», una década de enormes restricciones.
[–>[–>[–>
[–>[–>[–>
El número de la desdicha
[–>[–>[–>
Surgió de boca de Fidel la llamada «opción cero», un escenario hipotético en el cual la sociedad debía organizarse sobre la base de la falta de suministros esenciales para su funcionamiento. Díaz-Canel trajo a colación aquel número y las nuevas generaciones se helaron en el Caribe. El cero se relaciona un racionamiento extremo, carretas, caballos y burros, carbón vegetal para cocinar y uso masivo de bicicletas.
[–>[–>[–>Durante el «período especial» Cuba tuvo apagones de hasta 16 horas. Llegó a perder un tercio de su PIB solo entre 1991 y 1994. Los cubanos no solo adelgazaron por falta de calorías. Se pulverizó la confianza en el futuro venturoso prometido en 1959. Ese año tuvo lugar una protesta de proporciones, «El maleconazo» y el propio Fidel se puso al frente de las medidas para neutralizarla. Fueron días desoladores. Apareció la neuropatía óptica que afectó a miles personas que no recibían vitamina B. Floreció el mercado negro y una mafia asociada a sectores del Estado. Una década más tarde, la isla había recuperado parte de su fisonomía anterior gracias al suministro petrolero de Venezuela. El mayor de los Castro recordó que aquellos 90 habían puesto a prueba el temple de un pueblo y salieron victoriosos.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>
Repetición imposible
[–>[–>[–>
«Viviremos tiempos difíciles«, reconoció el actual presidente. El PIB cubano ha caído 15 puntos entre 2020 y 2025, por una combinación de factores: las pésimas decisiones económicas tomadas por el Gobierno y el hostigamiento de Washington. El «casi cero» ya se ha convertido en realidad. Hoteles y calles vacías. Un aeropuerto vacío. Vacías las ilusiones y los estómagos. Y lo que viene es más desesperante para los descendientes de aquellos que atravesaron el «período especial» y ya no tienen nada en común con padres y abuelos que se llamaban entre sí «compañeros». Tampoco cantan aquella canción de Milanés. Su bronca no se expresa aún en las calles por temor a la represión que marcó el estallido de 2021. Lo hacen a través de sus teléfonos y redes sociales. La furia es el espejo invertido de la prensa oficial donde el llamamiento es a poner el cuerpo una vez más y confiar en un liderazgo impopular.
[–>[–>
[–>La emergencia alimentaria y los nuevos apagones, la falta de movilidad y una creciente inseguridad urbana, llevan a un callejón donde la única salida que vislumbra un sector de los disconformes o hastiados tiene el color naranja del cabello de Donald Trump, el jactancioso profeta de la «caída». A una parte de los hombres y mujeres educados en la tradición intransigente les cuesta aceptar esta realidad: ya no les importa una eventual revancha de La Florida anticastrista sobre ellos. La revista digital La tizza dio cuenta de esta encrucijada. La defensa de la Nación es lo principal y hay que dejar de lado otras desavenencias. «Nada valen en estos días las diferencias entre patriotas. Insistir hoy en ellas, con la bestia delante, es un crimen de lesa patria».
[–>[–>[–>
[–>[–>[–>
«Cuba libre»
[–>[–>[–>
La asfixia presente viene de la mano de una depreciación de la moneda local, el aumento de los precios de los productos esenciales y las ilegalidades económicas, la picaresca y el delito. La credibilidad en las autoridades es escasa como la comida. Se comparte una sensación de que la burocracia y sus familias no padecen las mismas carencias. Una influencer de 21 años, Anna Sofía Benítez, conocida como Anna Bensi, aprovecha las horas de luz para expresar un desasosiego compartido. Ella es evangélica y, a estas alturas, anticomunista. No tiene pudores. Tampoco los tiene Sandro Castro, nieto bon-vivant del extinto «comandante». En una de sus recurrentes apariciones en las redes sociales se le ve en un bar. En la barra le ofrecen una cerveza. Pero él quiere un «Cuba Libre». El camarero dice que no tiene Coca-Cola para preparar el trago. «Cuando tengas Coca-Cola, avísame». Y al salir del local, remata: «Vendrán tiempos mejores, caballero».
[–>[–>[–>
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí