BLOQUEO EEUU | La crisis de Cuba provoca más inseguridad y la proliferación de las bandas de delincuentes juveniles
Cuando cae la noche y las imágenes satelitales muestran una ciudad teñida de negro por los cortes de luz, en momentos que el espacio público adquiere esa fisonomía fantasmal y se distinguen los contornos de la basura acumulada en las esquinas, los cubanos tienen una razón añadida para temer: la delincuencia. Los robos en las calles y hogares y el crecimiento de las bandas juveniles de ladronzuelos han dejado de ser una novedad en un país al borde del derrumbe y ahora asfixiado por el cerco energético de Estados Unidos. Tres años atrás, la revista Bohemia había publicado una encuesta donde los entrevistados reconocían el aumento de la llamada «sensación de inseguridad». Ya no se trata de impresiones subjetivas o temores fundados sobre la base del rumor. El incremento de los actos violentos es inversamente proporcional al desastre económico y a un aumento de los precios cada vez más excluyente. A más crisis, como la que ha desencadenado la pérdida del suministro petrolero venezolano, mayores incidentes y zozobra, si se toman como referencias los momentos de estabilidad que había conocido la isla.
[–>[–>[–>En 2019, las tasas de homicidios eran relativamente bajas: 4,2 homicidios por cada 100.000. Como el Estado no divulga cifras actualizadas se impone entonces la «sensación» de los hombres y mujeres de a pie: todo ha empeorado. De acuerdo con el Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana (OCAC), la criminalidad aumentó un 115% respecto a 2024. El año pasado fueron verificados 2.833 reportes de delitos, frente a los 1.317 de 2024 y 649 de 2023. Si se toman las cifras de ese último período, el crecimiento es del 336,58%. La curva ascendente desmiente el optimismo del primer ministro Manuel Marrero, quien había augurado una «tendencia a la disminución» de los hechos de esa naturaleza. Si bien los homicidios fueron 152 en 2025, frente a los 167 del año precedente, el OCC remarca que crecieron los asaltos a viviendas y comercios, saqueos, estafas, ataques a conductores de motos y automóviles.
[–> [–>[–>Otro país
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«De qué democracia se le puede hablar al niño abandonado por las calles y sin hogar; de qué democracia se le puede hablar al pordiosero; de qué democracia se le puede hablar al hambriento, al analfabeto, al desempleado, al que no tiene nada, al que nadie considera, al que nadie respeta, al que cualquiera que tiene dinero lo trata como a un perro», arengaba Fidel Castro en 1991, cuando la isla se internaba en un laberinto crítico por la pérdida de la ayuda económica soviética y comenzaba el «período especial en tiempos de paz». La era de las privaciones se pensaba pasajera y no podía poner en peligro los cimientos de lo que, se decía, era una sociedad socialista. Las certezas del extinto «comandante» encuentran su refutación en un presente transfigurado. Hay en Cuba «hambrientos», «desempleados», gente que «no tiene nada» y a la que «nadie considera» ni «respeta». Y, también maleantes urbanos. «La delincuencia no respeta ni las rejas», reconoció el canal oficial Caribe recientemente. Annie Zúñiga tiene un pequeño restaurante. Semanas atrás compartió un vídeo en las redes sociales para relatar que un grupo de ladrones forzó la puerta de su casa para llevarse «absolutamente todo»: una planta eléctrica para utilizar durante los apagones, bicicletas, una patineta, mercancías y alimentos, cajas de vasos, copas y platos. «El daño es incalculable».
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El Ministerio de Educación de Cuba anunció esta semana «un plan de reorganización de la red escolar» debido a la baja de la matrícula debido al éxodo y, también, la falta de estímulos. La deserción tiene una consecuencia lateral: adolescentes que tendrían que estar en las escuelas se «educan» en la lógica delictiva. Han aparecido bandas y nuevas prácticas. Meses atrás, un vecino encontró una cabeza humana dentro de un contenedor de basura en la ciudad Santiago de Cuba. No solo fue una venganza sino la naturalización de una metodología que solo se veía en las series.
[–>[–>[–>El temido espejo centroamericano
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La prensa oficial es reacia a abordar el tema. Sin embargo, los ciudadanos se enteran a través de sus teléfonos sobre confrontaciones a cielo abierto entre pandillas de jóvenes, algunos menores de edad, armados con machetes, como sucedió en Bulevar San Rafael, en Centro Habana. Consumen una droga conocida como «el químico» que mezcla cannabis y fentanilo, invocan la «guapería» como código de valor, tienen ritos de iniciación, se tatúan, cortan dedos a sus enemigos o son a veces más expeditivos: apuñalan. Años atrás, la socióloga María del Carmen Cordero había lanzado una advertencia: el surgimiento cada año de alrededor de cinco a 10 nuevas pandillas solo en La Habana, integradas por adolescentes que viven en las zonas más pobres de la capital, instala el peligro de que la mayor de las Antillas se termine mirando en el espejo de lo que ocurre en El Salvador y Guatemala. Esos cambios también tienen lugar en las provincias orientales.
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Señala José Manuel González Rubines en el portal CubaxCuba que el deterioro de las condiciones de vida «empuja al crimen» al sector más castigado por la crisis: ocho de cada diez hogares. El entorno pauperizado hace su contribución: la oscuridad, basura, los edificios ruinosos, las colas infinitas, el transporte y los servicios casi inexistentes dan cuenta a muchos de una ausencia de control de parte del Estado. Eso «desalienta el cumplimiento de normas» y «eleva la oportunidad para delitos». Las autoridades, en tanto, se centran en la represión política más que en la «protección ciudadana», lo que «produce normalización del desorden y aumento de la violencia directa». La isla se encamina hacia una sociedad «donde la supervivencia desaloja a la convivencia».
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