Ganar Cataluña, perder otras comunidades
El conseguir tranquilizar Cataluña puede ser un logro para una mayoría de españoles. Lo que no significa un triunfo pacificador en la política nacional. La irrupción de Gabriel Rufián en el cogollo de la arena política creo que viene a constatar esta versión. Intentar una cohesión programática en cada jurisdicción provincial. Ya que la derecha sigue insistiendo en temas como el independentismo y ETA como lemas ya pasados para contrariar a la izquierda. Trataré de razonar esta afirmación, que quizá contradiga los argumentos de gran parte de los analistas, politólogos, periodistas, políticos, tertulianos y opinadores.
[–>[–>[–>En las pasadas elecciones extremeñas, adelantadas a su cadencia normal de cuatro años, los resultados esperados por el partido convocante no cumplieron sus expectativas. En las aragonesas más recientes los resultados de los convocantes fueron en el mismo sentido pero con peor final. Y es que hay latente una tendencia, repetida, que es la que predica la derecha mediática, la que sobrevive con el dinero subvencionado, el de los medios que subsisten con la publicidad institucional de organismos gobernados por la derecha.
[–> [–>[–>Es decir, se ha pacificado la política en Cataluña pero eso no ha pacificado la política española. Posiblemente no se rechace conscientemente la política de Pedro Sánchez respecto al independentismo. Pero ha quedado un poso que Puigdemont reaviva a cada paso. Siendo de derecha los partidos de esa tendencia en el Parlamento español continúan recelando de Junts, que vota en contra de las propuestas socialistas pero sigue sin un respaldo del Partido Popular o de Vox.
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La salida ahora de Gabriel Rufián y Emilio Delgado sobre la imprescindible unión de la izquierda demuestra algunas cosas: que el avance de la derecha parece difícil de detener y que las cosas en Esquerra Republicana de Catalunya andan revueltas. El liderazgo de Oriol Junqueras ha dividido a su cúpula y los partidarios de Rufián no son los mismos que los de Junqueras. Aunque el diputado en el Congreso insiste una y otra vez que es independentista. A la vez, el apellido catalán en los partidos a la izquierda del PSOE suele ser un freno a la hora de agruparse para competir en unas elecciones. La incorporación de Delgado, portavoz en la Asamblea madrileña, podría españolizar universalizar la opción.
[–>[–>[–>Hoy, cuando empiezan a aclararse las posibles condiciones de una unión hay líderes que prefieren hablar poco o no hablar. Y se dice que lo conveniente sería agruparse por provincias. Es decir, hacer caso a la llamada de Rufián pero sin Rufián fuera de las cuatro demarcaciones catalanas. Agruparse contra la derecha y sin los socialistas evitaría dividir y perder el voto. Podría resultar pero es tan difícil que suena a improbable. Sobre todo en algunas comunidades donde la división de la izquierda es histórica.
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La posible renuncia a algunos modos de conseguir un propósito, la radicalización de algunas ideas, son básicas en los partidos de izquierda y forman parte de su adn antes de su posible unión. En cambio en la otra parte del arco parlamentario prima la ambición de poder. Por eso la probabilidad de acercamiento es escasa. Ya ocurrió en la Transición donde había más formaciones de izquierda que grupúsculos de centro y derecha, herederos todos del franquismo.
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[–>Los resultados de las elecciones extremeñas y aragonesas muestran esa tendencia, esa teoría. Cataluña se habrá pacificado pero las brasas de aquella hoguera no se han apagado del todo y las culpas se reparten entre las acciones socialistas y los restos del independentismo. ¿Cuántos años ha tardado el Partido Nacionalista Vasco en «transformarse» en un partido «moderado» para gran parte del electorado? ¿Cuándo se dará cuenta alguna formación de izquierda que para agruparse, repito agruparse, no hace falta renunciar a toda una ideología? Es necesaria, solamente, una cohesión programática.
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