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Sardineando

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  • Publishedfebrero 18, 2026



La tendencia a meterse en charcos innecesarios, e incluso chapotear conscientemente en ellos, no suele valorarse como una virtud en política. Las polémicas generadas por la sardina antroxera, o la ocurrencia de acceso de perros a la playa en plena temporada de baño, me parecen innecesarias y prescindibles. Y hay muchas tonterías sobre el carácter transgresor y burlón del carnaval. Aquí nadie cuestiona la libertad de quien quiera disfrazarse de monja u obispo. Aunque a mí, personalmente, esa opción me parece destilar un cierto anticlericalismo viejo y trasnochado. Menos aún es la capacidad de las bandas de música locales para cuestionar todo lo humano y divino. Lo que muchos en Gijón nos cuestionamos es, simple y llanamente, que una empresa municipal, es decir, pagada por todos, incluidos los que puedan sentirse ofendidos, opte por adornar a la protagonista del carnaval, y a sus acompañantes, con símbolos y vestimentas propias de ministros y consagrados de una confesión religiosa, que casualmente es mayoritaria. Se puede pedir al público cierta neutralidad y, sobre todo, un poco más de ingenio e imaginación.



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