las carencias sobrevuelan el cuarto aniversario de la invasión de Ucrania en la retaguardia del Donbás
Cuando en las capitales europeas se rinda este martes homenaje a Ucrania, cuatro años después de que Vladímir Putin ordenara su invasión con la intención de convertirla de nuevo en un apéndice de su pretendida Rusia imperial, Mijailov preparará su petate para volver a la trinchera. Ahora con el lecho embarrado por el deshielo que empieza a tomar forma en las mañanas soleadas y el frío atroz de las noches interminables. Todo corpulencia, pero tímido frente a la «primera entrevista» de su vida, se ganaba la vida como emigrante en las fábricas de Polonia hasta que volvió a casa por Navidad para pasar unas largas vacaciones. «El aniversario de la invasión no me trae más que malos recuerdos. Mañana será un día como otro cualquiera, donde lo único importante será acabarlo vivo», dice en un restaurante de Izium.
[–>[–>[–>A esta pequeña ciudad del sureste de Járkov la hicieron famosa las tropas rusas. Cuando Ucrania logró liberarla durante aquella contraofensiva relámpago del ya muy lejano septiembre de 2022 el mundo encontró en sus bosques centenares de cadáveres apilados en fosas comunes y una ciudad severamente destruida. Bucha, Mariúpol, Izium, la santísima trinidad de la macabra ocupación rusa en sus compases iniciales. Pero hoy en sus calles hay casi más tráfico que en la capital. Camiones militares con la cabina cubierta con una red de pesca para que reboten los drones enemigos se abren paso entre la congestión. Mad Max en las nuevas fronteras oficiosas de Ucrania, donde se ven más militares que civiles.
[–> [–>[–>Izium es una pieza clave en la retaguardia del Donbás, un centro logístico y nudo ferroviario esencial para los militares ucranianos que defienden las últimas ciudades bajo su control en la provincia de Donetsk, la gran obsesión de Putin, solo unos kilómetros más adelante. La destrucción masiva de los seis meses que duró la ocupación rusa vacío una parte sustancial de sus viviendas. Y hoy los soldados ucranianos ocupan esas casas abandonadas. Se instalan allí para descansar durante las rotaciones, que en el caso de Mijailov son de seis días. Seis días en Izium, seis en el barro de la trinchera lanzando morteros.
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Guerra de desgaste en el frente
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Hace unos días las autoridades del país anunciaron que Ucrania recuperó unos 300 kilómetros en distintos puntos del frente después de que una de las compañías de Elon Musk bloqueara el acceso de las tropas rusas a los satélites Starlink. Satélites que utilizan sin permiso, comprándolos en terceros países o tras hacerse con ellos en las posiciones que penosamente arrebatan a los ucranianos. El frente apenas se ha movido desde principios de 2023 para ninguno de los bandos. Y no parece haber perspectivas para una gran contraofensiva ucraniana como la de finales de 2022. «No estamos avanzando como nos gustaría porque nos faltan armas y soldados», dice Mijailov, que no está autorizado a hablar públicamente. «Dependemos de nuestros aliados, pero no es suficiente. Si no fuera por nuestros propios recursos ya hubiéramos perdido», sostiene.
[–>[–>[–>Las Fuerzas Armadas ucranianas tienen oficialmente un millón de militares, pero según el Center for Eastern Studies, con sede en Varsovia, no más de 300.000 están desplegados en los algo más de 1.000 kilómetros que tiene la línea del frente. Para reponer sus brigadas, algunas de las cuales están solo a un 30% de capacidad, necesitaría reclutar a 300.000 soldados adicionales, de acuerdo con la misma fuente. Rusia, en cambio, dice tener en el frente unos 640.000 efectivos.
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«No diría que en nuestras unidades la gente esté quemada, pero sí al límite», afirma Mijailov. Moscú utiliza esa superioridad en operaciones de «infiltración total», como las llamó hace poco el comandante de las Fuerzas Armadas ucranianas, Oleksandr Syrskyi. Una táctica que consiste en enviar a pequeños grupos de infantería para tratar de penetrar las líneas ucranianas.
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[–>Carne de cañón
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Misiones, a menudo, «suicidas», en palabras de un comandante de la Brigada 44. «Los vemos llegar en nuestros monitores y nos cuesta creer lo que vemos. Van directos al matadero». El comandante —artillero de solo 23 años— se alistó al principio de la invasión a gran escala, cuando se preparaba para ir a la universidad. «Nosotros tenemos superioridad tecnológica, pero ellos más hombres y munición», dice en las calles de Izium. Ucrania sigue reclamando a sus aliados celeridad en las entregas de armamento. Desde munición de artillería a capacidades antidron o interceptores para la defensa área.
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Más lejos del frente, Moscú ataca en oleadas. El domingo lanzó 347 drones y misiles sobre distintas provincias ucranianas. Y últimamente parece estar cambiando sus prioridades. Tras muchos meses castigando la infraestructura energética, que ha dejado helada a una parte sustancial de la población ucraniana, «ahora parece estar cambiando su objetivo para atacar los ferrocarriles y la infraestructura del agua», sostiene el Instituto para el Estudio de la Guerra.
[–>[–>[–>Puente de Oksil
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En este tramo del frente, dice el comandante artillero, su prioridad es destruir la logística y las líneas de suministro. Algo evidente unos kilómetros al noreste, en la aldea de Oksil. Su carretera de acceso está cubierta por redes antidrones, que en realidad no son más que rudimentarias redes de pesca levantadas sobre postes de madera. El pueblo ha perdido a tres cuartas partes de su población. Solo quedan allí 600 almas, que viven casi exclusivamente de la ayuda humanitaria porque cualquier actividad económica es de alto riesgo, particularmente la agricultura, de la que muchos vivían.
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«En realidad a los rusos no les interesa este pueblo, sino el puente cercano que se utiliza para cruzar el río y llevar suministros al frente de Donetsk», dice su alcaldesa, Oksana Sabelnyk. El puente ha sido destruido ya dos veces y reconstruido otras tres. Sobre la mesa de su despacho hay una pila de folletos con las condiciones para evacuar a los pocos habitantes que quedan. «Cada uno es libre de hacer lo que quiera. Yo no me marcharé hasta que el último vecino se haya ido, pero es muy difícil vivir así. Esto no es vida», afirma a este diario.
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