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Un cambio en la mirada educativa para que ningún alumno se quede atrás

Un cambio en la mirada educativa para que ningún alumno se quede atrás
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  • Publishedfebrero 26, 2026



Durante décadas, el fracaso escolar tuvo una definición aparentemente indiscutible: malas notas, repetición de grado o abandono temprano. Era un concepto mensurable, casi estadístico. Sin embargo, algo se mueve en las aulas. Cada vez son más los centros que cuestionan una etiqueta que consideran reduccionista y que, en muchos casos, no consigue explicar qué le sucede realmente a un alumno cuando se desvincula del aprendizaje. La cuestión ya no es sólo quién fracasa, sino qué entendemos por fracaso en un sistema educativo que avanza -no sin tensiones- hacia modelos más personalizados, emocional e inclusivo.

En el Colegio Alarcón, donde conviven diferentes perspectivas pedagógicas, coinciden en que el concepto tradicional se ha quedado pequeño. “El éxito de un estudiante no depende exclusivamente de su rendimiento académico, sino también de su capacidad para desarrollarse plenamente, construir su proyecto de vida y adaptarse a una sociedad en constante cambio”, explica Carmen Masa Jurado, directora académica de ESO y Bachillerato. Esta capacidad de adaptación no supone un cambio menor, ya que si durante años el rendimiento fue prácticamente el único termómetro del progreso educativo, esta nueva visión incorpora variables personales, emocionales y sociales.

Señales de advertencia

Los especialistas coinciden en que el fracaso rara vez aparece de repente. Mucho antes de que lleguen los fracasos, aparecen señales más silenciosas. «Hablar del ‘fracaso escolar’ como una etiqueta cerrada puede resultar injusto e inútil. No todos los alumnos siguen el mismo camino ni al mismo ritmo», afirma Olga Mateos Cañas, directora del Departamento de Psicología y Orientación Escolar del Colegio Alarcón. La experiencia en los centros apunta a patrones reconocibles: disminución del interés, evitación de tareas, irritabilidad, conflictos o una autopercepción negativa que lleva al alumno a convencerse de que no es capaz. Detectar estas señales a tiempo es una prioridad pedagógica. Porque el fenómeno empieza a entenderse menos como un resultado académico y más como un progreso progresivo. pérdida de conexión con la escuela.

Desde Colegio Estudio, su responsable de orientación, María José Santelesforo, lo resume claramente: «Cuando un alumno desconecta, rara vez es sólo cuestión de falta de esfuerzo o talento; «Suele haber una ruptura en el significado de lo aprendido.» El matiz es decisivo. El problema ya no es sólo académico sino también emocional y relacional. Si hay un ámbito donde el cambio es más visible es en la creciente importancia de los factores emocionales. Lo que se consideraba un complemento empieza a entenderse como la base sobre la que se construye el aprendizaje. “Cuando un alumno se siente seguro, tranquilo y acompañado se atreve a participar y a equivocarse”, explica Santelesforo. Y cometer errores – recuerdan los expertos – es una condición esencial para el aprendizaje. La misma idea se repite en las primeras etapas. Si un alumno se siente mal, es probable que no pueda estudiar”, advierte Marta García Centenera, directora académica de Educación Infantil y Primaria del Colegio Alarcón. La relación es directa: sin autoestima ni sentido de pertenencia, la concentración cae, la motivación se resiente y el riesgo de fracasar aumenta. No se trata de una moda pedagógica, sino de un cambio apoyado en la investigación educativa y la experiencia en el aula. Ante este escenario, el atención individualizada Se perfila como una herramienta eficaz para evitar la desconexión. En Alarcón, la unión de metodologías activas, pequeños grupos y el trabajo coordinado con el departamento de orientación permite detectar necesidades y ajustar el apoyo antes de que las dificultades se cronifiquen.

La personalización ya no se ve como una medida excepcional, sino más bien como una estrategia preventiva. Observar, escuchar y adaptarse se convierten en verbos centrales del proceso educativo. Para Mateos Cañas, este enfoque responde a una evidencia cada vez más aceptada: el estudiante debe mirarse a sí mismo globalmente, teniendo en cuenta no sólo sus notas, sino también cómo aprende, qué barreras encuentra y qué factores externos pueden estar influyendo en él.

La personalización ya no es una medida excepcional. Observar, escuchar y adaptarse se convierten en verbos centrales del proceso educativo

¿Fracasan los estudiantes o falla la mirada? Quizás una de las reflexiones más reveladoras provenga del Colegio Estudio. «Cuando el modelo pedagógico se flexibiliza, lo que cambia no es el alumno, sino la forma en que lo miramos», afirma Santelesforo. Es entonces cuando se abre este camino de transición del sistema clásico –más selectivo y orientado a la clasificación– a otro que busca acompañar trayectorias diversas. Durante mucho tiempo, la cultura educativa transmitió la idea de que sólo había un camino válido hacia el éxito. Hoy la gama se amplía: itinerarios más flexibles, Las evaluaciones de competencias y las metodologías activas permiten que estudiantes que antes habrían sido etiquetados como fracasados ​​encuentren espacios donde sentirse competentes. El cambio no es completo. Persiste la inercia, como la presión por resultados o visiones rígidas de desempeño. La educación parece avanzar en un terreno híbrido donde coexisten viejas estructuras y enfoques más contemporáneos.

No se trata de enseñar menos

Cada vez que hablamos de personalización surge un miedo recurrente: ¿se están bajando los requisitos? Algunos centros rechazan este enfoque de raíz. «Las materias tradicionales seguirán siendo imprescindibles como base del conocimiento, pero habrá que enseñarlas de una forma más conectada con la realidad», afirma Luis Carlos Jiménez Gámez, director del Meres International School. Su modelo integra habilidades como la comunicación efectiva, la reflexión ética o el bienestar personal dentro de una formación estructurada. La conclusión es clara: el rigor académico y el desarrollo de habilidades no sólo son compatibles, sino complementarios. No se trata de enseñar menos, sino de enseñar mejor. En este paradigma, la escuela no puede actuar sola. Los especialistas destacan el papel clave de las familias para sostener el progreso de los estudiantes. La alianza educativa -basada en una comunicación temprana, acuerdos coherentes y un seguimiento compartido- permite intervenir antes de que las dificultades se agraven. Porque el fracaso rara vez responde a una única causa. Puede haber dificultades de aprendizaje, ansiedad, tensiones familiares o problemas sociales. Comprender el origen es decisivo para ajustar los soportes.

Cada vez son más las voces que consideran que el término en sí es estigmatizante y describe mal la realidad educativa actual. Estamos, coinciden los expertos, en un momento de transición: pasar de un modelo centrado en clasificar a uno más inclusivo, orientado a acompañar procesos de aprendizaje diversos. Por eso, cada vez más educadores recuerdan una frase atribuida a Albert Einstein que resume bien el cambio de perspectiva al que se enfrentan las escuelas: “Si juzgas a un pez por su capacidad para trepar a un árbol, vivirá toda su vida creyendo que es un inútil”. Durante años, el sistema educativo ha medido a todos los estudiantes con el mismo criterio. Hoy en día, la cuestión ya no es si todos pueden trepar al mismo árbol, sino si la escuela es capaz de reconocer en qué entorno cada persona sabe nadar.



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