Luis Villa Osoro
«Nunca es inútil la obra de un buen ciudadano: se le escucha y se le ve, con su rostro, sus gestos, su obstinación callada». Séneca, Lucio Anneo
[–>[–>[–>Tipo genial e irrepetible, el general Sáenz de Santamaría, pedía a su hijo que, al comunicarle el fallecimiento de ciudadanos astures, señalase edades para comparar con la propia. Alcanzados los noventa, el heroico general apreciaba con irónico gusto que de su mismo tiempo no moría casi nadie.
[–> [–>[–>Por este medio me entero del deceso de Luis Villa y me doy cuenta de que, algo mayor en años y casi sin tratarle más allá de saludos convencionales, su vida ha corrido paralela a mí. Ahora, La Dama del Alba le ha visitado antes, injustamente pues asistía a mis embates que parecían más graves pero sin traspasar, de momento, la orilla que sigo surfeando. Ocurrió lo que al personaje universal de Le President de Simenon, que de tanto vaticinar que asistiría al funeral del protagonista, le sucedió al revés. Fuimos compañeros en los dominicos y luego en el Colegio Mayor de Deusto, tránsito tercero. Sabiendo de su valía moral hice algún intento vano de comprometerle en Política pero respondió intentando captarme para la fundación, no recuerdo si bajo Prudencio Pello o Luis Botas, de la que se llamaba «Joven Cámara» cuyo éxito, decía, está probado a los dos lados del entonces Muro de Berlín. Algo escribí en «Aquí, Bruselas» para la editorial Catarata. No sé si fue en esas calendas cuando el topadizo tinetense Chuché le hizo Vicepresidente del Real Oviedo en puesto que yo acababa de negar. Después, o a la simultánea, Luis tuvo para mí lo que los cineastas suelen recurrir a «fundido en negro», tiempo en el que habrá actuado, proverbial tranquila prudencia, de cerebrito, retaguardia / colchón para su padre y hermano, de la aventura que del Banco de Langreo, desdoblado para el aterrizaje en la ovetense calle Fruela de la heterodoxa banca catalana. Ignoro las piruetas para lograr lo que los economistas clásicos denominan «acumulación primitiva de capital», incluida, esa vez, de una farragosa exigente tramitación burocrático/administrativa. En ese campo, más praxis que teoría, fueron apareciendo otros consolidados y queridos talentos de muy diverso matiz (Herminio Huerta, Efrén Cires, José Luis Espeso; Agapito Melchor, Morales…).
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Luis, imagino, siempre en la sombra, habrá puesto acentos de los clásicos modernos que dominaba (Baran, Keynes, Sweezy, Leontief, Paretto, Fuentes, Valentín Andrés…).
[–>[–>[–>Que durante lustros no hayamos conversado no quita lamente su discreta desaparición preguntándome cómo personas de ese temple no hayan sobresalido más en esta querida Asturias, átona de sonidos y aportaciones de talante. Rigorosos les reclamaba, pretendía y llamaba Ortega en grafía y fonética rompedoras.
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