REED BRODY | Reed Brody, exfiscal general de Nueva York: «A Trump le gustan los dictadores porque él también quiere ser un dictador»
Reed Brody, exfiscal general del Estado de Nueva York, fue portavoz de Human Rights Watch y ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos hasta ganarse un apodo que le incomoda: ‘cazador de dictadores‘. Hijo de un superviviente del Holocausto, lideró la causa contra Hissène Habré, dictador de Chad, y persiguió a figuras como Augusto Pinochet en Chile o Jean-Claude ‘Baby Doc’ Duvalier en Haití. Hoy centra su atención en nuevos autoritarismos, en especial el del presidente de EEUU, Donald Trump, cuyas políticas, desde la represión migratoria hasta su entrada en Venezuela, considera una amenaza para los derechos humanos.
[–>[–>[–>¿Es Trump un peligro para EEUU y para el mundo?
[–> [–>[–>Sí, es un peligro. Yo diría que representa el mayor peligro desde la Guerra Civil. Si fuera por Trump, viviríamos en una dictadura. Este segundo mandato es aún más peligroso porque llegó preparado: con su propia gente, su ‘ejército’ MAGA, y después de salir impune del asalto al Capitolio, se siente libre de hacer lo que le plazca. Lo único que nos separa de una dictadura impuesta por Trump es la resistencia, que crece; al principio hubo demasiada sumisión. Alcaldes, gobernadores, tribunales, asociaciones y, sobre todo, la gente común.
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¿En qué se observa la deriva autoritaria de Trump?
[–>[–>[–>Empezó por el Departamento de Justicia, que utiliza como su bufete personal. Con las órdenes ejecutivas desde el primer día con el objetivo de controlar el país y desplegar su autoridad, sobre todo en ciudades y estados demócratas. Mandar tropas a la calle era un viejo sueño de Trump desde su primer mandato para reprimir las manifestaciones de Black Lives Matter usando al Ejército, pero entonces su secretario de Defensa se lo impidió. Ahora tiene un secretario de Defensa y un fiscal general que nunca le dirán que no. Si le dejan, Trump se convertirá en dictador y aniquilará las garantías constitucionales.
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¿Cuál debería ser la señal de alarma?
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[–>La señal de alarma ya pasó. Hemos visto fuerzas paramilitares en las calles: esa ya es una línea roja. Ha desoído más órdenes judiciales en un año que la mayoría de administraciones en la historia. El problema es que la Corte Suprema no le pone el freno que debería. Una línea roja aún más grave sería desobedecer un fallo de la Corte Suprema. Otra sería manipular las elecciones. Con su popularidad baja y los republicanos perdiendo terreno, intenta maniobrar de cara a las legislativas de medio mandato de noviembre.
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¿Cuáles son los guardarraíles que han fallado?
[–>[–>[–>El primero es el Congreso: los padres fundadores pensaban que, si un presidente intentaba acumular poder, un Congreso celoso lo frenaría, incluso destituyéndolo. No contaban con el control de Trump sobre el Partido Republicano. Luego está la Corte Suprema, desequilibrada a su favor por maniobras previas. Y la prensa: el control corporativo ha hecho que muchos medios prioricen negocios a la fiscalización del poder. Y pasa lo mismo con universidades, bufetes y grandes empresas: buscan congraciarse y cerrar su trato privado con Trump.
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Y desde esa resistencia, ¿qué ha funcionado?
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Ha funcionado la resistencia social. Tardamos en reaccionar: el trato a los migrantes ya había despertado a muchos, pero las trágicas muertes de Minnesota y la respuesta oficial negando lo evidente, culpabilizándolos y llamándolos terroristas domésticos, fue un detonante. Aceleró el despertar. Cuando la gente sale a la calle, cuando los gobiernos locales no se dejan intimidar y cuando los jueces hacen su trabajo, funciona. Y el repliegue de Trump allí es una victoria de esa resistencia.
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Reed Brody, exfiscal general del Estado de Nueva York, abogado y portavoz de entidades como Human Rights Watch e hijo de un superviviente del Holocausto, fotografiado en Barcelona / Jordi Otix / EPC
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¿Es Minneapolis un punto de inflexión?
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Trump no va a cambiar: el repliegue de Minneapolis es un cálculo electoral, pero su impulso es mandar y controlar; si recula en un frente, abre otro. Trump no es un gran ideólogo: sí es racista, tiene prejuicios. Pero lo que más le anima es el narcisismo: quiere ser el centro. Quiere el Nobel, ser la ‘persona del año’ de la revista Time. Yo tengo mucha experiencia con dictadores: Trump sería feliz como un dictador africano, sin contrapoderes. Sería un dictador perfecto en un país sin tradición democrática.
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¿Le preocupan las elecciones?
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Por suerte, el sistema electoral está muy descentralizado en cada estado, pero hay señales preocupantes. Trump ha pedido listas electorales a los estados y ha puesto a personas de su confianza que intentaron revertir las elecciones anteriores al frente de los procesos electorales. Se habla incluso de enviar tropas para vigilar el desarrollo electoral. También ha intentado redibujar los mapas de las circunscripciones electorales, aunque en eso los demócratas respondieron con dureza.
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¿Puede el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ser una alternativa?
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Yo participé en la campaña de Zohran Mamdani y vi una movilización enorme —decenas de miles de voluntarios puerta a puerta, algo que no había visto ni con Obama—; por eso, cuando Trump se reunió con él en la Casa Blanca, entendió que Mamdani no iba a ceder, porque detrás hay una base todavía movilizada. Esa es la diferencia: Obama ganó y dijo «ahora me encargo yo», y desmovilizó; Mamdani dice «seguimos» y mantiene la presión por medidas concretas. Así debería funcionar la democracia.
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¿Dónde queda el derecho internacional en la era Trump?
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Mira: el día de la invasión de Venezuela y la captura de Maduro, no pronunció las palabras «derechos humanos» ni «democracia». Habló de petróleo una y otra vez. Con Irán, dice «la ayuda está en camino» para salvar a manifestantes de una represión «ilegítima», mientras reprimía protestas en Minnesota. A Trump le gustan los dictadores porque él quiere ser un dictador. Por eso le gusta Putin.
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¿Las deportaciones a terceros países, son legales?
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Un ministro africano me contó que Trump está presionando para que acepten deportados enviados desde América Latina, por ejemplo, guatemaltecos a Sudán del Sur, y que, por separado, los países apenas tienen margen para negociar. Le dije al ministro: la Unión Africana debería adoptar una posición común y decir que no va a aceptar personas de Guatemala ni formar parte de estas tonterías. Es más fácil decirlo que hacerlo; pero si nos fragmentamos, Trump nos aplasta uno a uno.
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¿Se le puede plantar cara a Trump?
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Trump respeta la fuerza. Y no es completamente estúpido. La única opción es unirse y actuar en bloque. Si todo el mundo hubiera rechazado los aranceles, Trump no habría podido imponerlos. Pero ves a países aceptando primero un 10% y luego un 15%. A él le encanta: es el «arte del trato». Y cuando alguien le planta cara, recula. Europa también necesita hablar con una sola voz. Es difícil, claro, con Orbán, Meloni y otros pero, desde fuera de EEUU, es la única manera de plantarle cara.
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