En lo negro también hay luz o blanco
A manera de prólogo, adelanto que el sábado 21 de febrero, a las diez horas, en mañana de mucha luz y lucidez por sol radiante, paseé descalzo por la orilla del mar en la playa de Gijón. En hora previa compré mandarinas valencianas, kiwis asturianos y arándanos de Huelva, contrastando colores; hice la compra al frutero Fernando, que es genial en precios y calidades, e inteligente por saber que no se debe ser rico antes de tiempo por medio de engaños a su fiel clientela. Los fieles, por lo de la fe que consiste en creer lo nunca visto, son propensos a engaños.
[–>[–>[–>Para que no haya duda, declaro que, a pesar de todo, soy cristiano y que ni soy vegetariano ni fanático del ejercicio físico, pues sólo paseo con tranquilidad, sin traumatismos o congestiones por carreras o retorcimientos. No hay cosa más absurda y ridícula –siempre lo pensé– que morirse corriendo.
[–> [–>[–>También adelanto que gusto contemplar los variados colores que la naturaleza ofrece para gozo de la vista y, luego, del sabroso pensamiento. Resulta que los colores son mucho más que placenteras diferencias cromáticas, percibiéndose eso (el mucho más) en el color blanco, que es luz (lumen humana o lux divina), y en el color negro, que es de tinieblas y oscuridad, como de nicho mortuorio, y que son ambos, además, signos o símbolos de vida y muerte, respectivamente; por eso, en cuanto símbolos, se produce el milagro: en lo negro, en la negrura, puede haber blanco, blancura, que es salvación y vida. Eso vale para los suicidas que, equivocadamente, todo lo ven negro.
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Escuché, en una entrevista –que aún se puede ver en internet, en la página web de la Fundación Juan March–, al escritor nonagenario Manuel Vicent decir que su columna dominical, de tanto éxito, tiene en cuenta, al publicarse en día de descanso, que de ninguna manera moleste, inquiete o sea desagradable a los lectores y lectoras, con fastidio del merecido descanso dominical. Eso lo asumo también yo, por lo que ya pido disculpas –otro adelanto– por si lo que continuará es desagradable, al tratar un poco, solo un poco y con mucho cuidado, de la negra muerte.
[–>[–>[–>Me tranquiliza que bastantes, modernos o muy modernos, hayan asumido ya un importante cambio de perspectiva, consistente en vez de mirar a la muerte desde este lado de la vida, con espanto, la hayan integrado en la visión de la vida misma y así, incluyendo la muerte en la vida, esta aumente y se enriquezca.
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Y lo del espanto es muy importante, pues por su culpa, los ateos y los de la antropología no cristiana aseguran creer que el hombre fue el creador de Dios, para mitigar el espanto, que no sólo para llevar la contraria o fastidiar a los crédulos de lo contrario. Para pensar en eso, que la muerte es necesaria para la vida, recomiendo la lectura del libro de François Cheng «Meditaciones sobre la belleza y la muerte», publicado en español, por Siruela en 2025. Muchos pensarán que es una extravagancia de orientales, al haber nacido el autor en China.
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[–>No obstante, muchos siguen y seguimos con lo del espanto ante la muerte; que eso, de integrar la muerte en la vida, nada de nada, lo cual es normal, y aunque estemos convencidos de que no tener miedo a la muerte es uno de los más grandes aprendizajes de la vida, como bien escribe el dramaturgo Marc Caellas, autor de «Notas de suicidio» (2022). Muchos, pues, seguimos creyendo que fue Dios el que creó al hombre, tal como se escribe en el Nuevo Testamento y en la Ciudad de Dios de San Agustín, de lectura necesaria después del Cónclave de mayo último, al ser elegido Papa un norteamericano y por serlo.
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Es importante el dato de que los humanos únicamente usamos un pequeño porcentaje de la capacidad cerebral (parece que hay acuerdo en fijar la capacidad utilizada en el 20%). Ello puede ser causa, acaso entre otras, de la denominada «la profunda ignorancia de la etiología de las enfermedades mentales», que se expanden en epidemia a toda velocidad –damos ahora por reproducidas estadísticas que sobre ello están en internet–. Trastornos mentales, en forma de ansiedades, depresiones, psicosis, esquizofrenias y demás, ahora muy en el punto de mira («boom» de lo psicológico, psiquiátrico y de los psicofármacos); enfermedades que pueden causar dolores psíquicos insoportables al enfermo y que hacen del suicidio un remedio, que nunca es tal, sino una estrepitosa derrota en la lucha a muerte con la vida (Marc Caellas).
[–>[–>[–>Además, se deja a los demás, a los otros, a los llamados «supervivientes del suicidio», el paquete entero: el «cuerpo muerto que se descompone», la «culpa que no da tregua» y hasta el tener que escuchar los ruidos por golpes fríos en la autopsia. Suicidarse es ejecutar la mayoría de veces un acto agresivo y muy violento, debiéndose hasta consultar a la Ley de Enjuiciamiento Criminal por si acaso. Y estoy de acuerdo con lectores y lectoras que estiman que este párrafo debería tratarse más ampliamente.
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Al ser hecho complejo lo de quitarse la vida, clasificaciones y variantes diferentes se pueden contemplar, con características diferentes (no todos los suicidios son por trastornos mentales). No es lo mismo autodestruirse en la juventud que en la vejez; unas veces por exceso de éxito y otras por exceso de fracaso; tener regular la cabeza o muy mal; haber tenido la desgracia de heredar un gen propicio o no; estar girando como en un tiovivo alocado en un ambiente destructor, sea familiar o social, o enfrentarse a las naturales y normales dificultades de la convivencia.
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Es de escándalo el aumento de suicidios en la juventud, también en Asturias, muy relacionado con el aumento de los trastornos mentales; eso rebasa lo médico (escándalo médico) para entrar en lo político (escándalo político). Mucho se habla de factores incentivadores criminógenos, como las aditivas e irresponsables redes sociales, los narcisismos y acosos, cambios en la relación entre sexos y confusiones sobre la identidad sexual, con nuevos modelos difíciles de masculinidad y feminidad. Me interesa, como factor muy importante la relación tan estrecha y determinante de los padres y madres con «sus» hijos e hijas menores de edad, frágiles e indefensos por ser de identidades nacientes y ya inmersos en engranajes económicos y sociales dañinos y asquerosos, encontrando razones para apearse de la vida.
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¡Qué fácil debió ser el ejercicio de la patria potestad en el patriarcado romano a cargo del paterfamilias! ¡Qué difícil está siendo ahora la patria potestad sobre hijos e hijas menores de edad, ya personas y con personalidad, titulares de derechos humanos y en contexto de radical modificación del viejo modelo de familia, patriarcal y basado en el matrimonio!
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Recomiendo la lectura comparada de los artículos referentes a la familia, en el Código Civil de 1889 y ahora en 2026; también recomiendo la lectura del Preámbulo de la Ley 26/2015, de 28 de julio, de «Modificación del sistema de protección a la infancia y adolescencia». Es en esa íntima relación donde los padres han de ir fortaleciendo a los hijos e hijas en lo personal y social, lo cual presupone muchas cosas, que ni el padre ni la madre sobrevivan entre complejos y miserias. ¡Qué difícil resulta!
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Se está escribiendo mucho de la llamada «generación de cristal», que no es otra cosa que «alumbrar» enclenques y llorones, incapaces de enfrentarse a los naturales problemas de la vida, o arrogantes narcisistas falsamente todopoderosos. Todo es muy delicado, tanto en los varones como en las hembras, teniendo en cuenta que, en determinado momento del desarrollo, los hombres han de sustituir a la mujer–madre por la mujer–amante, y las mujeres han de sustituir al hombre–padre por el hombre–amante. A veces, egoístamente, la mujer–madre y el hombre–padre no autorizan la llegada de la mujer–amante y/o el hombre–amante, con lo cual apuestan por la catástrofe.
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Desde los años ochenta del pasado siglo me interesan los planteamientos del vienés Bruno Betttelheim, especialista de las relaciones entre padres e hijos. Parte el científico de la constatación que desde hace mucho los padres han tenido relaciones conflictivas con sus hijos e hijas adolescentes y que «cualquier actitud paterna, sea cual sea, conduce al conflicto inevitable que, de hecho, el adolescente anda buscando».
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Bettelheim, a lo más que llega, es a aconsejar a los padres siempre lo mismo: «¡Sean pacientes!» («Be patient»), y no entrar en discusiones o dinámicas peligrosas. Y surge el problema político, allí donde no se esperaba: «Si los individuos –escribe Bettelheim– son capaces de sobreponerse a sus propias angustias, podrán construir una sociedad libre y democrática; si son incapaces o juzgan que con el esfuerzo individual no superan las dificultades, serán atraídos por la sociedad totalitaria».
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En un artículo de Manuel Carrera sobre Cesare Pavese, escritor italiano, publicado en octubre de 1976 en la Revista de Occidente, se escribe: «Los adolescentes del mundo literario de Pavese desean llegar lo antes posible al mundo de los adultos, ignorando el dolor que este les reserva. Este deseo se ve contrastado por la actitud de los padres que tratan de mantener al futuro adulto ‘cristalizado’ en el estado inicial».
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Y concluyo con Albert Camus, autor de la célebre frase: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y este es el suicidio». Y un Camus que, frente a la huida y la derrota que eso es la muerte anticipada y por autodestrucción, recomendó mirar al mundo con rebeldía y sin rendirse, recuperando la lucidez allí donde parece haber lo más negro. Y que error más grande es dar a un problema ciertamente grave pero temporal, una solución definitiva.
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