Algo funciona mal cuando los argayos son ya parte del paisaje
Con soluciones improvisadas, demoras en las obras más costosas y una cultura del parche como política, las carreteras asturianas cada vez serán más inseguras. Aunque la región esté acostumbrada a las tormentas y los argayos, los problemas que empiezan a acumularse en todo tipo de vías, de alta capacidad o secundarias, revelan una deficiencia estructural que no puede normalizarse.
[–>[–>[–>La sucesión de derrumbes de las últimas semanas convirtió los desplazamientos por el Principado en un test de estrés al volante. Bastantes obstáculos permanecen sobre las vías. Miles de automovilistas siguen todavía hoy afrontando una yincana. Cada año se producen un centenar de deslizamientos, la mitad asociados a desmontes de infraestructuras. Una simple roca suelta de cierto tamaño puede ocasionar graves daños materiales y personales. Algo funciona mal cuando el riesgo deja de ser excepcional y se vuelve rutina cada invierno. No se trata de episodios aislados, sino de una debilidad acentuada por la pluviometría, la orografía y una prevención insuficiente. Imposible contener los terraplenes con conos y luces de advertencia.
[–> [–>[–>Compusieron el inventario de anomalías cortes en el Corredor del Narcea, semáforos en el valle del Navia, bloqueo en el acceso a un pueblo de Ponga, paso alterno en la subida del puerto de Pajares y la autopista del Huerna funcionando en modo provisional. La arteria vital para evitar el aislamiento de Asturias es desde hace quinientos días una caja de sorpresas, con túneles que se estrechan y un argayón de cuerpo presente. Quede constancia de otro agravio colateral. Por un servicio deficiente, los usuarios pagan el mismo peaje, que además se encareció en enero.
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Ni coartada, ni condena
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Hablaron claro los geólogos. Taludes construidos de cualquier manera carecen de vigilancia sistemática y de procedimientos estratégicos de contención. Las obras comparten aquí un denominador común: costes disparados por una enrevesada geografía que obliga a entreverar valles y montañas. A los gobiernos de turno les cuesta asumir inversiones cuantiosas para un millón de habitantes. Desde que los proyectos se piensan hasta que se ejecutan transcurren cuatro o cinco lustros. Otras veces para ahorrar el parche se eleva a la categoría de modelo. Nadie cambiará la realidad física de la comunidad. Absténganse los políticos de utilizarla como condena para los asturianos o como coartada para procrastinar sus decisiones.
[–>[–>[–>No todos lo argayos son evitables, pero una política anticipatoria sostenida reduciría su impacto
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Cuando las cosas se planifican bien, duran y rentan. La «Y», idea de visionarios, cumplió este mes medio siglo. Soporta por su firme de hormigón el paso de 65.000 coches al día con una dignidad que para sí quisieran la Transcantábrica o la Autovía Minera, más recientes y con mayores signos de declive. Luego están las chapuzas. Como la interminable autovía a Tineo, un caos de Cornellana a La Espina. Asombra la parsimonia con que se está retirando el desmoronamiento de Casazorrina (Salas). Ahí sigue desde 2021. O como el peligroso Corredor del Nalón, una raya continua. La ocurrencia de alargar los carriles de aceleración como alternativa al desdoblamiento roza la astracanada.
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No basta con el lamento, el encogimiento de hombros y la resignación, «llovió mucho». Los argayos empiezan a formar parte estable del paisaje asturiano porque la capacidad de respuesta a este fenómeno no rebasa lo accesorio. No todos resultan evitables, pero una política anticipatoria sostenida reduciría su impacto. Para eso están los sensores, la monitorización, los estudios científicos, los modelos predictivos, las alertas, las inspecciones periódicas y los planes de choque. Obligar a que los conductores transiten por la región con un ojo en el asfalto y el otro en la ladera, pedientes de que la montaña se abra, no es propio de una administración eficiente que vela por los asturianos.
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