La cuestión de fondo del alevín más codiciado
El otro día en La Huertona —el restaurante riosellano de José Manuel Viejo y el sitio que conozco donde mejor tratan las angulas— me vino nuevamente a la cabeza la discusión interesada sobre el futuro de este alevín tan frágil como codiciado. Y con ello el fondo de la cuestión sobre una hebra translúcida que es promesa de banquete y en la actualidad motivo de discordia. La angula —cría de la anguila europea— no se pesca, se persigue como un susurro. Y en esa persecución, hoy más que nunca, se entrelazan ciencia, mercado y política.
[–>[–>[–>La historia natural de la anguila europea es ya, de por sí, literatura de aventuras. Nace en el remoto Mar de los Sargazos, cruza el Atlántico en forma de leptocéfalo, se metamorfosea en angula al tocar las desembocaduras europeas y remonta ríos hasta hacerse adulta. Años después, convertida en plateada viajera, regresa a su origen para cerrar el círculo. Un periplo que parece diseñado por un novelista decimonónico y que, sin embargo, depende de corrientes, lunas y azar. En las cocinas del norte, la angula, su cría, fue durante siglos comida humilde, salteada con ajo y guindilla en cazuela de barro. Luego llegó la escasez y, con ella, el lujo. El kilo alcanzó cifras de joyería y se convirtió en trofeo navideño. La presión pesquera, la contaminación de los ríos, las presas y las alteraciones del hábitat hicieron el resto: la especie entró en declive severo y los científicos empezaron a hablar de ella en términos de colapso. La Unión Europea aprobó en 2007 un reglamento para su recuperación, obligando a los estados miembros a diseñar planes de gestión. Incluida en un convenio, el comercio internacional de la especie quedó limitado. Desde entonces, cada temporada viene a ser una especie de parte médico, con cuotas, vedas, evaluaciones del reclutamiento anual. Y como en toda convalecencia larga, abundan los diagnósticos cruzados. España ha endurecido progresivamente las restricciones hasta llegar, en algunos territorios, a vetos casi totales de la captura de angulas. En el País Vasco, donde la tradición y el precio sostuvieron durante años una flota específica, el cierre supuso una amputación cultural y económica. En Asturias, la pesca artesanal —reducida, regulada, casi testimonial— denuncia una discriminación que duele más por comparativa que por volumen. Mientras aquí se apaga el candil, dicen, en Francia y Portugal sigue encendido.
[–> [–>[–>En el país vecino al norte de los Pirineos, la captura de la angula (civelle) está autorizada bajo un sistema de licencias y cuotas estrictas. Parte del cupo se destina obligatoriamente a repoblación, las angulas se compran para liberarlas en ríos europeos, en un intento de reforzar el stock. El resto se comercializa legalmente, en un mercado vigilado que, aun así, no ha estado exento de polémicas por el atractivo del contrabando hacia Asia. En Portugal, la situación es similar: actividad permitida, controlada y defendida como compatible con los planes de recuperación. Y es aquí donde se desata el nudo de la controversia, ya que si la anguila es una sola población —es decir, si todos los ejemplares pertenecen al mismo banco genético que se reproduce en el mismo mar—, ¿tiene sentido prohibir en un tramo y permitir en otro? ¿No sería más coherente aplicar una veda homogénea en todo el territorio de la UE si de verdad se busca la recuperación? Entonces es cuando surgen, bajo un halo de sospecha, los nombres de ciertos intereses creados a dos lados de la muga: el de una empresa familiar dedicada a la explotación de la anguila y el de un centro de investigación marina y alimentaria. También, de un famoso cocinero vasco singularmente implicado en esta última batalla de la preservación de la especie. Tengamos en cuenta que la angula, además de biología, es economía. El diferencial de normativa crea tensiones comerciales evidentes. Si un país prohíbe y el vecino permite, el precio, el abastecimiento y la percepción pública se alteran. Los restauradores miran entonces a ese otro lado de la muga; los pescadores de pequeñas capturas sienten que compiten con una mano atada. Y en el fondo late la sospecha recurrente de que bajo el discurso ambiental anidan intereses de mercado, equilibrios territoriales y viejas rivalidades.
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En Asturias, las pequeñas cuadrillas que aguardaban la marea en las rías reivindican una práctica artesanal, de bajo impacto, que, como aseguran, poco tiene que ver con las capturas industriales del pasado. En otras partes, Francia y Portugal, esgrimen la legalidad comunitaria y el cumplimiento de objetivos de recuperación.
[–>[–>[–>¿Habría que prohibir en toda la Unión para ser coherentes? La pregunta, formulada así, tiene la virtud de la claridad y el riesgo del simplismo. Una veda total europea enviaría un mensaje inequívoco y eliminaría la sensación de agravio comparativo. Pero también desplazaría la presión hacia el mercado negro, ya de por sí lucrativo, y castigaría a sectores que operan bajo licencia y control. Una alternativa razonable consistiría, según he oído, en armonizar criterios, reforzar la trazabilidad, intensificar la vigilancia contra el tráfico ilegal y evaluar con transparencia los resultados biológicos. Exige paciencia pero acaso resultaría más eficaz.
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Puede que el futuro de la angula, actualmente incierto, no esté solo en prohibir o permitir, sino en asumir que su viaje milenario no entiende de fronteras administrativas. Si el Mar de los Sargazos es el verdadero kilómetro cero, la respuesta debería tener, igual que el océano, vocación de conjunto. Y, sin embargo, en cada puerto la discusión adquiere acento propio. En medio de la polémica, vuelvo a hojear el precioso libro del sueco Patrik Svensson, publicado hace unos pocos años por Asteroide, sobre esas criaturas enigmáticas que se transforman en cuatro a lo largo de sus vidas: una larva diminuta; otra reluciente de cristal, conocida como angula; una anguila marrón amarillenta y, finalmente, la anguila plateada. Deseo que todas pervivan.
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